La creatividad son los padres

Fotografía de Andrew G. Hayes (Flickr), bajo Licencia CC
Fotografía de Andrew G. Hayes (Flickr), bajo Licencia CC

Pirámides educativas, elBulli y la inexistencia genial.

La creatividad es cosa de artistas y de críos. Y de vagos. De las cosas serias de la vida ya se ocupan los ingenieros. Así que deja de pintar monstruitos y ponte con el examen de mates. No es que haya una especie de ley universal para esto, pero, a quién queremos engañar, pintando monstruitos no se llega a presidente. Resulta que existe una cierta creencia muy extendida por la que, para ser alguien verdaderamente importante en la sociedad, se debe ser de los que usan el lado izquierdo del cerebro, hasta el punto de que el sistema educativo (ese gran desconocido) se ha jerarquizado de tal manera que apuntala en la parte más alta de la pirámide a las ciencias: las matemáticas, las físicas y, en general, todas esas cosas que son el colofón del conocimiento (¡atrévase a llevarle la contraria a un químico!). En la mitad de la pirámide están las ciencias sociales: la filosofía, la historia… Son materias significativas, pero supongo que cualquier científico que se precie podría vivir sin ellas. ¿Qué importa lo que hiciera un tipo con bigotes raros hace un par de siglos? Según nos vamos acercando a la base inferior de la pirámide, vamos viendo carreras dedicadas a los cuidados y servicios. «¿Magisterio? Vaya maría de grado, eso se lo saca cualquiera. Yo hago ingeniería de caminos. Eso sí que es complicado». En mi pueblo, cuando casi todos optaron por el bachillerato de ciencias, solo hubo un valiente que se atrevió con el de sociales. A día de hoy, aún le siguen llamando letroso. Se podrían sacar muchas lecturas de por qué la pirámide está conformada de esta manera: me pregunto por qué las carreras y los grados más menospreciados son precisamente aquellos que se ajustan conforme a las funciones de la esfera privada (¿el patriarcado haciendo de las suyas?). Sin embargo, el detalle que interesa tratar ahora es otro. Debajo de toda esta jerarquización del conocimiento, al fondo muy al fondo, al final de la clase, se encuentra un último tipo de educación, que es cosa de artistas y de críos. Pero sobre todo de vagos.

Para cualquier persona (con un bagaje cultural medio), la educación artística suele ser algo bastante prescindible. Y no me estoy refiriendo a la educación histórico-artística, a saber quién narices fue Caravaggio ni nada de eso. Me estoy refiriendo al análisis de los colores, de su interpretación: a la educación visual y conceptual, al desarrollo de la capacidad de generar ideas y pensamientos laterales. No nos engañemos, en el imaginario colectivo todo esto no son más que chorradas. O aún peor, excusas para no ponerse a trabajar (¡menos manifestaciones y más curro!). Pero también es posible ver la educación artística desde el prisma productivo. Porque, aunque no lo parezca, el arte no solo es consumible, sino que también es un generador (que no el único) de un bien social con un valor difícil de medir: la creatividad (o aquello que permitió que un pequeño primate que acababa de bajar de los árboles dominara la Tierra en cuestión de unos cientos de miles de años).

Es importante recordar que la creatividad no es propiedad exclusiva del arte (aunque haya quien se empeñe en demostrarlo), sino que se inserta en todas y cada una de las esquinas de la sociedad, esperando a ser atendida. Son las gafas que permiten ver de otra manera las cosas, la herramienta que parió el resto de herramientas, y todo lo que hemos hecho ha sido dejarla de lado. ¡Cómo le gusta al género humano la ironía!

Pero a veces ocurre un fenómeno cultural muy divertido: en ocasiones, cuando se entra en un umbral socioeconómico determinado, la creatividad se subvierte y pasa a un plano tan importante que todo lo demás se difumina bajo su yugo (espontáneamente) opresor. Hasta el fin real del producto. Y eso, en nuestro mundo, solo puede pasar a llamarse de una manera: arte (o aquella construcción social que a veces funciona como un baúl donde meter todas las cosas que no sabemos con demasiada certeza de qué manera definir). Y la cocina no se libra.

