Ante el dolor de los demás

Imagen vía Shutterstock (C.C)
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La depresión habla, o te enseña, un lenguaje completamente diferente.
Andrew Solomon, El demonio de la depresión

Misteriosa en su llegada, misteriosa en su ida, la aflicción sigue su curso, y uno encuentra la paz.
William Styron, Esa visible oscuridad

 

 

Hacia el final de una de las primeras películas de Ingmar Bergman, Como en un espejo (Through a glass darkly, 1961), la joven Karin, sumergida en una depresión psicótica, sufre una alucinación en la que una araña intenta violarla. Bergman, quien también tuvo que lidiar con la depresión a lo largo de su vida, intenta a través de esta visión transmitir la angustia de la enfermedad. Aún así, se tiene la sensación de que su gran talento artístico se queda de alguna manera corto al tratar de plasmar con autenticidad el sufrimiento de la mente que se ahoga[1].

Para la gran mayoría de los que la han experimentado en carne propia, la profundidad de la depresión es tan abrumadora y tan ajena a los dolores anteriormente conocidos que tiende a escapar de la posibilidad de expresión. De aquí emana la frustrada sensación de insuficiencia que suele hallarse en la obra de los artistas, aun de los más grandes.

Lo triste es que la tortura que produce la depresión grave en muchos casos empuja al enfermo a fantasear con la muerte, a cortejarla, porque la angustia desencadenante no puede soportarse un momento más. William James, conocedor de estos pasillos y resignado en la búsqueda de una descripción adecuada, acepta que la depresión «se trata de una especie de neuralgia psíquica enteramente desconocida en la vida normal».

Solo hay un problema filosófico realmente serio, y es el suicidio. Determinar si la vida merece o no la pena de ser vivida es tanto como responder a la pregunta fundamental de la filosofía. Albert Camus

Es en esta incomprensión por parte de quienes no la han sufrido donde se hace evidente la soledad que implica estar encerrado en un cuerpo autónomo[2].  Pero no hay que señalar a nadie. Esta falta de empatía nace sobretodo en la dificultad que tenemos, como seres independientes, de transmitir al otro un sentimiento, dificultad que va en aumento cuanto más profundo sea este. Frases como «mi estado va más allá de la tristeza», «qué dura es la vida» o «nunca seré feliz» , no consiguen levantar en el espectador más que una lástima quejica, sin darle siquiera una pista, una cuerda de la que tirar para llegar a vislumbrar la realidad ajena.

Y es que ¿cómo se definiría la depresión? ¿Como una tristeza intensa y prolongada? Y siendo esta una respuesta acertada, ¿cómo de intensa? Es aquí donde las palabras empiezan a perder color. Para salvar este teléfono escacharrado de las sensaciones y mantener la fuerza de lo que uno está viviendo, es necesario buscar nuevos caminos para expresarse. Nadie se conmovería leyendo los síntomas depresivos en el DSM-IV (más bien pensaría «¡que putada de síntomas!» para pasar luego a hojear y autodiagnosticarse una infinidad de trastornos).

Hay frases que son capaces de emocionarnos por el hecho de que siguen un trayecto alternativo al convencional. Por ello, no he querido recurrir a una definición científica de la depresión. Partiendo de la obviedad de que todo ser humano se ha sentido triste varias veces a lo largo de su vida, me remito a Andrew Solomon para abordar la depresión de la siguiente manera: «La tristeza se relaciona con la depresión de la misma forma en que la reja de hierro con algunas manchitas de óxido que rodea tu casa se asemejaría con lo que pasaría si abandonas la casa 100 años y se oxida por completo hasta que se transforma en una pila de polvo anaranjado». Así, para que tomemos conciencia de las proporciones.

Emily Dickinson comparaba la depresión con el declive de la luz que «había perdido todo su familiar encanto otoñal, enviscándome en cambio en una lobreguez sofocante. Me preguntaba cómo era posible que aquel lugar amigable […] pudiera parecer, de un modo casi tangible, tan hostil y repulsivo». Y es que las mismas calles por donde se pasea pierden su familiaridad, las paredes se palpan de otra forma, se oprimen contra nosotros mientras los rostros se vuelven hostiles, los recuerdos agradables se deshacen, y en fin, poco queda de aquella realidad que antes nos abrazaba y que sin embargo sigue vigente para el resto.

