Cuando el curso de la historia estaba a punto de llegar a 1984, Isaac Asimov reprochó duramente a George Orwell que centrara la crítica de sus últimas obras hacia el comunismo. Orwell erró el tiro, dice Asimov, porque su país «luchaba por su vida contra los nazis», no contra los comunistas. Crítica sorprendente, especialmente teniendo en cuenta el hecho ‒que nombra Asimov en el mismo ensayo‒ de que Orwell había ido a España a luchar contra el fascismo, actividad acaso menos efectiva que escribir contra él, pero tanto o más encomiable: requiere ensuciarse las manos.

Orwell relata su experiencia en el frente español en Homenaje a Cataluña (1938). El principal punto de inflexión de su narración es el viraje en su apreciación del enemigo, que pasa de ser del fascismo del otro lado de la trinchera al comunismo de la retaguardia. Por sus ojos presenciamos el creciente control comunista sobre el Gobierno republicano, una vez que la URSS pasa a ser su principal fuente de material bélico; y descubrimos una represión que le lleva a abandonar España por el hecho circunstancial de ser considerado trotskista, a quienes el Partido Comunista trataba en los mismos términos que a los fascistas. Esta experiencia marcará el discurso de sus dos siguientes y últimas novelas: por un lado la fabula casi al pie de la letra en Rebelión en la granja (1944), y por otro la proyecta hacia el futuro en 1984 (1949). Cincuenta años después Asimov las tacha de desacertadas social, política y científicamente.

Hoy, sin embargo, el comunismo es poco más que un mero reducto teórico. Nuestra generación no ha convivido con él, y sólo puede ver los fantasmas que le sugiere su arquitectura si viaja más allá de Berlín Este. Pero, por supuesto, queda el comunismo parsimonioso y desenfadado de Cuba, donde, a pesar de Asimov, podemos presenciar aún la mayoría de las apreciaciones de Orwell sobre el comunismo.

Pintada

Libraré al lector de los pormenores políticos que afectan a Cuba hoy, de sobra analizados por infinidad de medios partidariamente objetivos. También me ahorraré detallar las razones de mis simpatías hacia rebeldes barbudos que se lanzan al monte a combatir cualquier injusticia. En cambio, y basándome en mi propia experiencia tras recorrer la isla, intentaré contrastar las observaciones de Orwell con la organización política y social de Cuba. Espero que lo encuentren provechoso.

Hoy, sin duda, las alegrías y los problemas de Cuba poco tienen que ver con un gobernante que sólo estuvo siete años al frente del país, hace seis décadas

«Quien controla el presente controla el pasado». Esta consigna del Ingsoc, el «Partido» de 1984, es omnipalpable en Cuba. El país está repleto de alusiones a Fulgencio Batista, a quien Fidel Castro derrocó en 1959 tras dos años de guerrilla, como «el régimen de la Tiranía». Museos y memoriales inciden por doquier en las innúmeras y viles cualidades de Batista, para elogiar luego a la «Liberación» y la «Revolución». «Vi, de hecho, que la historia se estaba escribiendo no desde el punto de vista de lo que había ocurrido, sino desde el punto de vista de lo que tenía que haber ocurrido», nos dice Orwell análogamente en Recordando la guerra española (1942). Pero, ¿se puede en 2016 seguir usando un bestiario de los años 50 para autojustificarse en el poder? Hoy, sin duda, las alegrías y los problemas de Cuba poco tienen que ver con un gobernante que sólo estuvo siete años al frente del país, hace seis décadas. Quienes nacieron después –¡los menores de 57 años!– no pueden sentirse impelidos a «continuar una revolución» cuyo enemigo no conocieron pero cuyas consecuencias sí sufren.

El propio Fidel, en una carta desde Sierra Maestra en 1957, arremete contra las juntas militares, defiende el gobierno civil, las elecciones generales y el apartidismo.

