La democracia europea está en regresión. Cada semana nos llegan noticias, desde distintos puntos del continente, de la nueva deriva autoritaria e insolidaria que gana adeptos en los gobiernos nacionales. Pase lo que pase, parece que el futuro de la Unión Europea tendrá mucho que ver con esta (no tan) nueva política basada en la protección de lo propio a través de la exclusión del otro. En este primer artículo del ciclo Nuevos autoritarismos, Michal Sutowski analiza este nuevo fenómeno a través del caso polaco, una ventana para comprender lo que puede ocurrir en otros  lugares de Europa.


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Dos años después de su victoria electoral, el partido polaco Ley y Justicia (PiS) todavía mantiene el apoyo de muchos votantes. Las encuestas de opinión muestran regularmente que el partido liderado por Jarosław Kaczyński recibiría hoy más votos que los recibidos en 2015, cuando ganaron las elecciones. Esto se da a pesar de varias oleadas de protestas sociales masivas (las marchas organizadas por el Comité para la Defensa de la Democracia en contra de violaciones de leyes constitucionales, la «protesta negra» contra el endurecimiento de las leyes de regulación del aborto o las manifestaciones en contra de la reforma del sistema judicial), y a pesar de las duras críticas recibidas por parte de influyentes medios liberales, así como de las voces de alarma provenientes de la comunidad internacional, incluida la UE. A poco de acabar la primera mitad del mandato parlamentario, podemos preguntarnos: ¿es Polonia una democracia en la que una mayoría silenciosa está en contra de «la calle y los países extranjeros» y donde la voz de «todos» ha triunfado sobre los miedos y la arrogancia del establishment? La situación, parece, es mucho más compleja.

 

La sociedad apoya a Ley y Justicia, pero no necesariamente sus políticas

Un cuestionario realizado en diciembre de 2015 para el semanario liberal Polityka indica que un número mayor de los encuestados están dispuestos a votar por PiS que a apoyar su programa y acciones específicas. Entre los puntos de debate se incluyen asuntos como limitar la independencia de los tribunales polacos, obedecer la ley constitucional, el derecho a interrumpir el embarazo, el papel que desempeña la iglesia católica en la vida pública, la distribución de poder entre las autoridades centrales y locales y la postura frente a la UE. Lo que está claramente en consonancia con las expectativas de la mayoría de los polacos es la actuación del Gobierno en cuanto a la redistribución y la política social. ¿Podemos decir que los polacos, a pesar de no estar de acuerdo con  muchos aspectos de las políticas de PiS, han aceptado el mandato de Kaczyński debido a su generosa política orientada hacia la familia y al hecho de que cambió la edad de jubilación y aumentó el salario mínimo?

Eso es lo que los comentaristas liberales, que no son amigos de las autoridades, han estado diciendo todo este tiempo: los polacos se dejaron comprar por un «subsidio infantil de 500 zloty», entregando su libertad a cambio de seguridad social. Curiosamente, los comentaristas de izquierdas están viendo causas similares en el persistente apoyo a PiS; concretamente, que el partido conservador consiguió apelar a los excluidos, a «los perdedores de la transformación», cuya experiencia personal había sido marginada por el discurso público impulsado por los neoliberales.

Tales diagnósticos están equivocados en el peor de los casos, y en el mejor, son incompletos. Hay un número cada vez mayor de estudios y análisis que muestran la complejidad del problema en su totalidad. El más esclarecedor viene en forma de estudio, dirigido por el doctor en sociología Maciej Gdula, encargado por el Instituto de Estudios Avanzados de Varsovia (dirigido por personas relacionadas con Political Critique) y financiado por la Fundación Friedrich Ebert.

El estudio muestra que “el apoyo a PiS proviene de la gratificación relacionada con la posibilidad de participar en el drama político dirigido por su líder”

Fotografía de Jakub Szafrański

¿El partido de todos los polacos?