Cuando se fracasa en esta búsqueda de recuerdos positivos, la esperanza se apaga definitivamente. Una alegría anterior fundamenta la posibilidad de una alegría futura. Alejandra Pizarnik se vio acorralada por la sensación de haber vivido en una continua desgracia:

De repente poseída por un funesto presentimiento de un viento negro que impide respirar, busqué el recuerdo de alguna alegría que me sirviera de escudo, o de arma de defensa, o aun de ataque. Parecía el Eclesiastés: busqué en todas mis memorias y nada, nada debajo de la aurora de dedos negros. 

Llegados a este punto, y sin olvidar a la angustia, que contribuye a la punzada del aguijón de cada instante, es inevitable hacerse la siguiente pregunta: ¿merece la pena vivir? Albert Camus en El mito de Sísifo hace evidente la importancia y dificultad de este paradigma: «Solo hay un problema filosófico realmente serio, y es el suicidio. Determinar si la vida merece o no la pena de ser vivida es tanto como responder a la pregunta fundamental de la filosofía».

Tú sabes que te han humillado hasta cuando te mostraban el sol. Tú sabes que nunca sabrás defenderte, que solo deseas presentarles el trofeo, quiero decir tu cadáver, y que se lo coman y se lo beban. Alejandra Pizarnik

Albert Camus (Licencia CC a través de Mitmensch0812 /Flickr)

Albert Camus (Licencia CC a través de Mitmensch0812 /Flickr)

En su obra Esa visible oscuridad, William Styron hace un recorrido por su episodio depresivo. En un momento dado de su enfermedad, un amigo suyo se suicida. Styron queda aterrado con la reacción de los amigos y los medios[3]:«Según el artículo, muchos de los participantes, escritores e intelectuales de todo el mundo, parecían desconcertados por el suicidio de Levi, desconcertados y decepcionados. Era como si este hombre a quien todos habían admirado tanto, y que tanto padeció a manos de los nazis —hombre de una fortaleza de ánimo y una valentía ejemplares— hubiera demostrado con su suicidio una fragilidad, un desmoronamiento de carácter que les repugnaba aceptar».

Y es que juzgar a otro ser humano por sus luchas interiores es una desgracia para nuestra propia humanidad. No podemos juzgar lo indescriptible. Mucha gente que se suicida ha ido agotando recurso tras recurso hasta no poder soportar más el sinvivir en el que paradójicamente vive. Styron alerta de que «hasta que no exista una conciencia general de la naturaleza de este tormento continuará en pie el obstáculo para la prevención de muchos suicidios».

Pizarnik, antes de dar ella misma al interruptor, escribió sobre la necesidad de apagarse, la única opción que creía efectiva para disolver a los monstruos que se habían integrado en su mente:

Hundirme en la tierra y que la tierra se cierre sobre mí. Éxtasis innoble. Tú sabes que te han humillado hasta cuando te mostraban el sol. Tú sabes que nunca sabrás defenderte, que solo deseas presentarles el trofeo, quiero decir tu cadáver, y que se lo coman y se lo beban.

Después de intentarlo varias veces y volver a casa con el vestido completamente empapado, el 28 de marzo de 1941, Virginia Woolf, de cincuenta y nueve años de edad y no sin antes clavar un faro en la historia[4], legó a las aguas del río Ouse el rumbo de su propio cuerpo. Así se despedía de Leonard, su compañero de años:

Virginia Wolf. Helena Pérez García (Flickr)

Virginia Wolf. Helena Pérez García (Flickr)

«Querido:


Estoy segura de que me vuelvo loca de nuevo. Creo que no puedo pasar por otra de esas espantosas temporadas. Esta vez no voy a recuperarme. Empiezo a oír voces y no puedo concentrarme. Así que estoy haciendo lo que me parece mejor. Me has dado la mayor felicidad posible. Has sido en todos los aspectos todo lo que se puede ser. No creo que dos personas puedan haber sido más felices hasta que esta terrible enfermedad apareció. No puedo luchar más. Sé que estoy destrozando tu vida, que sin mí podrías trabajar. Y sé que lo harás. Verás que ni siquiera puedo escribir esto adecuadamente. No puedo leer. Lo que quiero decir es que te debo toda la felicidad de mi vida. Has sido totalmente paciente conmigo e increíblemente bueno. Quiero decirte que… Todo el mundo lo sabe. Si alguien pudiera haberme salvado, habrías sido tú. No me queda nada excepto la certeza de tu bondad. No puedo seguir destrozando tu vida por más tiempo.
No creo que dos personas pudieran haber sido más felices de lo que lo hemos sido nosotros.                                          

                                           V.