«No se establece una dictadura para salvaguardar una revolución; se hace la revolución para establecer una dictadura», confiesa el «malo» de 1984, a quien mantendremos en el anonimato por mor de la virginidad de quienes no la hayan leído. La revolución de Fidel y el Che se basa, justamente, en el ansia de «liberar» al pueblo del régimen Batista, que había anulado y manipulado elecciones y ejercía censura y opresión. No hace falta que subrayemos la ironía de esta liberación. El propio Fidel, en una carta desde Sierra Maestra en 1957, arremete contra las juntas militares, defiende el gobierno civil, las elecciones generales y el apartidismo [1]¿Dónde quedaron estos buenos propósitos? Sin duda engullidos por la sed de control comunista, como pasara con la España republicana durante la guerra. Orwell también nos cuenta amargamente cómo muere la incipiente revolución que experimentó la República durante los primeros meses de la guerra. «Todo el mundo estaba decidido a impedirla; en especial el Partido Comunista, respaldado por la Rusia soviética», dice. Permítanme aquí salir ligeramente de los márgenes de esta disertación para preguntar: una vez iniciada la guerra en España, cuando la democracia ya había perdido y la salida sólo podía ser fascistizante o comunista, ¿acaso habría sido mejor una victoria republicana?

«El enemigo de ayer es el amigo de hoy», podría haber sentenciado cualquier personaje de 1984. Fue, sin embargo, la indiferente respuesta de un joven cubano al preguntarle por la bandera estadounidense que lleva en su automóvil

Cuba (3)

«No invocamos ni aceptamos la mediación o intervención alguna de otra nación en los asuntos internos de Cuba». Castro, que suscribe estas palabras en el Manifiesto de Sierra Maestra en 1957, es abiertamente antiimperialista. Pero, ¿acaso no permutó un imperialismo por otro? El Che, principal responsable de las relaciones de Cuba con la URSS tras el triunfo de la Revolución, quedó desencantado del comunismo ruso unos años más tarde, y abandonó sus cargos en el Gobierno cubano en 1965. Fidel, más pragmático que idealista en aquel momento, siguió aceptando la ayuda envenenada de la URSS. Sólo cuando el bloque comunista cayó el castrismo aceptó la apertura y la amistad con Estados Unidos… pero con la inalienable parsimonia cubana: 24 años después. «El enemigo de ayer es el amigo de hoy», podría haber sentenciado cualquier personaje de 1984. Fue, sin embargo, la indiferente respuesta de un joven cubano al preguntarle por la bandera estadounidense que lleva en su automóvil.

Bandera de Cuba y de Estados Unidos en un coche.

Bandera de Cuba y de Estados Unidos en un automóvil.

«Cuatro patas bien, dos piernas mal» pasa a ser «Cuatro patas bien, dos piernas mejor» en Rebelión en la granja. En relación a los tres puntos anteriores, si hoy hubiera una nueva revolución victoriosa contra Castro, el nuevo régimen sólo tendría que cambiar «batista» por «castrista» y actualizar las fechas en los museos, panfletos y memoriales propagandísticos para que siguieran teniendo vigencia. Es decir, el propio Castro hace hoy gala de los males que critica en Batista.

Exposición en el cuartel Moncada, Santiago de Cuba. Este manifiesto está firmado por Fidel, como podría estarlo por cualquier opositor al propio Fidel.

Exposición en el cuartel Moncada, Santiago de Cuba. Este manifiesto está firmado por Fidel, como podría estarlo por cualquier opositor al propio Fidel.

«La guerra es la paz» es el primero de los tres lemas principales del Ingsoc. Como el del guerrillero de Canción del elegido del cantante de la Revolución, Silvio Rodríguez, que «comprendió que la guerra era la paz del futuro». Y Fidel, que otrora defendía que «matar a una persona por defender un ideal no es defender un ideal, es matar una persona», se puso a matar personas para conseguir la paz. El Che lo defiende ante las Naciones Unidas en 1964: «Fusilamientos, sí, hemos fusilado; fusilamos y seguiremos fusilando mientras sea necesario». La revolución va, como continúa la canción de Silvio, «matando canallas con su cañón de futuro». Y en una «guerra fría» constante con Estados Unidos.

Un cubano crítico sentenció con acierto que «saber leer no es lo mismo que estar educado», que sirve lo mismo para Cuba que para Europa

