El hombre guillotina

© Eduardo Paolozzi
© Eduardo Paolozzi

El hombre guillotina

no es feliz

pero a menudo está muy satisfecho.

5 hojas para el corte más liso

más suave, como nunca antes.

«No lo cambiaría por nada», dice

el hombre guillotina. Se acaricia la cara.

A la menor ocasión se acaricia la cara,

muy suave. Está asustado.

 

Lo he regado y lo he puesto al sol,

con sus raíces fuertes, con sus ramas firmes,

con sus frutos sanos, el síntoma crece.

 

Una albóndiga fósil

será confundida con piedras

como la mujer de Lot, maldición bíblica.

 

Crece en el techo un cielo falso,

en la pared un espejo,

hay un río a lo lejos que gira hacia el este

y sobre el río hay niebla.

El mundo fuera está escondido por una sábana,

como un muerto.

(No veo el río, sé que existe a tientas).

 

El mundo falso está caliente y blando

hecho con trazos gruesos, sin ángulos rectos

no sé si me gusta, pero sé que le pego.

 

Escapar por rendijas bajo puertas, convertirte en charco, en diosa, en sombra, en mártir, levantarte tarde, ser inmune a casi todo, un mantra. Que le hagan un templo a tu ego sin reservas, como todos los templos, que lo tiren abajo, que las ruinas tengan más importancia aun, que autobuses de turistas paren

en gasolineras sucias de camino a sacarle una foto. Que les decepcione un poco, no es para tanto, que vayan a casa contando que se come bien, y que la gente,

en ese pueblo

es muy amable.

 

Nadya Samovarova

(1988) Hace un tiempo fue de viaje y descubrió que el hospital materno infantil donde había nacido era ahora un hospital psiquiátrico.

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