Antonio Lobo: instinto de cazador

Fotografia de P. M. Sepuya en el apartamento de Antonio Lobo. Fuente: Antonio Lobo, Flickr.
Fotografia de P. M. Sepuya en el apartamento de Antonio Lobo. Fuente: Antonio Lobo, Flickr.

Estos días Madrid asiste a la esperada convocatoria anual de las grandes damas de la Semana de Arte Contemporáneo. ARCOmadrid, que torna su mirada a sus comienzos por su 35 aniversario, Art Madrid cumpliendo 11 años y JustMad en su séptima edición, suponen, junto con otros muchos proyectos innovadores como el Room Art Fair, la peregrinación masiva de coleccionistas y compradores de arte contemporáneo a sus stands. En un artículo de 2006, el crítico de arte Peter Schjeldahl afirmó que los coleccionistas, con su dinero, han conseguido reemplazar a la hegemonía institucional como los nuevos árbitros que deciden cómo las nuevas creaciones se dan a conocer y se valoran. Con una presencia cada vez más influyente, el coleccionismo particular parece haberse convertido en una actividad más financiera que cultural.

Antonio Lobo (Sevilla, 1967) lleva casi diez años coleccionando arte emergente. Su colección ARTE ETRA, que atesora en su apartamento particular, reúne más de 50 obras de artistas coetáneos, o «etrianos» como él los denomina. En el sector se le considera un tanto atípico, incluso anárquico. ¿El motivo de su excentricidad? Que desafía la percepción colectiva que tenemos sobre el coleccionista de arte contemporáneo de nuestro tiempo. Junto a muchos otros de su generación, Antonio recoge el testigo de aquella clase de coleccionismo que antepone la dedicación, la pasión y el compromiso con la cultura a la mera búsqueda de prestigio social y económico, recalcando la figura del coleccionista como un agente vital a la hora de canalizar y reconocer el verdadero valor de las prácticas artísticas actuales.

En las ferias vamos de reunión en reunión celebrando nuestro amor por el arte, para muchos nuestro único Dios

Obra de Javier Arcenillas en la casa de Antonio Lobo. Fuente: Antonio Lobo, Flickr.

Obra de Javier Arcenillas en la casa de Antonio Lobo. Fuente: Antonio Lobo, Flickr.

Esta semana supone un acontecimiento neurálgico y un punto de encuentro clave para muchos con ánimo de ampliar sus colecciones. ¿Sueles visitar este tipo de ferias? ¿Compras arte en ellas?

Tengo una broma con algunos amigos del sector y sonreímos año tras año al considerar que esta semana de febrero para nosotros representa lo que para otros las Navidades. En estas fechas coinciden en la ciudad amigos y profesionales del sector llegados de todas las artes del mundo. Y esto nos da pie a ir de reunión en reunión celebrando nuestro amor por el arte, para muchos nuestro único Dios. Las ferias, al menos para algunos coleccionistas que no buscan ese reconocimiento social de la «compra», son para mirar, buscar y descubrir. Sirven para contrastar opiniones y a partir de ahí empezar a trabajar en algo que muy probablemente acabará en compra, pero que puede ser meses después de la inauguración de la feria. Normalmente, para mí, la feria es la punta de ese hilo del que tirando llego al artista, y a la obra final que acabará en la colección.

Por minúscula que sea tu aportación a la sociedad y al sector, si es seria, contará

Hoy en día coleccionar arte contemporáneo es sinónimo de opulencia y elitismo, alimentando el mito de que para ser coleccionista hay que disponer de una gran fortuna. Lo cierto es que el mercado del arte emergente se ha ido abriendo cada vez más a un público más amplio y de menor poder adquisitivo, facilitando la aparición de un nuevo perfil de coleccionista completamente diferenciado de lo que Terry Smith llama «la casta de los superricos». ¿Cuál es tu opinión al respecto? ¿Es necesario contar con una buena fortuna para formar una colección exitosa?

La globalización tiene mucho que ver con esa apertura de la que hablas; yo creo que democratizó el arte. Si tienes interés puedes estar al tanto de lo que ocurre en cualquier lugar del mundo. Y como de forma paralela se cayeron esos castillos montados sobre amistades y dinero público gastado a mansalva y sin control, al sector no le quedó más remedio que comenzar a reconocer la labor de los coleccionistas “particulares” y ser conscientes de su importancia.

En cuanto a la segunda pregunta, pongo el ejemplo de los Vogel: dos coleccionistas residentes en Nueva York —él cartero y ella bibliotecaria— que, con más de 4.000 obras en su minúsculo apartamento, terminaron cediendo a los museos de EEUU. Para ser coleccionista no es necesario tener mucho dinero, es necesario saber «mirar», querer aprender. Y tener claro que por minúscula que sea tu aportación a la sociedad y al sector, si es seria, contará. Muchos en el mundo de las finanzas saben lo importante que es un 1%, sin él nunca se lograría el 100%.

