Darse la gran vida en la ciudad dorada

Photo by Everett Collection/Shutterstock
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«Unas palomas del color mismo de las calles picoteaban en las canaletas, volaban entre edificios, iban de cornisa a cornisa y arrullaban en el alféizar de Tully. Su habitación era alta y estrecha. Marcas de cabezas grasientas oscurecían el papel pintado entre los barrotes del cabecero de la cama. La persiana estaba hecha trizas, la bombilla apenas daba luz y los vecinos parecían sufrir todos alguna afección pulmonar».

Fat City, Leonard Gardner

Billy Tully se despierta en esa habitación. Otra vez con resaca, otra vez echando de menos a su mujer, otra vez con el vago propósito de volver a boxear. Esa habitación ―siempre la misma, aunque sea en hoteles distintos― en la que Billy Tully va perdiendo poco a poco la vida y la esperanza es como un reflejo de la ciudad de Stockton, en la que transcurre la desesperada y genial Fat City, de Leonard Gardner (Underwood, 2016).

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Portada de Fat City

Dice la contraportada de la novela ―y prometo remitirme a una contraportada por última vez― que «Fat City no va de boxeo», y tiene razón. Fat City es una novela de boxeo que no va de boxeo. Entonces, ¿de qué va? Pues va de frustración y de derrota, de gimnasios destartalados y coches que se atascan en el barro, va de una ciudad industrial con calles del color de las palomas, va de Billy Tully, Ernie Munger, Rubén Luna; va de habitaciones de paredes sucias de las que parece imposible escapar.

Y también está el boxeo. En cierta forma, el boxeo y Stockton parecen formar los límites del mundo de los personajes del libro. Billy Tully es un antiguo boxeador de tercera fila, abandonado por su mujer, siempre borracho. Ernie Munger es un joven aspirante a boxeador profesional que conoce a Tully en un gimnasio municipal. Rubén Luna es el entrenador de ambos, en un edificio ruinoso al que acude siempre que puede huir de su familia. Los tres recorren cada día las calles de Stockton ―la ciudad gris, una ciudad a la que ninguna persona en sus cabales querría ir―, como los ratones de un laboratorio recorren un laberinto: dándose de cabeza contra las paredes, con la lejana esperanza de encontrar la salida. Y en su caso, esa salida solo puede estar sobre el cuadrilátero. Por eso se levanta todas las mañanas Rubén Luna,  por eso Billy Tully no pierde ocasión de abrumar a sus compañeros de barra con promesas de volver a ponerse en forma, por eso Ernie Munger deja en casa a su esposa embarazada para subirse a un autobús con destino a una ciudad desconocida, donde lo espera un tipo con la sana intención de reventarle la cara a puñetazos.

Mi personaje favorito de la novela es Stockton, la ciudad que devora lentamente a sus hijos por la noche para vomitarlos al amanecer

La esperanza desesperada de los perdedores. Una esperanza que siempre se ve amenazada por una intuición, que parecen compartir todos los personajes, de que en realidad no existe tal salida, de que todo es en vano, de que han nacido para perder. Una sensación que aumenta a medida que pasas las páginas pero que ninguno de ellos llega nunca a verbalizar. Esa que te acompaña en los viajes de vuelta a ninguna parte tras una derrota, te espera en los amaneceres solitarios, te acecha a los lados de la carretera. Esa que está siempre ahí pero que nunca termina contigo. Porque, a pesar de la certeza de jugar con cartas marcadas, algo dentro de ti te hace seguir subiendo la apuesta.

«Esforzándose en tragar con la garganta seca escogió un objeto como destino y, avanzando con piernas pesadas, cubrió el último tramo. Con la cabeza hacia atrás, náuseas y punzadas en el pecho, hizo un último esfuerzo hasta una meta más lejana. Tampoco se rindió allí. Perseveró hasta llegar al principio del parque  y, tambaleándose superadas las mesas de pícnic y los hoyos para las barbacoas, corrió sacudiendo los brazos bajo los árboles más y más lejos, hasta que finalmente se quedó plantado jadeando en la orilla fangosa porque ya no había más espacio que recorrer».

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Pero siempre parece haber más espacio que recorrer.

Por encima de lo que se cuenta planea una sensación de agorafobia, como de eterno retorno. Los personajes están atrapados en un circuito cerrado. Y yo lo estoy con ellos, lo estoy desde que comienzo el libro hasta que lo termino, sintiendo una necesidad irrefrenable de comenzarlo de nuevo («leí el libro de Gardner con tanto detenimiento que empecé a temer que jamás sería capaz de escribir algo que no fuese imitación», dicen que dijo Denis Johnson, y lo entiendo). Todo vuelve a empezar. Cuando tocas fondo, cuando caes desmayado sobre la lona, cuando caes borracho sobre el pavimento de una calle sucia y olvidada de la ciudad olvidada de Stockton. Todo vuelve a empezar.