Empleando entrevistas biográficas y cualitativas, los investigadores han estudiado a los votantes de una localidad provincial pero relativamente afluente de la región de Mazovia, donde PiS obtuvo casi el 50 % de los votos en las últimas elecciones. Los investigadores hablaron con representantes de la clase trabajadora (personas que realizan trabajos manuales y brindan servicios simples) y de la clase media (trabajadores cualificados del sector privado y público). Ambos grupos son importantes, ya que el partido gobernante no apela únicamente a los votantes pobres y con poca educación. El equipo del estudio declaró: «En efecto, el partido de Kaczyński obtuvo el mayor apoyo entre los agricultores y los trabajadores, con el 53,3 % y el 46,8 % de los votos, respectivamente. Sin embargo, debemos recordar que estos grupos votan con menos frecuencia que otros grupos (…). PiS no habría recibido tantos votos de no ser por el apoyo que recibió de la clase media, es decir, de los empleados administrativos y de la industria de servicios. Su victoria aquí no fue abrumadora, pero lograron obtener la mayoría de votos: el 35,4 %. Plataforma Cívica (PO) [anterior partido en el Gobierno] ganó solo en uno de los grupos profesionales enumerados en el cuestionario, es decir, entre los directores generales y el personal directivo (…). PiS también fue el ganador entre los hombres de negocios, alcanzando el 29,1 % y las personas con una educación superior el 30,4 %».

Si miramos los resultados del día de la votación, queda claro que los votantes de PiS no forman un grupo homogéneo. Sin embargo, el estudio de Maciej Gdula destaca los factores que atraen a los votantes de PiS. Diferentes grupos sociales parecen apoyar al partido por diferentes razones, y su identificación política está respaldada también por diferentes razones no siempre vinculadas a la experiencia personal o a ganancias materiales tangibles. El estudio muestra que «el apoyo a PiS proviene de la gratificación relacionada con la posibilidad de participar en el drama político dirigido por su líder».

Jarosław Kaczyński, el director de este drama y líder indiscutible de la cúpula gobernante, asigna diferentes roles a sus seguidores: son las víctimas de la 3ª República Polaca (para quienes la política brinda la oportunidad de vengarse de los responsables), miembros orgullosos de la comunidad nacional donde la solidaridad se dirige de puertas para adentro, o personas que simplemente impulsan sus aspiraciones de control y poder.

Fotografía de Jakub Szafrański

Algo para todos

Estos tres roles corresponden a los tres pilares de lo que PiS ofrece, haciendo posible que diferentes grupos de votantes se identifiquen con el proyecto de Kaczyński. En primer lugar se encuentra la oportunidad de «saldar cuentas con las élites», identificadas con el establishment que conforman los políticos, los funcionarios públicos y la industria cultural de la Tercera República Polaca. En segundo lugar, la inclusión en la comunidad nacional, que acoge otras aspiraciones y estéticas que las de la clase media. Y en tercer lugar, una dominación moralmente justificada sobre aquellos que son más vulnerables.

La creencia de que las nuevas autoridades lidiarán con las élites corruptas, inmorales y alienadas refleja, de alguna manera, el estereotipo del votante de PiS como alguien que buscan venganza por sus pérdidas personales (reales o imaginarias). Pero debemos recordar que muchos votantes, y no solo los simpatizantes de PiS, comparten opiniones negativas del anterior Gobierno y consideran que cualquier ataque a los antiguos gobernantes devuelve el orden y la justicia. Por lo tanto, algunos votantes aprueban medidas como la pacificación del Tribunal Constitucional y están de acuerdo con poner a los tribunales bajo control gubernamental.

Vale la pena destacar algunas diferencias sutiles. La opinión de la clase trabajadora está dominada por una imagen de las élites de la Tercera República, especialmente del Gobierno, como alguien que no está en contacto con la gente común y que incumple sus promesas electorales. Los resentimientos de la clase media, en cambio, se centran en su corrupción y su enfoque inmoral de la vida pública.

