El mar es plasma

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El mar se refleja

en su cabeza.

El mar está congelado ahí,

como la Antártida

en su cabeza; las olas

explotan

convirtiéndose en arena.

Ella suele alejarse

a caminar con los ojos cerrados

por esa parte de su mente.

Luego sin querer

comienza a aproximarse

moviéndose por el aire

a las montañas altas.

Más cerca, más caliente.

Más cerca, sin querer,

y más caliente.

Su alma refrescada

vuelve

y sus observatorios, comienzan ya a buscar

en la oscuridad de su imaginación

el sol que la está aplastando

en medio de la ciudad,

como en una sartén de asfalto.

Entonces sus iris verdes

despiertan al fuego

de ese día negro

eclipsado.

Entonces sus iris verdes

ojean el mundo

y atraviesan su materia.

Más cerca, ya queriendo.

Candente.

Se incendia y muere

a cada instante que pasa,

con cada gota que llora.

Y le sienta muy bien

esa muerte.

Y Ella es como esa estrella;

las dos se inmolan,

perpetuamente

para ser luz

en mitad del mar oscuro.

Solitaria transmigración

de los rayos verdes

que rodean sus pupilas.

Y que viajan ahora

hacia todos los objetos;

demasiado cerca,

ardiendo con el roce

se incendia y muere

en el interior, muy dentro

donde queda su lloro.

La marca de su último suicidio.

Está incansable

para la autodestrucción,

y ahora brilla más fuerte.

Perdiendo la vida por segundos,

por suspiros.

Constante

en cada encuentro

con cada corazón

hierve.

Fusionada ya;

bebe lava

en las alcantarillas,

de todas las cosas.

Eduar Clos
Eduar Clos

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