«La libertad es la esclavitud» es el segundo de los lemas del Ingsoc. El Che cuenta en sus Pasajes de la guerra revolucionaria (libro que se entrega a todos los estudiantes cubanos al acabar la educación secundaria) que «empezaba a hacerse carne en los guerrilleros la conciencia de la necesidad de un cambio definitivo en la vida del pueblo». Los guerrilleros, en constante contacto con los guajiros (campesinos) de Sierra Maestra, observan cómo «brotan silvestres y sin cuidado y se desgastan rápidamente» ante la desidia de Batista. Tras el triunfo de la revolución, la alfabetización y la sanidad fueron dos de las prioridades del nuevo Gobierno, que desempeñó con gran éxito, y que hoy se encuentran entre los mayores orgullos cubanos. He de decir que no vimos en Cuba una sola falta de ortografía, ya fuera en carteles chicos o grandes, lo que contrasta gratamente con sus congéneres españoles. También es notoria la promoción y apoyo del Gobierno cubano hacia las artes, y el país cuenta merecidamente con uno de los mejores elencos de artistas del mundo. Sin embargo, a pesar ello los jóvenes cubanos se entregan en hordas salvajes al antiestético reguetón, los mayores nunca pierden la cita con la telenovela a las diez de la noche, y todos juntos se enzarzan en calurosas pláticas sobre si el próximo Balón de Oro lo merece Messi o Ronaldo. De hecho, dado que las casas están siempre abiertas hacia la calle, uno puede pasear por cualquier punto de la ciudad sin perderse el hilo de amoríos y traiciones de la telenovela o de quién controla el balón en cada momento. Un cubano crítico sentenció con acierto que «saber leer no es lo mismo que estar educado», que sirve lo mismo para Cuba que para Europa. «Fidel nos da alas, pero no nos deja volar». La libertad es la esclavitud.

Uno de los grandes triunfos de la Revolución es la sanidad pública. Incluso en los sitios más recónditos podemos encontrar centros médicos y farmacias.

Uno de los grandes triunfos de la Revolución es la sanidad pública. Incluso en los sitios más recónditos podemos encontrar centros médicos y farmacias.

¿Cómo un joven de hoy en día que no conoce la principal herramienta de trabajo del resto del mundo [Internet] puede cumplir su cometido internacionalista?

«La ignorancia es la fuerza», es el tercer lema del Ingsoc. Este lema puede contrastar con el afán alfabetizador del régimen, pero no hay que olvidar que éste es severamente adoctrinador. Y que el acceso a la información está gravemente restringido y vigilado. Internet es un lujo: nadie tiene conexión en su casa, y sólo es accesible desde ciertas plazas con wifi, previa adquisición de unas tarjetas que dan acceso a una hora de internet por 2CUC (1,80 €). En los establecimientos oficiales siempre están agotadas: con ellas amasan su pan ciertas personas que compran todo el cupo de tarjetas del día a primera hora, y luego las revenden en las propias plazas a 3CUC (2,70 €). Bajo estas condiciones, más de un joven nos confesó que nunca había entrado en internet. Ello, sin duda, está haciendo una generación incapaz de enfrentarse al mundo exterior en un país que cada vez se está abriendo más, y que, además, cumple con la exigencia internacionalista del marxismo: lo demostró el Che con su ejemplo en Angola y Bolivia y la propia Cuba; lo canta Silvio Rodríguez en La era está pariendo un corazón («por cualquier hombre del mundo, por cualquier casa»); y lo ha probado el propio Gobierno cubano enviando médicos a la crisis del ébola o aceptando a refugiados del Sáhara Occidental a estudiar en sus universidades, los llamados «cubarawis». Pero, ¿cómo un joven de hoy en día que no conoce la principal herramienta de trabajo del resto del mundo puede cumplir su cometido internacionalista?

Seis personas, un solo móvil. Internet en Cuba es un bien de lujo.

Seis personas, un solo móvil. Internet en Cuba es un bien de lujo.

Todo funciona por contactos, llamadas de teléfono y regateos. Cuando el estado toma parte, un sinfín de formularios por triplicado entran en juego (…), en una especie de versión de Mortadelo y Filemón

«Los camareros, las criadas y la gente que los rodea cogen cosas de vez en cuando», le explica Julia a Winston en 1984 tras mostrarle un suculento botín de viandas y tabaco. Al igual que ellos, los cubanos alivian la escasez que les rodea moviéndose en un variopinto y divertido elenco de trapicheos, hurtos de fábricas o del campo, ventas clandestinas, ingenios variados, reciclajes inverosímiles y favores recíprocos. Quien trabaja en una fábrica de habanos, por ejemplo, hurta cierta cantidad de ellos al día y, junto a otra persona que trabaje en una fábrica de cajas, los venden a los turistas por la calle sin pasar por la caja del estado. Se trata de una economía plenamente colaborativa, sin intermediarios, a la que Europa está aspirando ahora por mediación de internet. En esto nos llevan décadas de ventaja, con las rudimentarias herramientas de teléfono y boli, y la mucho menos potente red de conocidos offline. Más ejemplos: ante la escasez de vehículos, los cubanos se transportan entre sí con ciertos convenios informales. Todo funciona por contactos, llamadas de teléfono y regateos. Cuando el estado toma parte, un sinfín de formularios por triplicado entran en juego, con singulares T. Rex de labios rosas parapetados tras sus mesas de oficina manejando con desidia los varios teléfonos y haciendo esperar a todo el mundo, en una especie de versión de Mortadelo y Filemón, pero aún más cómica.

