Hubiese esperado
a ver pasar las nubes
otro cielo más,
bajo las piñas congregadas en suplicio.
Y correr hasta sentir la tierra
colarse en mis zapatos
—ingenuas rocas enredadera arriba—,
ciñiéndola hoy entre mis dedos.

 

Hubiese aguantado a ver la luz desvanecerse
las últimas piñas caer,
pero resulta que es tarde
y tenemos que marcharnos.
Y mira que me hubiese quedado
detrás de aquel tronco
a esquivar la desbandada.
Esperar y esperar, escondido,
para que las resinas del tiempo
no pudieran encontrarme.

 

Pero tenemos que marcharnos,
pues ya nada es lo mismo.
Son otras las nubes
que miran nuestros ojos
y otra es la hierba que emula
el frescor  de sus comienzos.
Así como  otras las voces
que levemente agitan
mis columpios de la edad.