Meiga Garden de James Regyot (Flickr CC)

Meiga Garden de James Regyot (Flickr CC)

Conmovedor testimonio del pulso entre el amor en la tortura y el descanso en la muerte. William Styron, al que hemos venido mencionando, también empezó a planear su propia huida. Sin embargo aquí la balanza lanceó en otro sentido. ¿Qué le paró? Un recuerdo agradable del pasado que puso en marcha conexiones que permanecían anestesiadas. William se encontraba viendo la televisión, su mujer dormida y dando forma en su mente a su propia aniquilación. En esto, empezó a sonar un pasaje de la Rapsodia para Contralto de Brahms. Styron lo explica así[5]:

Este son, al que, como a toda música —como a todo placer en realidad—, había permanecido yo insensible en mi aturdimiento, durante meses, me traspasó el corazón como un puñal […].Todo esto, comprendí, sobrepasaba con mucho lo que jamás podría yo abandonar, más aún cuando lo que con tal deliberación me disponía a hacer excedía en tan gran medida lo que me era lícito infligir a aquellos recuerdos, a aquellos seres, tan entrañables para mí, con quienes los recuerdos se vinculaban.

En una crisis, la posibilidad de una salida y el apego a las cosas se desligan de nuestro yo, al igual que la angustia contribuye a que el sufrimiento de un minuto perceptivamente se dilate a lo largo de un tiempo indefinido. Sin embargo, la inmensa mayoría de las personas que pasan por depresiones, aun las más graves, sobreviven a ellas y, más importante, viven después al menos tan felizmente como las no afectadas por este mal.

Es cierto que la depresión posee el hábito del retorno, y que cuanto más se recaiga en ella mayores serán las probabilidades futuras de volver a encerrarse en esta amarga fruta[6], pero la mayoría de las víctimas salen también de sus recaídas, teniendo la capacidad de resucitar varias veces a la vida. El sufrimiento, una vez superado, nos purifica y, no lo olvidemos, también nos hace más profundos. Es muy importante que a quienes sufren una sacudida se les hable, se les trate de convencer una y otra y otra vez, de que la enfermedad seguirá su curso y ellos saldrán del trance.

Si alguien pudiera haberme salvado, habrías sido tú. No me queda nada excepto la certeza de tu bondad. No puedo seguir destrozando tu vida por más tiempo. 
No creo que dos personas pudieran haber sido más felices de lo que lo hemos sido nosotros. Virginia Woolf

Al igual de que no hay una felicidad permanente, no hay un sufrimiento constante. Styron pudo aguantar los monstruos para ver por fin llover sobre tierra resquebrajada. Dice[7]: «No me sentía ya un cascarón vacío sino un cuerpo con algunos de los ricos jugos corporales de nuevo en ebullición. Había tenido mi primer sueño en muchos meses, confuso pero imperecedero hasta la fecha, con una flauta en algún punto impreciso, y un ganso silvestre, y una muchacha bailando».

La metáfora que más fielmente representa el comienzo y la liberación de este  suplicio es la de Dante y sus conocidísimos versos. Seguimos y finalizamos con el bueno de William, nuestro acompañante en este artículo, nuestro Virgilio: «Si la depresión no tuviera término, el suicidio sería, ciertamente, el único remedio […]. Para los que han morado en la selva oscura de la depresión y conocido su indescriptible agonía, su retorno del abismo no es diferente al ascenso del poeta, subiendo penosamente más y más arriba hasta salir de las negras profundidades del infierno y emerger por fin a lo que él percibió como el claro mundo. Allí, todo el que ha recobrado la salud ha recobrado casi siempre el don de la serenidad y la alegría, y esto quizá sea reparación suficiente por haber soportado la desesperación más allá de la desesperación.

 Y otra vez contemplamos las estrellas».

 

 

 

[1] ^ STYRON, W. (2009): Esa visible oscuridad. Barcelona, Belacquia.
[2] ^ STYRON, W. (2009)
[3] ^ STYRON, W. (2009) Esa visible oscuridad.
[4] ^ En alusión a WOOLF, V. (1984) A el faro. Barcelona: Lumen.
[5] ^ STYRON, W. (2009) Esa visible oscuridad.
[6] ^ SOLOMON, A. (2015) El demonio de la depresión: un atlas de la enfermedad.. Debate.
[7] ^ STYRON, W. (2009) Esa visible oscuridad.