 Sin computadoras, pero con el Che: los burós cubanos podrían estar sacados de Mortadelo y Filemón.

Sin computadoras, pero con el Che: los burós cubanos podrían estar sacados de Mortadelo y Filemón.

«No existirá más fidelidad que la que se debe al Partido, ni más amor que el amor al Gran Hermano». Como en esta cita de 1984, es curioso que, a pesar de confesar sus múltiples trapicheos, los mayores se definen perfectamente fieles al castrismo. «Yo daría mi vida por Fidel», nos confiesa un conductor que nos llevaba extraoficialmente de una ciudad a otra, tras comprar gasolina en una casa particular, lloriquear por el precio de los neumáticos en el mercado oficial, y contarnos cómo había prohibido a su hija echarse de novio a un policía. «Si un día rompen, el que era amigo se vuelve enemigo», dice, y la voz de la experiencia se deja notar. Los jóvenes, por otra parte, son mucho más incrédulos.

«En las paredes, unos carteles rojos de la Liga juvenil y de los Espías y un gran cartel con el retrato de tamaño natural del Gran Hermano». No hay telepantallas gigantes y cotillas, pero abundan los rostros de Fidel, Raúl, el Che, José Martí y otros «padres» de Cuba con sus respectivos eslóganes, casi siempre animosos y patriotas, que podrían resumirse en el genial mantra de otro gran totalitario de nuestro tiempo, José María Aznar: «España va bien».

La Policía de Pensamiento de 1984 en Cuba se llama CDR (Comité de Defensa de la Revolución) y, aunque es menos sofisticada, es también omnipresente

Cuba-(9)-WEB

Y, por supuesto, «El Gran Hermano te vigila». La Policía de Pensamiento de 1984 en Cuba se llama CDR (Comité de Defensa de la Revolución) y, aunque es menos sofisticada, es también omnipresente. Hay un CDR por manzana, constituído por uno o varios vecinos, que obtienen ciertos beneficios del estado (más raciones de comida, más vacaciones…) y que se encargan tanto de atender las necesidades del vecindario como de asegurarse que el socialismo está presente en él. Informar al Partido cualquier sospecha de disidencia es también parte de su trabajo.

"Vivan los CDR"

“Vivan los CDR”

Tampoco podemos olvidar detalles menores, como la neolengua, cuya adaptación al español resulta curiosa y bastante eficiente. Si en 1984 existe el Minipax (Ministry of Peace), el Recdep (Records Department) o la Thinkpol (Thought Police), en Cuba tenemos el Mintur (Ministerio de Turismo), la Cadeca (Casa de Cambio) o la Oficoda (Oficina de Control para la Distribución de los Abastecimientos), entre otros.

Por supuesto, no deja de haber múltiples diferencias entre las proyecciones de Orwell y Cuba. El control estatal es increíblemente laxo en Cuba, a diferencia de las distopías orwellianas. El estado pretende controlarlo todo, sin embargo no controla nada. Pero no temo equivocarme al sugerir que Orwell lo hubiera anticipado si hubiera situado 1984 en La Habana en lugar de Londres. Ya lo imaginó con España, donde «hasta el fascismo puede asumir una forma comparativamente tibia y soportable», según sugiere en Homenaje a Cataluña. «Pocos españoles poseen la eficiencia y consistencia que requiere un estado totalitario moderno», añade. Qué decir de los cubanos. Y, a la vez, la represión y la falta de libertad tampoco es ni mucho menos comparable a la de 1984.

El comunismo cubano tiene varios puntos positivos: la ausencia total de publicidad, además de la preocupación general por valores elevados, como la cultura, el medio ambiente o el bienestar

Orden, disciplina, exigencia… La propaganda cubana no es siempre efectiva.

Orden, disciplina, exigencia… La propaganda cubana no es siempre efectiva.