 

Vemos en el afán de algunos coleccionistas como el matrimonio Vogel una perseverancia casi obsesiva que revela una motivación profundamente personal y que, ante todo, define un vínculo entre poseedor y objeto que trasciende la mera búsqueda de prestigio, dinero o poder. ¿Cuál es tu motivación para coleccionar arte?

Para mí comprar arte es comprar futuro, adelantándome a él. Una colección es un proyecto personal. Algún coleccionista famoso dejó escrito que toda colección pasa por tres etapas. Una primera donde se compra lo que a uno le gusta, aunque sea un error lo comprado. Una segunda en la que se define una línea de colección: arte español, fotografía, vídeo, etc. Y una tercera en la que se busca el diálogo entre las distintas obras. Yo ando en ese tercer escalón, en lo que yo llamo «coleccionista/comisario»: alguien que adquiere una obra buscada a conciencia para encajar a la perfección dentro de un puzle gigante, aportando algo al discurso que se pretende mostrar. En esa línea voy, quiero dejar constancia de mi mirada a mis coetáneos y generaciones venideras. No hay que tenerle miedo a la eternidad, por muy «mínimo» que uno sea.

Yo me siento coleccionista las 24 horas del día, la ETRA es mi pasión, mi proyecto, casi mi vida futura, esa energía que dejaré cuando yo ya no esté

Obra de Rallito X aún sin desembalar en el apartamento en Madrid del coleccionista. Fuente: Antonio Lobo, Flickr.

Obra de Rallito X aún sin desembalar en el apartamento en Madrid del coleccionista. Fuente: Antonio Lobo, Flickr.

Walter Benjamin escribió en Desembalo mi biblioteca: El arte de coleccionar que no son los objetos los que cobran vida en el coleccionista, sino que es él quien vive en ellos. Narcisismos aparte, ¿qué supone tu colección para ti?

Toda colección que por definición es personal, define a uno mismo. Recoge tus inquietudes, tus retos, tus nuevas miradas. Una colección es uno mismo. De hecho, la colección se llama ETRA porque yo era disléxico de pequeño y escribía para divertirme palabras al revés. ETRA es ARTE al revés. Este nombre sustentado sobre esa base también define mi personalidad casi anárquica por este paseo por el mundo de arte, donde me sigo sintiendo un polizón al que descubrieron y que ahora dejan ocupar en ocasiones a la mesa del capitán. Visto desde mi yo más íntimo, es absolutamente divertido. Yo me siento coleccionista las 24 horas del día, la ETRA es mi pasión, mi proyecto, casi mi vida futura, esa energía que dejaré cuando yo ya no esté. Mi mente nunca para, mis proyectos utópicos de compras tampoco; pero al final, si uno sueña, las cosas con verdad absoluta se terminan cumpliendo.

 

Del disfrute al compromiso. ¿Para qué sirve una colección? ¿Qué aporta la visión del coleccionista a la hora de entender y fomentar la apreciación del arte?

Helga de Alvear decía que el arte no sirve para nada pero que no sabría vivir sin él. Al final, si una colección es seria puede terminar siendo una guía para alguien que comienza con miedo en este mundillo. Aquí no sobra nadie; muy al contrario, faltan todos. Yo salí con fuerza después de visitar la colección de Pilar Citoler en la sala Alcalá 31 y el CBA. Me descubrió un abanico de posibilidades absoluto, incluso visité alguna que otra galería buscando nombres que integraban su colección. La pieza de Jota Castro que se mostraba en la misma estuvo a punto de acabar en casa a través de la galería Oliva Arauna. Si no lo hizo fue por la falta de espacio. El coleccionista tiene que «salir del armario», darse a conocer, ofrecerse como ejemplo para nuevas generaciones.

Una colección tiene que hablarte, contarte algo. (…) Cualquier ondita que se haga en este charco estancado que hoy día es el arte español debe ser bienvenida

Nunca antes se había fomentado tanto el coleccionismo de arte contemporáneo como hoy en día, como demuestra la abundancia de foros, conferencias, cursos y talleres dirigidos a formar e incentivar a jóvenes inversores, aunque casi siempre desde un enfoque financiero. ¿Crees que este tipo de estrategias de incentivación son efectivas para la formación de buenos coleccionistas?

Insisto; el coleccionista siempre estuvo ahí. El Prado no existiría si Felipe II no hubiera sido un enamorado del arte, por decir algo. Es cierto también que durante mucho tiempo eran los potentados los que optaban a él. Ahora vivimos una nueva etapa y si sabes gestionarlo con poco puedes lograr mucho. Eso sí, está claro que si te mueves en el arte emergente te tienes que meter hasta las rodillas en el sector. Visitar exposiciones, establecer contactos con profesionales del sector, leer, mirar, descubrirte. Para coleccionar hay que saber lo que se compra y de quién se compra, todo lo demás es mera acumulación. Una colección tiene que hablarte, contarte algo. Si las piezas, por muchas que sean, te miran mudas desde la pared, nada se logró. Y yo creo que cualquier ondita que se haga en este charco estancado que hoy día es el arte español debe ser bienvenida.