La nación, según el relato de PiS, es una comunidad solidaria y, por lo tanto, debe apoyar a sus miembros, como unos padres que asumen la carga de criar a sus hijos

La segunda parte de la propuesta política de PiS es su visión de la comunidad nacional, que de alguna manera es inclusiva y permite a las personas, especialmente a las de clase trabajadora, tener un sentido de pertenencia a un grupo de «personas normales». Uno ya no tiene que ir a la universidad, obtener una hipoteca para comprar un piso y declarar tener «valores europeos» para ser un miembro de pleno derecho de la nación polaca. Así es como muchos polacos sintieron que la nación había sido definida por el anterior Gobierno de Plataforma Cívica (PO). Ejerciendo de unificador integral, los polacos ahora cuentan con símbolos nacionales y fe y orgullo en su propia historia. Al mismo tiempo, evitan las «élites», las «patologías» y a los «extraños». La nación, según el relato de PiS (y sus votantes), es una comunidad solidaria y, por lo tanto, debe apoyar a sus miembros, como unos padres que asumen la carga de criar a sus hijos. De ahí es de donde proviene el apoyo abrumador al famoso programa Familia 500+ (un equivalente al Kindergeld alemán). Según la clase media, se trata de una «norma civilizada», mientras que la clase trabajadora ve el programa como una expresión de justicia social.

Fotografía de Jakub Szafrański

La solidaridad excluyente, limitada a la comunidad nacional, no se aplica a las antiguas élites  (alienadas, a menudo por servir a intereses extranjeros), a la llamada «patología social» (personas que no respetan las normas sociales, como delincuentes o familias afectadas por la adicción al alcohol), y a todo tipo de «extraños», tales como los refugiados.

Los refugiados, un tema importante durante la campaña electoral de 2015, nos llevan a la tercera parte de la cartera política de PiS. Esta parte pretende provocar un sentimiento de poder en los votantes sobre los grupos más débiles, considerados, además, moralmente deficientes. Desde el año 2015, la mayor parte de la sociedad polaca ha demostrado poco entusiasmo por acoger a refugiados. La clase trabajadora dio principalmente razones «prácticas» para ello (es decir, el coste de la ayuda, el riesgo asociado de terrorismo, etc., con el reconocimiento, no obstante, de que las víctimas de guerra se enfrentaban a graves dificultades y era necesario brindar asistencia «sobre el terreno»). Por otro lado, los seguidores de PiS de clase media entrevistados por el equipo de Gdula percibían a menudo a los refugiados como migrantes económicos oportunistas. Sentían superioridad y desprecio hacia los hombres de Oriente Medio, a quienes consideraban cobardes por haber dejado atrás a sus familias en lugar de luchar para protegerlas. Así es como los refugiados no solo han sido excluidos del grupo de beneficiarios de la solidaridad (ellos no pertenecen a la comunidad) sino además, tratados como moralmente inferiores, lo que les coloca junto a la llamada «patología social» y a las antiguas élites de la Tercera República Polaca retiradas de la jerarquía.

Este “nuevo autoritarismo” aprovecha el imaginario democrático, pero mantiene su dominación sobre las minorías y su estricta limitación de la solidaridad a su propia comunidad nacional

¿Por qué «nuevo autoritarismo»?

¿Cómo podemos llamar el proyecto político que surge del drama dirigido por Kaczyński? Maciej Gdula lo llama «nuevo autoritarismo». Es «nuevo» porque, al contrario que las dictaduras tradicionales, aprovecha el imaginario democrático (las voces de personas independientes son quienes otorgan al partido en el poder el derecho de gobernar más allá de la Constitución, con la «solidaridad» como principal producto de la voluntad de la nación, prevaleciendo sobre la ley) y la práctica de la democracia (es decir, la celebración de elecciones basadas en la competencia). Al mismo tiempo, y de ahí el «autoritarismo», la esencia del proyecto radica en la dominación de los más vulnerables, las minorías y los extraños, así como una estricta limitación de la solidaridad a su propia comunidad nacional.