No puedo dejar de mencionar que, a pesar de todo lo desarrollado, el comunismo cubano cuenta con muchos puntos positivos o interesantes. Por ejemplo, la ausencia total de publicidad, además de la preocupación general por valores elevados, como la cultura, el medio ambiente o el bienestar. La limitación de bienes de consumo brinda, además, ciertas ventajas: no existe la obsolescencia programada, disminuye la presión sobre el planeta, y los objetos cobran una importancia real. Ello es especialmente patente en una de las principales ventajas de Cuba sobre el resto de países del mundo: su pequeño parque automovilístico. Al librarse de la tiranía de los conductores, las calles quedan aptas para la vida.

Tampoco podemos olvidar que todas estas reflexiones parten de un punto de vista de salita de estar y bata fantasía. Desde nuestro sillón orejero creemos resolver tal o cual asunto a golpe de tecla, paralizados al pensar en hacerlo a golpe de gatillo como Fidel y Orwell. Además, Cuba merece el reconocimiento de que, excepto en libertad de expresión y movimiento, puntúa mucho mejor en todos los aspectos que sus países vecinos. Y que ningún país se salva de la quema: sin duda podríamos hacer análisis semejantes con los vicios de Europa.

Con su discurso antiquísimo, sus viejísimos dirigentes y sus maneras vetustas y relajadas, Cuba se enfrenta ahora al mundo

Todas estas observaciones conducen a dos inequívocas conclusiones ultrarracionales.

Primero, la nefasta aspiración a seguir la voluntad del Pueblo. «La Revolución se hace por las masas y para las masas», expuso Fidel el 1962. «Esa es la razón de existir del Partido, y todo su prestigio, toda su autoridad, estará en relación con la vinculación real que tenga con la masa», continuaba. Pero, como sabemos, la voluntad del Pueblo es azarosa, se mueve según soplan las pasiones del bajo vientre y raramente repercute en el bien común. Por ello, cualquiera que diga representarla A) miente o B) sus aspiraciones son bajas y deplorables como las del propio pueblo. «Las matanzas de trabajadores en Viena, Berlín, Madrid, o donde fuera, parecían tener menor interés e importancia para sus camaradas británicos que el partido de fútbol del día anterior» se lamenta Orwell en Recordando la Guerra Civil Española.

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Segundo, la tiranía de los viejos. Es sin duda una broma infinita que Fidel abdicara en su hermano Raúl. ¡Un viejo delegando en otro viejo los destinos de una nación! Bajo este prisma podemos entender mejor la falta de internet, la burocracia manuscrita, la perpetuación de los monstruos del pasado, la infinita resistencia al cambio, etc. La gerontocracia aniquila toda voluntad, todo movimiento, todo progreso y todo afán de mejora, ya sea para una nación o una comunidad de vecinos. Cuba y España son prueba viva de ello.

Con su discurso antiquísimo, sus viejísimos dirigentes y sus maneras vetustas y relajadas, Cuba se enfrenta ahora al mundo. Hace poco más de un año que Estados Unidos y Cuba retomaron relaciones diplomáticas; y hace tan solo unas horas que Obama salía de la isla, siendo esta la primera vez en casi 90 años que un presidente norteamericano visitaba el país. Como unas monjas de clausura a las que se les ha roto una ventana por la que entra un aire cuyo olor no aciertan a comprender, los cubanos alaban su sistema sanitario, temen a las drogas y las armas, elogian a Fidel, y no les importa mucho lo que ocurre más allá de sus celosías. ¿Les servirá su inmensa pericia en reinventarse para no morir ahogados ante la posible avalancha de novedades y objetos que esperan con ansia y recelo? Pronto lo veremos.

 

  • Fotos de Anónimo García y Lady Morticia

 

[1] ^ Carta de Fidel Castro a las organizaciones en lucha contra Batista, 14 de diciembre de 1957: «No vacilamos en declarar que si una junta militar sustituye a Batista, [nuestro movimiento] seguirá resueltamente su campaña de liberación. (…) Ni junta militar, ni gobierno títere juguete de militares. Los civiles a gobernar con decencia, honradez; los soldados a sus cuarteles. ¡Y cada cual a cumplir con su deber! (…) El nuevo gobierno se regirá por la Constitución de 1940 y asegurará todos los derechos que ella reconoce y será equidistante de todo partidarismo político. (…) Los partidos políticos sólo tendrán un derecho en la provisionalidad:la libertad para defender ante el pueblo su programa, para movilizar y organizar a la ciudadanía dentro del amplio marco de nuestra Constitución y para concurrir a las elecciones generales que se convoquen».