Fue poeta maldito porque no pudo ser un piel roja: Leopoldo María Panero

Foto de Alex Casanova /Flickr (CC)
Foto de Alex Casanova /Flickr (CC)

Hace unos meses, Salva, de la librería Visor, hablaba con un colega mío sobre las veces que Leopoldo María Panero, ingresado en un psiquiátrico en las Palmas de Gran Canaria, se esfumaba de este y venía a Madrid. Entonces se olvidaba de las batas blancas y se encerraba todo el día en la librería, leyendo y fumando compulsivamente, ritual que llevaría a cabo en sus diversas escapadas. Leopoldo libre por Madrid. «Y luego vamos a un bar de modernos, ¿eh?» , le decía a Bunbury en una de sus visitas.

Desde muy temprano, Leopoldo se había visto obligado de forma intermitente a cambiar las filas de libros por las paredes desnudas de los psiquiátricos. En la película de Jaime Chávarri, El desencanto, ya vemos al poeta jactándose de su alma descarriada. Vemos a un Leopoldo que es expulsado del sanatorio por invitar a fumar cannabis a los enfermos, a un Leopoldo que te contaba con total naturalidad que en estos centros se la chupaban «los subnormales por un paquete de tabaco[1]».

Leopoldo siempre subió cuando bajó el resto, optó por lo marginal, por pisar donde anteriormente lo habían hecho sus admirados Baudelaire, Lautréamont o Rimbaud; fue directo a restregarse en la charca de la tragedia y la enfermedad, a cantar a todos los vicios («¡Oh! Tú, hermana morfina, sister morphine[2]»), a demostrar que todo Panero es una borrachera. Desapego por todo y por todos. Y una buena ración de soledad.

¿De qué cóctel surge todo esto? Su madre decía que desde pequeño apuntaba maneras, pero ¿no sería ella la gran culpable? ¿O habría que señalar a la sombra densa de su padre, también poeta y Leopoldo, falangista y borracho, que levita y envenena desde la semilla a los tres hermanos? ¿O surge del cinismo del propio Leopoldo María? ¿De su deseo de ser distinto, único, disociarse, estar en contradicción con todo? ¿De sus abusos  con las sustancias?

Leopoldo apuntará duramente contra sus progenitores para señalar a los responsables de todos sus fracasos. Él mismo se refiere así a ellos:  «El padre es alcohólico, bestial, fascista y putañero: pero cuando se muere, aparece la madre que hace daño en silencio». «Mi padre era un borracho y mi madre estaba estudiando científicamente la manera de matarme[3]». «Y que sobre su tumba —que no existe, pues quiso que la incineraran— si existiera pongan: Aquí yace la asesina de su hijo[4]».

Encontramos algo de sacrificio a lo largo de toda su biografía: Leopoldo se presentará como el chivo expiatorio de la mala sangre de sus progenitores. Nos muestra algo de sacrificio en cada poema, en cada cigarrillo, en cada copa, en cada palabra que arranca a la muerte, que arranca al diablo, levantándose una y otra vez contra el cielo para decir «A mí no me matan ni a balazos».

Nos vuelven locos en la calle y en el manicomio rematan el trabajo. Leopoldo María Panero

Leopoldo María Panero (Wikipedia Commons)

Leopoldo María Panero (Wikipedia Commons)

La poesía de Leopoldo se configura alrededor del yo, se esfuerza en realizar una búsqueda de definiciones identitarias, pero sin seguir una línea, sino diversificándose de forma paradójica, multiplicándose en todas direcciones: se nos presenta como víctima, anulándose o desdoblándose, como el salvador de España o la última esperanza de los fracasados («soy el paraíso de todos los fracasados de España, su ídolo y su única esperanza[5]»).Estas facetas incompatibles las extenderá a todos los ámbitos: a su locura, a su culpabilidad…pide morir pero no se mata.

¿Qué narices es Leopoldo? «¿Un loco coherente o incoherente? ¿Es un genio o un ser confuso y obtuso que hizo sonar por pura casualidad la flauta de la música poética? ¿Es un atormentado auténtico o un paciente cómodo en su enfermedad? ¿Es, además de un loco, un actor que se plagia y se sobreactúa?».

Es cierto que Leopoldo María era histriónico, que sufría en su enfermedad, pero aún en esta, era consciente de qué decía y sobre todo por qué. En el fondo sabía de su locura, incluso contribuyó a adornarla, pero a la vez la negaba: su narcisismo no estaba dispuesto a aceptarla. Para Leopoldo, la literatura era la forma de ponerse cara a cara ante su enfermedad, gozando de las ventajas que le daba la libertad del  papel frente a la realidad. Podía escribir como hijo del diablo, como pureza machacada, escupirse o elevarse, deshacer su yo y dejarlo en nada, deshacer su yo para construir otro.

