La música más humana

“Los pilares de la creación” en la Nebulosa del Aguila (Wikipedia Commons)
“Los pilares de la creación” en la Nebulosa del Aguila (Wikipedia Commons)

 

En África está el origen de la música y de todas las cosas.

Titular de un artículo publicado en El País el 20/6/2000

 

El lanzamiento de esta botella en el océano cósmico dice algo muy esperanzador sobre la vida en este planeta.

Carl Sagan sobre el lanzamiento de la Voyager 1 con el disco que contiene sonidos e imágenes que retratan la diversidad de la vida y la cultura en la Tierra.

 
En los últimos milenios el recuerdo se ha vuelto más sobrio. La ciencia pone límites a nuestra imaginación, nos hace descartar lo imposible antes de que lo almacenemos como una experiencia que en realidad nunca tuvo lugar. Sin embargo, no siempre ha sido así: durante mucho tiempo, el desarrollo de la ciencia se escurría en la habilidad de las manos, dependía de rituales cargados de mitos y diluvios, de melodías que se cantaban a los difuntos digeridos por la naturaleza y elevados por ésta a la condición de dioses. Un tiempo en el que la línea entre la vida y la muerte no era tajante, sino que el día a día también era asunto de los muertos.

He estado escuchando esta canción y me ha dado la sensación de que las mismas voces que en ella participan llevan milenios reuniéndose. No considero que sea una música atemporal por el hecho de no incluir guitarras eléctricas ni sintetizadores, sino más bien por la forma en la que integra la emoción humana y por la certeza de su origen lejano pero imposible de señalar con exactitud en el tiempo, ya que las emociones no quedan grabadas en la lanza que se fabrica, ni en los huesecillos de las manos de quien acaricia a un enfermo. En esto, me han venido a la mente lecturas que, opino, este sonido recorre, como El hombre y la muerte de Edgar Morin o The Journey of man de Spencer Wells. La primera curiosísima y la otra testimonio de nuestro pasado africano. Luego ya se me ha torcido y he pasado a intentar hacerme a la idea de cómo sería el proceso de selección de las canciones que lleva la Voyager 1 en su disco de gramófono Los sonidos de la Tierra. Lanzada en 1977 al espacio, esta sonda tiene entre sus propósitos el transmitir un mensaje que recoja la diversidad de la vida y la cultura en la tierra en el caso de que se encuentre con una especie alienígena. Toma ya, romántico Carl Sagan. El disco contiene numerosas canciones tribales de distintos puntos del planeta y ahora flota por el espacio interestelar. A propósito de todo esto, he escrito el siguiente relato.

La música recorre kilómetros y kilómetros, el sonido de los animales se funde con ella. La noche está plagada de estrellas, cada una es un ancestro y tiene un perfil diferente. La música recorre kilómetros y kilómetros, pero para ellos cruza el universo entero, empapa todo lo conocido y a todos sus conocidos. Son los parientes lejanos de Juan el Bautista y se negaron a abandonar su piel oscura. Tienen la sangre de las lechuzas, de los peces y de los insectos. Fueron moldeados con algas, rescatados del agua y hechos hombres a través del barro. El pájaro chilla, ellos chillan y la ceniza flota en el aire.

Mientras cantan, algunos miran hacia arriba. Cuando empezaban a levantarse los primeros muros de Babilonia ellos ya estaban cantando, cantaban mientras se escribía el Antiguo Testamento. Mientras un dios decidía dotarles con un paraíso, sus músculos moldeados y torsos desnudos bailaban y mezclaban los ruidos de la selva y el desierto. Improvisaba uno, le contestaban varios. Los mitos griegos eran un vago boceto y ellos estaban perfeccionando la fuerza de los ritmos. Ritmos en los que participa el cuerpo entero, basados en el sudor, en los gritos que recogen la alegría y  desesperación humanas, que integran a la naturaleza.

© Brent Stirton Durante el baile de trance de los bosquimanos, los bailarines rodean el fuego, dando palmadas y cantando rítmicamente. Las crisálidas de las mariposas que están atadas a su tobillos traquetean a cada paso. La euforia inducida por la danza puede generar num, una energía hirviente.

© Brent Stirton
Durante el baile de trance de los bosquimanos, los bailarines rodean el fuego, dando palmadas y cantando rítmicamente. Las crisálidas de las mariposas que están atadas a su tobillos traquetean a cada paso. La euforia inducida por la danza puede generar num, una energía hirviente.

Para la corta vigencia de la raza humana, el árbol siempre estuvo ahí, y el roedor escurridizo, la roca. Ya mientras en Europa una mujer sorbía té de una taza con la punta del zapato levantada y se inventaba el astrolabio y se enrollaban mapas con pintura fresca, ellos seguían chillando, convulsionándose alrededor de la hoguera, condensando el fervor típico de las relaciones sexuales, del dolor mental y físico agonizante, recogiendo una felicidad cercana a la histeria, abrazando, en su música, todo su universo. El jefe de la tribu, detrás de una máscara, iba hechizando el ambiente, tensando las cuerdas vocales mientras saltaba sobre las brasas, removiendo la sangre de sus hermanos. Si se hubiese parado a tocar su corazón, este latiría con fuerza.

Disco de oro de las Voyager, "Sonidos de la tierra". Contiene sonidos e imágenes que retratan la diversidad de la vida y la cultura en la Tierra. Se diseñó con el objetivo de dar a conocer la existencia de vida en la Tierra a alguna posible forma de vida extraterrestre inteligente que lo encontrase, y que además tenga la capacidad de poder leer, entender y descifrar el disco. El contenido de la grabación fue seleccionado por la NASA y por un comité presidido por Carl Sagan de la Universidad Cornell.

Disco de oro de las Voyager. Contiene sonidos e imágenes que retratan la diversidad de la vida y la cultura en la Tierra. 

Cuando caiga el sol nos encontraremos al pie de la hoguera y ocuparás el sitio de tu padre. Así incontables noches que no fueron atestiguadas en ningún calendario hasta que esta cápsula del tiempo empezó a tambalearse ante el paso de las expediciones, hasta que se consiguió el remedio para las enfermedades que lanzaban los ancestros en un intento de preservar su propio universo. Fue así que llegó el hombre blanco, con los labios temblando y empapados de quinina. Un chimpancé se rascaba la espalda en una cama de hojas.

Este hombre también se desespera con el hambre, se despierta pensando en sus muertos y agacha la cabeza al recordar al amor que se ha ido. Sin embargo, surge en él el  rechazo hacia lo que considera inferior, desechando una música que tiene, pero ignora, grabada a fuego en su propio código genético. Acostumbrados a la música de cámara que sonaba por aquellos días, unos sintieron vergüenza hacia los sonidos primitivos, los otros descubrieron la vergüenza de ser la esquina del mundo.

La tribu canta mientras en el vacío un púlsar sigue el ritmo de sus señales. A veces, cuando están saltando alrededor de la hoguera, uno recibe un destello en la cabeza, deja de brincar, se da la vuelta y encoge los hombros. Una mujer de pezones grandes y muy negros chupa la herida de su hijo.  Se miran las palmas de las manos y se han olvidado de que nuestro árbol genealógico creció bajo esa misma música. El punto en que se unían los tres horizontes del tiempo se diluye.

Pero quién sabe, no está mal imaginar que quizá un día se ponga en marcha el disco de oro y empiece a fluir la sangre escarchada, se recuperen los tambores, los gritos que delatan lo que somos, las emociones enfrentadas… Se dé el triunfo de la vitalidad ingenua al recuperar el centro del universo.