Carlos France

Silence. Jemma D/Flickr(CC)
Silence. Jemma D/Flickr(CC)

Carlos France, como le correspondía por estas fechas, visitaba cada día la biblioteca. En mayo, enero, los abriles, algún septiembre y no pocas navidades: Carlos France, estudiante universitario, vivió y viviría allí siempre que tuvo que hacerlo y eso estaba bien, eso era lo que tocaba.

Y entonces Carlos France era un chico más, un estudiante más, como millones de estudiantes por el mundo con sus carpetas, tabletas, ordenadores y todos los otros accesorios de la juventud de cada uno.

Carlos France, como tantos otros, tampoco sabía qué es lo que quería hacer después. ¿Después cuando? Después después.

Pero tampoco como para que le quitara el sueño. Carlos era un chico bastante esforzado, muy simpático, y algo despistado, como la mayoría de los chicos a esa edad. El peso invisible de las obligaciones aún no había contaminado su mirada. Ojeras que si eso todavía eran de exámenes o juergas (de esas que se curan con dormir una vez bien la siesta o salir a pasear el domingo por Madrid, la plaza del dos de Mayo a media mañana, Lavapiés, terrazas, parques).

El caso es que allí estaba Carlos como siempre cuando le correspondía, estudiando sus apuntes de memoria (que es lo que aprendes en la universidad). Subrayando y murmurándose la lección, con tanta gente como él a su alrededor, subrayando y murmurándose la lección. Recitando como en la iglesia. Recitando y memorizando la encíclica: artículo 1.024 Cc; art.1.902 Cc.

Cuadrarse el círculo cuadrarse el círculo cuadrarse el círculo.

En la biblioteca, el multiverso de cada uno y cada uno absorbido en sus estudios.

Y detrás de todo esto, humo intelectual y la fábrica que hay en la cabeza, trabajando en la biblioteca, con su ruido de fondo y la sensación de silencio pero que es…

El aire acondicionado o de vez en cuando el repicar de los tacones. Y los miles de susurros inaudibles. El tecleo del ordenador/ruido de pasar hojas. No parece nada aunque en realidad está allí. El río subterráneo.

Y entonces se apaga el aire, para Carlos se hace el silencio. Extraña sensación, piensa. Que cuando estaba el ruido de fondo, que no parecía un ruido y el inconfundible murmullo de la biblioteca, ya creía que era silencio. El ruido que no se singulariza que se pierde en una miasma, una pantalla, un todo. El silencio que no era silencio y ahora sí, ahora es mucho más silencio que antes. La sensación de sacar la cabeza del agua, aterrizar en un avión o pasar a otro nivel en una cueva submarina. Y así sigue, Carlos, estudiando, jugando con esa idea, siendo jugado por ella, concentrándose mejor por el mayor silencio que hay.

Podría terminar aquí pero cómo voy a terminar aquí, Carlos.

Carlos, Carlos France. Ahí sigue, en sus libros: estudiando, absorbiendo, y la biblioteca dormida o aburrida. Y se vuelve a hacer el silencio. Se apaga otro ruido insonoro y otra vez zzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzump. La nada.

Y así otra vez. Y otra.  Carlos se está volviendo loco. Algo cada vez le roba más capas al ruido. Como rebobinar la construcción de un edificio de oficinas o pelar una alcachofa y quedarte con su corazón.

Y es insoportable el silencio, que luego shhhhhlllupp ya no es, ahora es más todavía.

Y no para, continúa y continúa. Subiendo niveles, pelándose. Acercándose a un algo que no es algo sino solo un concepto. Un concepto inexistente, inalcanzable: mental.

Nada es el silencio entonces, piensa; todo es relativo, piensa; le duele la cabeza, piensa.

¿Cómo he vivido hasta ahora pensando que algo era el silencio y la evidencia de un instante destruye toda la experiencia de mi pasado?

A Carlos ya le duele la cabeza de no oír nada. La gente sigue indiferente, mirando libros y hojas, mirándose unos a otros.

Si el silencio no existe, ¿qué más no existe? ¿Podemos constatar algo sobre nuestra propia vida, sobre nuestra propia existencia, tenemos alguna certeza por mínima que sea?

Carlos ve a la gente murmurar, pero no oye nada. NO oye nada. Como si le hubieran amputado las orejas. Carlos se siente como un guisante resbalando por papel transparente. Perdido, confundido. Quiere hablar para oírse, pero teme no oír nada. Teme no volver a oír nada nunca más en su vida.

¿Y si siempre estuve sordo?  ¿Yo?

¿Quién es yo, Carlos France?

 

Carlos va al baño que huele a meado, como siempre en la universidad.

Carlos va al baño, coge carrerilla y estampa su cabeza contra una de las paredes llenas de pintadas.

 

En el suelo respira aliviado. Sangre fina brota como un arroyo claro de su frente. No pensar, no pensar, no pensar. No pensar en nada.

Un hombre con una manzana por cabeza y un sombrero negro bombín entra en los servicios y discretamente pasa por encima de Carlos mientras se dirige a los facilitadores.

Comienza a desnecesitarse y visiblemente algo ruborizado gira la manzana en diagonal mirando por encima de su hombro.

—¿Mal día? —le inquiere a Carlos.

—Los he tenido mejores. Pero ya me encuentro mucho mejor…

—¿Usted qué tal?

—Por favor, por favor, por favor, llámame tú. Yo bien. Disfrutando de estos días sin lluvia ácida. Para esta época del año el tiempo está muy bien, aunque tendrá que llover alguna vez más si no queremos tener verano amarillo radical.

—Estoy preocupado con el cambio climático. Ya ha aumentado cuatro grados la temperatura media del Atlántico desde 2020 y dicen que van a desaparecer bastantes más regiones costeras de las previstas en los próximos 15 años. Y he oído que en el Amazonas quedan menos árboles que en el parque del Oeste.

Hay muchísima desinformación. Es difícil, todos opinamos y nadie tiene ni puta idea. Internet es un campo de batalla.

—Oh Si Si, Responde el extraño mientras se seca las manos. —Y los chinos están construyendo un centro comercial de 5000 hectáreas en el Chad. El ritmo de extinción de especies global ha aumentado en un 1000% en los últimos 20 años, en África un 2500%.

No queda mucho ya, pero dicen que tendremos Wifi en el desierto cuando acabe todo.

Y por lo de las inundaciones parece que por lo menos los países ricos nos vamos a salvar. Van a montar diques gigantescos en las costas de Europa. Con pantallas en el interior. Ahora que empieza el Mundial de Arabia Saudí va a haber fútbol 24 horas al día.

—Pronto acabará todo ya.

—-Sí, tranquilo amigo, ya va acabando todo.

—Sólo quiero dormir y que me lleve el viento de mi niñez…

Recuerdo un día que fuimos a la Sierra, qué libertad las montañas.

—Descanse amigo, descanse, ya va acabando todo..

 

 

Juan García-Berdoy

Juan García-Berdoy

Licenciado en Madrid, ha cambiado la Autónoma y las litronas de Malasaña por la Humboldt Universität y el metro 24 horas los fines de semana.
Habiendo crecido en paralelos diversos del globo piensa que en el fondo somos todos bastante parecidos y que mejor abrir la mano que hacerse el sordo.
¡Allá vamos!
Juan García-Berdoy

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