Leopoldo María tenía todos los ingredientes como para que las casas editoriales se frotasen las manos con él

Para defender su yo enajenado, es decir,  para rebelarse contra la inferioridad a la que le condenaba la enfermedad, Leopoldo recurrió a diversas soluciones como la antipsiquiatría, a Nietzsche, e incluso elaboró teorías con pretensiones científicas. Leopoldo diría: «El manicomio es lo que llamaba Foucault El estado de no derecho: nos vuelven locos en la calle y en el manicomio rematan el trabajo». Sin embargo, hay que tener cuidado con Panero, uno no puede tomarse sus palabras al pie de la letra, más que nada porque ni él mismo lo hacía. Panero se ríe con Panero. El poeta sacaba buen provecho de su sentido del humor, un humor siempre en la sutil línea en la que no se sabe si algo es dicho en broma o en serio. Detrás de una confesión de Leopoldo siempre hay una ironía, un toque para equilibrar el exceso de dramatismo: «Yo no entiendo por qué estoy aquí. Por qué me he pasado de manicomio en manicomio, por España, como si trabajase en la guía Campsa».

Y es que ¿quién no se ha reído con él? Lo cierto es que Leopoldo María tenía todos los ingredientes como para que las casas editoriales se frotasen las manos: nos encontramos ante una obra literaria buena de por sí, alabada por muchos de sus contemporáneos, y a la vez con un personaje que emana el morbo de la enfermedad, de gran teatralidad y siempre sorprendiendo con salidas inesperadas y graciosas que encerraban una burla contra lo políticamente correcto. Y aunque en su dualidad sintamos que Leopoldo se esforzó para pulirse en el malditismo, su mayor maldición fue ganarse tal triunfo. Afuera están las cámaras y la cultura hip del poeta maldito, pero la vida de psiquiátrico también hay que vivirla. La soledad hay que vivirla. Los efectos de las drogas y el alcohol también hay que vivirlos, y como decía el Buko, esto supone un trabajo agotador.

La infancia es vivir, el resto sobrevivir

Hace un par de días mi amigo volvió a la librería Visor y charló con Salva. También le preguntó si podía escribir sobre la anécdota de Leopoldo atrincherado en la librería. «Sí, pero por favor, me tenéis que cuidar bien a Leopoldo», dijo. Mientras me contaban esto, me vino a la mente la imagen de un Leopoldo tierno y simpático, medio tumbado en un muro de piedra a la salida del psiquiátrico (siempre sonrío al ver sus fotos estirado en los bancos) y conversando con jóvenes de algún colegio cercano, para luego meterse dentro otra vez con un walkman escuchando a Los Chichos, «me gusta la marcha, la pachanga».

Los que lo conocían también se referían a él como una persona tremendamente frágil y con gran falta de afecto[6]. «Cuidarme a Leopoldo», decía Salva, pero luego también contaba a mi colega que Leopoldo estaba bien arropado, «tenía muy buenas amigas». Recuerdo que me conmovió ver en el segundo documental del ciclo de los Panero, Después de tantos años, a Michi y a Leopoldo reencontrándose en el cementerio. Leopoldo no cabía en su emoción, parecía un niño pequeño cuya felicidad corre a cargo de lo más simple. En cambio es Michi quien se dedica durante toda la secuela a cargarse con saña a la  familia, incluido a su hermano maldito (personalmente creo que este es el argumento que sirvió como excusa para llevar a cabo esta descafeinada segunda parte).

En varios pasajes de los textos de Panero nos encontramos con la idea de una niñez desbordada de ilusiones, esperanzas, como si sus padres le hubiesen preparado para un destino especial, lo que contrasta drásticamente con la realidad grotesca de su vida adulta. El poeta dirá: «la infancia es vivir, el resto sobrevivir».

Y rescato en la mente el poema “Deseo de ser piel roja”, un poema que encierra un deseo de la infancia: me imagino a un Leopoldo niño contemplando las películas de indios, cantando a la libertad del piel roja, a su paso firme, un Leopoldo niño criado en un entorno por entonces económica y socialmente estables (su familia siempre rodeada de grandes escritores) y con un futuro que se abría brillante ante él.

 

 

Deseo de ser piel roja

(Sitting Bull ha muerto, los tambores 
lo gritan sin esperar respuesta.)

El jefe indio Sitting Bull (D.F. Barry, June 1885)

El jefe indio Sitting Bull (D.F. Barry, June 1885)

La llanura infinita y el cielo su reflejo.

Deseo de ser piel roja. 
A las ciudades sin aire llega a veces sin ruido

el relincho de un onagro o el trotar de un bisonte.

Deseo de ser piel roja.

Sitting Bull ha muerto: no hay tambores

que anuncien su llegada a las Grandes Praderas.

Deseo de ser piel roja.

El caballo de hierro cruza ahora sin miedo

desiertos abrasados de silencio. Deseo

de ser piel roja.

Sitting Bull ha muerto y no hay tambores

para hacerlo volver desde el reino de las sombras.

Deseo de ser piel roja.

Cruzó un último jinete la infinita

llanura, dejó tras de sí vana

polvareda, que luego se deshizo en el viento.

Deseo de ser piel roja.

En la Reservación no anida

serpiente cascabel, sino abandono.

 

 

[1] ^ Fernández, J.B (1996): El contorno del abismo. Vida y leyenda de Leopoldo María Panero. Barcelona, Tusquets.
[2] ^ PANERO, L. M. (2005): Los héroes inútiles. Castellón, Ellago ediciones.
[3] ^ PANERO, L. M. (2005)
[4] ^ PANERO, L. M. (2002) Prueba de vida. Madrid, Huerga Fierro.
[5] ^ PANERO, L. M. (2005)
[6] ^ Fernández, J. B. (1996)