La mejor decisión para iniciarse en el coleccionismo es no comprar nada durante un año o más. Y en esa suma de días, leer, mirar, visitar exposiciones

Un ejemplo entre miles puede ser el First Collectors de ARCOmadrid, un servicio de asesoramiento personalizado patrocinado por la Fundación Banco Santander que se ofrece para coleccionistas noveles durante la feria. Coleccionar es algo muy personal, pero hoy en día es cada vez más raro ver al coleccionista actuar en solitario. ¿Hasta qué punto crees que es favorable la intervención de especialistas y asesores a la hora de formar una colección?

Nadie nace sabiendo. A quien me pregunta qué puede hacer para iniciarse en el coleccionismo, por raro que parezca, le comento que la mejor decisión es no comprar nada durante un año o más. Y en esa suma de días, leer, mirar, visitar exposiciones. Volver a leer, volver a mirar, y volver a visitar exposiciones. Si después de eso descubres que te apetece seguir, entonces tírate a la piscina. Yo el arte lo sufro y lo disfruto a partes iguales. Requiere una inversión de tiempo y recursos inagotables y eso a veces genera frustración.

Vuelvo a la pregunta: los asesores sirven, pero yo prefiero caminar desde la anarquía, enfangarme, conocer al artista, su trabajo, al galerista y su apuesta personal por ese artista. Me gusta sentirme parte del proceso. En una ocasión,  la comisaria Nerea Ubieto hacía alusión a mi apellido para explicar mi costumbre de «cazar» en grupo, en interpelación con los distintos agentes del sector. Cada obra de mi colección entraña una historia, un cúmulo de energías, de conexiones personales y eso no lo lograría a través de ningún asesor.

A mí quien más me interesa es aquel que compró un Warhol o un Barceló en el momento en que no eran «prohibitivos», no me interesan las adquisiciones millonarias de millonarios

Cazadores de novedad: Juana de Aizpuru y Antonio Lobo en el homenaje a Arco Madrid en el CBA el 1 de febrero de 2016. Fuente: Antonio Lobo, Flickr.

Cazadores de novedad: Juana de Aizpuru y Antonio Lobo en el homenaje a Arco Madrid en el CBA el 1 de febrero de 2016. Fuente: Antonio Lobo, Flickr.

¿Por qué arte contemporáneo? ¿Coleccionas o has coleccionado además objetos de otra índole?

El arte siempre estuvo en mi vida, de mil formas. Mi primera colección fue de postales de la Semana Santa de Sevilla. Sólo las podía conseguir en esos siete días y conseguirlas era ya pura obsesión. Aún las conservo. Yo me convertí en coleccionista de una forma natural. Supongo que el bagaje cultural, personal y económico encajaron y funcionó. Terminé con el arte emergente porque es el gran secreto en este sector. Es la posibilidad de adecuar la práctica de coleccionar con unos recursos limitados. Pocos saben que Barceló se vendía en Madrid en el 82 por cinco mil pesetas. Y los Warhol no siempre fueron «prohibitivos». A mí quien más me interesa es aquel que los compró en ese momento, no me interesan las adquisiciones millonarias de millonarios.

«De todos los participantes del mundo del arte, los coleccionistas son los menos profesionales. Lo único que tienen que hacer es llenar un cheque».  Son palabras del coleccionista americano Donald Rubell, cofundador de la Rubell Family Collection de Miami, en el libro Siete días en el mundo del arte. En tu opinión, ¿qué cualidades o competencias deben exigirse de un buen coleccionista?

Discúlpame, pero quien así habla le llamaran coleccionista, pero ni lo es, ni se siente. Comprará arte, no lo dudo, y gastará mucho, pero nada más. Su acción artística más notable será la de rellenar cheques. Coleccionar es una práctica que debe ser tan rigurosa como profesional. Hace poco leí algo que te aclarará a qué me refiero. Decía el coleccionista belga Alain Servais, uno de los de verdad: «Con mi colección me siento como un escritor, los artistas me dan las palabras y yo voy construyendo la frase como si fuera un puzle. Y escribes este libro con voces jóvenes en vez de con nombres consagrados. Para mí el auténtico coleccionista es el coleccionista que colecciona artistas emergentes». Si no te importa, prefiero esos coleccionistas como mis amigos y otros referentes. Sin duda existirán otros muchos que prefieran al tal Rubell. Ese, de momento, solo es famoso por pedir descuentos que rondan el 50% del precio final de la obra adquirida.

Obra de Antonio Fernández Alvira recién desembalada. Fuente: Antonio Lobo, Flickr.

Obra de Antonio Fernández Alvira recién desembalada. Fuente: Antonio Lobo, Flickr.

Javier Montoro

Javier Montoro

(1993) Licenciado con honores en Bellas Artes por la Glasgow School of Art. Tras cuatro años dedicado a la investigación académica y desarrollo de mi obra en el Reino Unido, actualmente alterno práctica y difusión artística con expresión escrita en el medio digital (Estrella Digital, Ars Magazine, La Grieta Online).
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