La belleza natural de lo humano excitaba en el santo una sensibilidad que hasta ese momento ignoraba que tenía.

El santo, César Aira

La irrupción de una nueva novelita de César Aira no nos pilla por sorpresa porque cada año suele publicar unas cuantas. La más reciente, El santo, inaugura —junto a cuatro obras más recuperadas en una nueva edición— la Biblioteca César Aira de la editorial Literatura Random House.

El santo se desarrolla en la Edad Media (lejos queda Pringles), una época «de milagros y resurrecciones en la que todo era posible». Ante la intuición de una muerte cercana, un monje, elevado a la categoría de santo por sus contemporáneos (ya que es conocido por realizar milagros), decide volver a su tierra natal a pasar sus últimos días. Aunque por aquellos tiempos «los trabajos de la Razón estaban devaluados», sus compañeros de monasterio rápidamente dedujeron las consecuencias de tal viaje. El monje representaba el orgullo nacional y la economía de la comarca se sustentaba entorno a su figura, así que no podían permitir su marcha. En cambio, si moría entre ellos, los beneficios incluso se multiplicarían, ya que un santuario en su honor «podía estar habilitado las veinticuatro horas, invierno y verano». Esto llevaría a sus propios hermanos a planear la muerte forzada del monje. Aira vuelve a atacar con sus ideas locas y giros poco esperados, justificándolos, en este caso, a través del razonamiento que mueve a los compañeros religiosos a asimilar y respaldar su deber como verdugos:

«A lo largo de la historia, hasta donde alcanzaba la memoria del hombre, Dios no había hecho otra cosa que matar gente. Y no sólo gente: todo ser vivo, del más ingente al más insignificante. recibía esa misma recompensa. Tanto que era así que la muerte ya no parecía una contingencia final sino el motivo original por el que se había montado toda la comedia de la vida».

El arranque de la obra disparará una acumulación de aventuras, en las que Aira vuelve a guiarse por la imaginación, la fantasía y la constante ironía. La huida del monje conlleva su incorporación a la tripulación de un barco griego, el posterior ataque turco, la vida del prisionero, la venta como esclavo y el vagabundeo por territorios exóticos. Todo ello en un lapso de tiempo ínfimo, en el que se condensan muchas más circunstancias y emociones que las que el santo experimentase en sus sesenta y pico años de vida anteriores: «Era como en esas historias legendarias del cristianismo primitivo, en las que los hechos se sucedían a toda velocidad, tanta como se tardaba en contarlos».

Por ello, una de las características que contribuyen a la verosimilitud de los hechos en la obra, de su constante mutación, supone esta falta de experiencia previa por parte del santo en cuanto a que probará de golpe las sensaciones que en el transcurso de una vida normal suelen venir en pequeñas dosis, así como su capacidad de raciocinio, hasta entonces dormida, se verá obligada a trabajar a gran velocidad para analizar los giros constantes en los que se ve envuelto. En su mundo estático (por tanto, sin consecuencias sensibles de ser analizadas), el monje «estaba tan poco habituado a pensar que encontraba novedosa y entretenida la actividad mental». Será al ponerse en marcha el viaje cuando sus aptitudes anestesiadas e intactas despierten.

El autor argentino César Aira (Mil inviernos)

El autor argentino César Aira (Mil inviernos)

El monje estaba tan poco habituado a pensar que encontraba novedosa y entretenida la actividad mental

¿Pero no supondría un imposible un personaje que nunca antes, a sus sesenta y pico años, haya dado uso a su innata capacidad analítica? ¿Que nunca haya experimentado alguna de las emociones que derivan de la experiencia de la amistad, el amor, la pérdida o el propio raciocinio? Esta simplificación del pensamiento y vaga caracterización del santo no nos sorprende si ya hemos leído a Aira, a quien no le interesa la causalidad psicológica de los personajes, como destaca en la siguiente entrevista:

«Nunca me interesó la psicología de los personajes. Tampoco en la vida real me interesa ahondar en la psicología de la gente. En mis novelas, los personajes son solamente funcionales a la trama. Si sirven para que la historia avance, están bien. No trato de darles densidad psicológica, una redondez, algo para que crean que existe esa gente en el mundo, cuando son como figuritas, títeres que yo manejo a mi modo».