¿Tiene PiS un competidor electoral? Los eventos de los últimos dos años, es decir, exitosas protestas y resultados de encuestas, indican que los polacos no desean restaurar la Tercera República, porque los partidos políticos asociados con ella no pueden desafiar la hegemonía de PiS. La visión de un nuevo partido como una «versión blanda de PiS» tampoco es efectiva. Un partido de tales características, «moderadamente» conservador y económicamente «pragmático», y que además sea menos conflictivo en términos de política europea, ya se manifiesta en algunas fracciones del mismo Ley y Justicia, a veces en el propio presidente Andrzej Duda. La crítica lanzada contra PiS definiéndolo como destructor del orden político («defensa de la democracia») hecha por los viejos medios de opinión pública no es lo suficientemente persuasiva para los nuevos grupos de votantes. Por último, una exitosa movilización de la sociedad que lleve a cabo protestas en las calles no puede reemplazar la construcción de una alternativa en forma de partido político o de movimiento electoral. ¿Dónde, entonces, existen oportunidades para la oposición?

Una condición necesaria para una nueva apertura en la política polaca es que la oposición encuentre un líder capaz de crear un “drama político” alternativo

Fotografía de Jakub Szafrański

¿Y ahora qué?

El partido de Kaczyński no atrajo a los votantes más moderados apelando a los «perdedores» ni a los afectados por la exclusión, sino reaccionando ante el aumento generalizado de unas aspiraciones vinculadas con el reconocimiento del Estado como agente activo y necesario para su cumplimiento. La década transcurrida desde que Polonia se unió a la UE ha traído un periodo de modernización y mejora general de la calidad de vida, pero también la aparición de unas expectativas y esperanzas mayores. El Estado, al que los polacos exigían elevar la calidad del servicio y volverse más activo, ha tenido dificultades para estar a la altura.

Ahí es donde nace la versión polaca del Yes, we can! de Jarosław Kaczyński. El Estado debía mostrar sus capacidades y dejar de simplemente explicar a los ciudadanos por qué «no se puede hacer», por qué no pueden permitírselo y por qué las autoridades no pueden cumplir sus promesas. Un signo radical de esto es la creencia en un mandato ilimitado (por la Constitución) de la mayoría parlamentaria (aunque esto es algo compartido solo por una minoría de polacos).

El estudio anteriormente mencionado de Maciej Gdula y su equipo no proporciona recetas para transformar la situación política en Polonia. El autor, sin embargo, acepta este desafío en su próximo libro titulado Nuevo autoritarismo. Según Gdula, una condición necesaria para una nueva apertura en la política polaca es que la oposición encuentre un líder capaz de crear un «drama político» alternativo. Tendría que abordar la nueva visión de una buena vida, y ofrecer nuevas respuestas a las crecientes aspiraciones de los polacos, a fin de movilizar a unos votantes desilusionados con la clase política al completo.

El sociólogo, afincado en Varsovia, considera los siguientes campos políticos como el futuro campo de batalla político en el que decidir el futuro de Polonia: el lugar de los polacos en la Europa del futuro, el valor del pluralismo en la comunidad, los límites de su solidaridad (también en el contexto de la crisis de refugiados), los derechos de las mujeres y un proyecto de ética social que combine la igualdad de derechos y la seguridad social. Tal elección de temas sugiere un carácter progresista para la nueva alternativa política al PiS, pero que no necesariamente estará bajo la bandera de la izquierda. El diagnóstico está ahí, sobre la mesa, y los remedios están cristalizando. Pero la terapia en sí no depende de los sociólogos, sino de los líderes políticos.

 

Este artículo fue publicado previamente en inglés en Political Critique. La Grieta es uno de los colaboradores de esta revista que reúne a medios de toda Europa en su labor de analizar los fenómenos y tendencias que definen la política, la sociedad y la cultura actual.

Traducción de Viginia Lázaro VillaFotografía de portada y demás fotografías de Jakub Szafrański.