Cesare Pavese decía que «la poesía comienza cuando un necio dice del mar: “Parece aceite”» o, lo que viene a ser lo mismo, cuando el mismo tonto (después de leer a Magrinya diremos tonto en vez de necio) descubre el placer de dar a conocer la misteriosa relación que se da entre dos elementos. Sin embargo, está claro que la utilización de combinaciones también se extiende a la prosa, aunque, como se nos advierte en el prólogo de Estilo rico, estilo pobre, esto no siempre supone algo enriquecedor para el texto. Luis Magrinyà es escritor y traductor y también ha sido lexicógrafo y editor. Todas las observaciones respecto al estilo en la escritura que ha ido realizando en su dilatada carrera las encontramos reunidas en esta obra. Observaciones a partir de la experiencia y en las que es necesario reparar pero tantas veces damos por supuesto, a las que no se llega a través de los diccionarios ni de las clases de lengua convencionales.

 

«La primera vez que se da una buena combinación es un lujo, la siguiente un homenaje, la que viene después una deuda razonable, y a partir de aquí se convierte en algo realmente infumable».

 

Ciertamente hubo un día en que todas las fórmulas literarias, «aun el corazón desgarrado o el océano eterno», fueron hallazgos originales acogidos con sorpresa, demostraciones de ingenio por parte de los autores. Pero en el caso de los ejemplos dados, como en el de muchísimos otros, demasiado ha llovido desde ese día y demasiado se ha abusado de estas fórmulas. Muchos no parecen entender que cuanto más se recurra a las mismas analogías y construcciones semánticas, más se irán desprendiendo estas de la fuerza de su significado, convirtiéndose finalmente en lo esperado, en un producto manoseado e infumable, cansino e incluso a veces patético. Para que quede claro, todos hemos contemplado las nubes de algodón, hemos leído o escuchado hablar sobre cientos de heridas y dolores en el corazón y, ciertamente, nos tropezaremos con muchos corazones partidos, agujereados y sangrantes en el futuro. Se premiarán nuevas fórmulas para decir que nos han jodido.

Magrinyà nos advierte de la extendida teoría que define el lenguaje literario como aquel que se aparta del lenguaje normal, es decir, del que utilizamos todos los días. Y el problema está aquí, en que precisamente «mucha gente aplicada en “escribir bien” se ha creído esto». ¿Consecuencias? El gusto por lo aparatoso, el embrollo, la cursilería, la redundancia etc. Algunos encuentran irresistible el uso de sinónimos que hace años dejaron de circular en el lenguaje hablado (porque ya en su día se consideraron carcas) y los lanzan al papel con pretenciosa naturalidad. ¡Qué gente tan letrada, que acudan a Pasapalabra! Otras razones snobs, por ejemplo, llevan tristemente a arrinconar en los diálogos al pobre verbo decir (¡como si tuviese algo de malo este verbo tan útil!)  y lo sustituyen por arguyir, aseverar, espetar etc. que incluso se emplean erróneamente como vemos a continuación (si es que entendemos el verbo mascullar como realmente significa «hablar entre dientes o pronunciar mal»):

 

—Está bien. ¡Está bieeeen¡ —masculló Guillermo

(Richmal Crompton, Guillermo investiga, Andrés Bello, Santiago de Chile, 1995, trad. de María Rosa Duhart, p.108)

Luis Magrinya

Luis Magrinyà

Las acotaciones de los diálogos diría uno que están para facilitar la continuidad, la funcionalidad, no para llamar la atención sobre sí mismas. Magrinyà

Sí, también nos han enseñado e insistido en que hay que evitar la repetición de verbos muy frecuentes y de sentido muy general como el propio decir y otros como hacer, tener o dar, pero ya hemos visto que en este intento muchos se quedan por el camino, y lo que resulta al final es una prosa más imprecisa e incoherente. Y en cuanto a los sinónimos, no queda de más señalar que una cosa supone una correspondencia exacta entre dos términos y otra muy distinta su correspondencia en el plano material de la expresión. «Orinar y hacer pipí significan lo mismo, pero nadie se hace unos análisis de pipí y solo un niño muy redicho tendrá ganas de orinar». Los ejemplos sobran, y Magrinyà recurre a estos constantemente para que asimilemos los errores y, de paso, para que nos echemos unas risas. Nos encontraremos con personajes de movimientos muy convencionales que constantemente sacuden la cabeza y arquean las cejas, orquestas que perlan mágicas notas, objetos que desafían las leyes de Newton cayendo pesadamente (o abogados de currículum pesados) y, en fin, muchísimos más ejemplos que nos conviene asimilar antes de lanzarnos a escribir y que la mayoría de las veces pasamos por alto.

Otra idea muy extendida viene a decirnos que el que escribe bien es porque ha nacido con ese don. Tal asunción, más allá de no tener en cuenta el esfuerzo latente detrás de muchas obras, anima a otros a sumarse a la tarea de escribir, movidos por una confianza excesiva que poco entiende de lecturas previas y poco repara en el lenguaje. La escritura también requiere de cierta carpintería, de una destreza que no emana precisamente de la gracia de Dios. En la literatura no caben los profetas.

 

Yo diría que la primera obligación de un lenguaje literario es no molestar. Y ahí es donde, por falta de antecendentes (…) nos duele. Bernardo Atxaga

 

En la primera parte del libro el autor se ocupa del «estilo rico», el que cae en la pedantería por el miedo a utilizar palabras vulgares, pero también trata seguidamente el «estilo pobre», el facilón y lleno de tics. En la tercera parte Magrinyà se centra en cuestiones gramaticales, y aquí sale también a la luz la gravedad que implica a la hora de escribir el dar ciertas cosas por hecho, ya que esto nos lleva a poner en práctica recursos que no tienen ni ton ni son. En la cuarta, finalmente, el autor se reserva un espacio para denunciar el dudoso empleo del lenguaje a la hora de hablar de sexo. Como el padre que evita soltar tacos delante de su hijo pequeño por miedo a que los vaya repitiendo por ahí, muchas veces el que escribe sobre sexo se cuida de acercarse a los términos más empleados para perderse en tecnicismos. Eso, ¡viva la naturalidad!

 

En su poema La montaña rusa, Nicanor Parra reacciona contra el carácter solemne y  tono semilitúrgico que se venía dando en la poesía. Extendamos esta denuncia también a la prosa. Magrinyà no promete una receta mágica para escribir como Shakespeare pero ayuda al lector a desprenderse de los lastres que acarrea y en los que siquiera ha reparado. Esta lectura supone una dosis de humildad que también nos recuerda que la escritura es de tú a tú y no existe tal musa a la que dirigirse inclinando la cabeza. Nos recuerda que en nuestro día a día no acudimos al cine sino que vamos al cine, y que no proporcionamos una respuesta a nuestra madre sino que más bien le damos una respuesta.