Sin embargo al autor sí que le interesa dar veracidad a lo que cuenta. Para ello suele introducir una serie de reflexiones que contribuyen a legitimar la percepción de los hechos, reflexiones que, considero, constituyen lo más valioso de toda su obra: «Mis libros salen de las cosas que veo, de lo que vivo. Incorporo la realidad a la manera de un diario íntimo. Eso me obliga a una especie de artesanía de verosimilización, porque nunca me ha gustado el surrealismo por el surrealismo».

«¡Y pensar que fui un santo!», dirá

César Aira

César Aira

Y aunque los personajes del escritor argentino no se caractericen por una individualidad sólida, el autor, en este ejercicio de verosimilitud, constantemente les atribuye reflexiones o sentencias que desgajan magistralmente el proceso del pensamiento humano. Aira es un maestro a la hora de describir estas sutilezas, ante las que el lector sonríe al relacionarlas con sus propios mecanismos mentales, pues encuentra en ellas una extraña familiaridad. Todo esto no sería posible sin la distancia que toma el autor respecto a sus personajes, ya que así dichas reflexiones no están obligadas a amoldarse a la enrevesada psicología que caracteriza a cada ser humano.

En el caso de el santo (ya podría haber elegido a cualquier otro personaje sin mayores consecuencias), Aira nos detalla el mecanismo de absorción que hace éste ante el nuevo paradigma, absorción que «sucedería en fragmentos discontinuos, y tomando cada rasgo de ese mundo para ponerlo en transparencia sobre su equivalente en el mundo en el que él había vivido, y extraer de ahí el sentido». El autor nos da a entender que nuestra capacidad de asimilar lo desconocido es efectiva en la medida en que somos capaces de relacionarla con lo anteriormente conocido.

En su viaje, el santo conocerá la amistad, la cual Aira describe como «el contacto temático de los cerebros», las consecuencias de la implicación emocional que esta conlleva «Más aún dolía saber que después, cuando hubiera transcurrido mucho tiempo, las conversaciones emitirían un brillo conmovedor, como astros lejanos en el negro profundo del recuerdo». Analizará las consecuencias de saberse consciente de uno mismo, reflexionará sobre la tendencia de la mente a generalizar, sobre la rutina, el engaño de las percepciones, sobre las paradojas con las que tanto nos encontramos etc. Estos pedazos ensayísticos que el autor integra en El santo, suponen una constante que en mayor o menor grado encontramos en todas sus obras. Pero esto no significa que se traten de piezas aisladas, sino que enlazan con la acción y la impulsan.

El santo conocerá el sexo y el amor, así como la evolución de éste último, llegando a unas conclusiones tan certeras como irónicas

Finalmente, entre todo aquello que el santo experimenta a partir de su renacimiento (alguien dijo que renacer solo era cosa de los vivos, no de los muertos), el santo se entregará al sexo y el amor, así como sufrirá la evolución de éste último, llegando a unas conclusiones tan certeras como irónicas. Por ejemplo, el santo no concibe el sexo sin amor: «la vagina de Poliana era tanto parte del sexo como del amor, eso el santo lo sentía en todo el cuerpo cuando la penetraba», pero cuando ya está hasta las narices de la personalidad de su pareja y se plantea la huida, el sexo es el único factor que le para de salir corriendo: «Llegó a pensar que tenía algo de cierto la separación y autonomía del cuerpo y del alma. Le hubiera gustado que el cuerpo de Poliana se liberase de su carácter». «¡Y pensar que fui un santo!», dirá. Sí, lamentablemente el amor da mucho que pensar. La novelita cierra con una conclusión sobre éste, el amor, tremendamente sencilla pero por ello también, conmovedora.

El doctor Aira se ha ganado la fama de científico loco a base de experimentar y buscar nuevas formas en la escritura

Cada obra de César Aira supone un experimento por parte del autor. «Mi idea es la de ir probando y ver lo que sale», explica. El argentino considera que no son necesarios más libros buenos, ya que de estos hay para dar y tomar. Lo que hacen falta son libros nuevos, por ello antepone la novedad a la calidad: «Ese ha sido siempre mi objetivo: huir de lo que está establecido como bueno para crear otros paradigmas de calidad». El doctor Aira se ha ganado la fama de científico loco a base de experimentar y buscar nuevas formas en la escritura. De ahí la importancia que le da al proceso, en ese intento de renovar los criterios asentados que vienen a determinar si una literatura es «buena» o «mala». Idolatrado por unos, poco convincente para otros, gracias a personajes como Aira la literatura nunca se agotará.