Llegados a este punto se habrán dado cuenta de que mi personaje favorito de la novela es Stockton, la ciudad que devora lentamente a sus hijos por la noche para vomitarlos al amanecer. Fea, sucia y gris. Con la piel marcada a fuego por un orgullo industrial del que no quedan más que los despojos. Derrotada, pero en pie. Todos los que viven allí se mimetizan con las calles sucias de la ciudad a la que nadie quiere ir. Los personajes se funden con la ciudad y la ciudad se hace personaje, como la casa de Ernie Munger que «parecía evitar el desplome únicamente por obra y gracia del papel de alquitrán que tapaba los tablones agrietados». Golpe a golpe, los jóvenes que creen que van a lograrlo, que van a darse la gran vida, son doblegados por la ciudad derrotada. Poco a poco se van convirtiendo en viejos que saben perfectamente que no les ha tocado a ellos, que los boxeadores de verdad están en otra parte, en otras ciudades, pero que siguen haciendo como si la gran vida estuviera esperándoles a la vuelta de la esquina.

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Leonard Gardner

Sensaciones, intuiciones, certezas apenas discernidas a través de los vapores del oporto y del aire viciado de Stockton. No esperen encontrar verdades estridentes en Fat City. Todo el libro es un asombroso ejercicio de sutileza y precisión. Parece que si le quitases una sola palabra se vendría abajo. No hay rastro de verborrea, aunque no hay personaje que no tenga su propia voz. Eso no lo convierte en un libro sencillo, aunque esté lejos de ser un libro difícil. Tampoco se encuentran ante otra novela americana de perdedores, frases cortas, barras sucias y clichés. Aquí hay lirismo, pero se trata de un lirismo contenido y abrasivo.

 

« […] La lluvia golpeaba el techo. Estaban sentados lejos el uno del otro; no sabía si ella le dejaría tocarla siquiera, pero incapaz de pensar en otra cosa, temeroso de que el momento oportuno pasara, se estiró hacia Faye y ella se inclinó entre sus brazos. Ernie sintió como si le hubiesen sacado el aire de dentro. Ella se la aferró y él se retorció, ahogándose, dándole una patada a la puerta en plena maniobra, consciente de que el inevitable momento había llegado a su fin. Le tiró de la ropa, la tumbó en el asiento. Se tendió sobre ella, encajó un pie entre los radios del volante. Se oyó un chasquido de carne. Mientras los ojos de Ernie se cerraban con fuerza notó el pulso de la disolución extática y el claxon comenzó a sonar

―¿Ha estado bien? ―le preguntó.

―Ha sido agradable ―susurró Faye».

 

Es un libro al que no parece faltarle ni sobrarle nada. Leonard Gardner lo escribió en 1969 y desde entonces no ha publicado nada más. Me gusta la idea de un escritor capaz de decir en un solo libro todo lo que quiere decir. Al parecer, la novela iba a tener otras cuatrocientas páginas, pero, en el último momento, Gardner decidió ponerse el machete entre los dientes y quitar todo lo que no le pareciera esencial. Tocar hueso. Quitar lo que sobra para conseguir una obra descarnada, como Stockton y su gente, como Billy Tully, Ernie Munger y Rubén Luna. La precisión como único deber del escritor.

Pero… ¿y por qué Fat City? Se trata de una expresión que en el argot norteamericano quiere decir algo así como darse la gran vida, alcanzar el éxito, triunfar. Eso que Billy Tully, Rubén Luna y Ernie Munger buscan con desesperación y que a veces llegan a rozar con los dedos, antes de volver a reventarse la cabeza contra la pared. Una expresión intraducible al castellano, pero que en el País de las Traducciones Espantosas dio lugar a un pequeño milagro: cuando llegó a España la adaptación cinematográfica de la novela dirigida por John Huston decidieron titular la película como Fat City, Ciudad Dorada (1972). Un nombre gracioso para la ciudad con calles del color de las palomas que observa Billy Tully desde su ventana.
«―Te quiero tanto ―le dijo Oma, y fue una confesión tan inesperada que sintió que nunca había sido tan feliz. Tirando de ella por el oscuro tramo de escaleras que subía a su habitación, le pareció que en adelante todo sería distinto».

Alejandro Alvargonzález

Alejandro Alvargonzález

Nace el mismo día en que el Sporting de Gijón queda eliminado de la Copa del Rey después de meterle cinco goles al Madrid. Hijo de una aristócrata venida a menos y un marinero inglés, al que nunca llega a conocer, estudia con los Jesuitas para después, en contra de la opinión de sus profesores, que lo consideran «un chico holgazán, inadaptado y de una inteligencia superficial», estudiar física en la Universitat de Valencia. Alberga la ilusión de lograr el doctorado. Fracasa, para regocijo de los susodichos profesores, y se sume en una profunda depresión. Tras una concatenación de extravagantes desdichas, termina viviendo en la ciudad de Ginebra y siendo vecino de Tina Turner. Allí descubre la música negra y su amor por el baile. Tras fracasar (de nuevo) como pinchadiscos de northern soul, se instala en Torremolinos. Allí reside en la actualidad acompañado de su perro, Otis, dedicado por completo a la literatura y al estudio de los clásicos. Asegura ser feliz.
Alejandro Alvargonzález