Ahora mismo tiene lugar en la Fundación Telefónica la exposición Ferrán Adriá: Auditando el proceso creativo, y que podrá visitarse hasta el 1 de marzo de 2015. Toda la exposición gira en torno al arduo proceso de investigación que afrontó el equipo de elBulli, deteniéndose por el camino en las decenas de preguntas referidas a la creatividad que iban surgiendo a medida que avanzaba la experimentación, aunque al final no se encuentra por ninguna parte lo que es la creatividad para el restaurante. Pero hay un matiz que pasan por alto: parece que no estén analizando la cocina como un proceso creativo en sí mismo, sino que extrapolan toda la parafernalia cultural del arte actual a la cocina. Es decir, la exposición parece querer convertir a la cocina en una copia calcada del sistema de mercado del arte actual, anulando así de manera absoluta a la cocina como arte en sí misma. Muestran que, para que la cocina sea arte, debe reproducir tal cual la esfera del arte y, de esta manera, ser reconocido como tal por las organizaciones pertinentes (críticos, especialistas, etc.). Es decir, la conclusión final es que la cocina experimental es arte porque su estructura y composición es semejante al de los grandes mercados mundiales de arte contemporáneo. Pero la cocina no elitista, la cocina normal, queda relegada a mero oficio, a artesanía, y no a arte.

Fotografía de Daniel Lobo (Flickr)

Fotografía de Daniel Lobo (Flickr)

Sin embargo, puede que haya que ir más atrás. Antes dije que la creatividad es un bien social muy importante y que educaciones como la artística pueden fomentarlo en gran medida. Pues sí, pero no. Quizá es incontestable, que, cuanto mayor sea la inversión en creatividad, más agentes creativos se generarán. Pero la cosa es más compleja. Aquello a lo que llamamos genialidad no siempre nace a raíz de fomentar la creatividad, sino por actores externos subyacentes (pero determinados por el entorno). A veces un lugar oscuro y sin futuro es el mejor caldo de cultivo para las grandes ideas. A mediados del siglo XIX, un loco alemán de barba poblada decía que el arte era la única parte de la superestructura que no se veía afectada de manera equivalente a los cambios y convulsiones de la economía. Es decir, que aunque todo fuera cuesta abajo y sin frenos, el arte no se resentía ni se veía alterado de una manera lógica. Aunque el sistema entrara en crisis, el arte no lo hacía de la misma manera. Esto puede deberse a aquello de que «cuanto peor, mejor», que la necesidad despierta ojos, pero también se desprende de esto que la creatividad no es una ciencia exacta donde si inviertes tanto consigues tanto otro. Infinitos factores sociales intervienen en el momento exacto en que algo es pensado. No pensamos de la nada, así sin más. Pensamos de aquello que vivimos y logramos abstraer. Fleming descubrió las propiedades de la penicilina por una casualidad que era ajena a él. Si nunca se hubiese fijado en aquella plaquita de Petri que estuvo a punto de destruir, ¿quién sabe lo que hubiese ocurrido?

La moraleja es que no hay una receta para la creatividad, lo que la convierte, irónicamente, en la antítesis de lo que supone el proceso creativo que nos presenta elBulli

La supuesta genialidad creativa (tanto en la cocina como en el resto de campos) es en realidad el resultado de una ecuación mucho más compleja de lo que pueda parecer. El azar y la visión particular y genuina de la época juegan un papel crucial en ello. Imaginemos que de repente surge un genio a varios niveles, capaz de revolucionar (por enésima vez) el arte (si es que la palabra revolucionar tiene aún algún sentido en la materia). ¿Lo ha conseguido porque realmente es un genio único, motor del avance humano? Pero ahora digamos que antes de que pueda revolucionar nada, el genio muere y con él, todo lo que habría hecho. ¿La humanidad perdería para siempre aquello que el genio estaba a punto de resolver; o con el tiempo surgiría otro genio que plantearía las mismas resoluciones? Es decir, ¿la creatividad es personal e intransferible, producto de la acumulación individual de conocimiento, o es colectiva, y los genios no son más que las válvulas de escape del conocimiento humano, en constante e irremediable progreso? Esto supondría que la creatividad es en realidad un bien determinado y que los genios no existen ni jamás existieron, porque solo son la proyección del conocimiento colectivo histórico. Son reemplazables, como el resto de mortales. Si Leonardo no hubiera existido, no hubiera pasado nada, porque otros hubieran descubierto lo mismo que él aportó. Por ello, la idea de que fomentar la creatividad nos hace más inteligentes, es consecuencia de la acumulación de conocimiento humano, de nuestra manera de pensar, y porque, en el fondo, ya no sé si de manera biológica o cultural, sabemos que la creatividad es el proceso base para continuar evolucionando.

Aunque quién sabe, yo estudié artes.

Pavlo Marciano

Pavlo Marciano

Mi cápsula se estrelló bajo la facultad de Bellas Artes. Busco el módulo de aceleración por tercer año consecutivo, sin éxito. Me fui de casa un jueves por la noche. El domingo estaba de resaca en el Halcón Milenario con un tatuaje que decía los reptilianos existen. Los gorros que llevo ocultan mis antenas.
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