La Travesía del TTIP

Protesta en Londres contra el TTIP, por World Developement Movment con licencia [CC BY 2.0]
Protesta en Londres contra el TTIP, por World Developement Movment con licencia [CC BY 2.0]

La Unión Europea y Estados Unidos están, desde hace más de un año, inmersos en la negociación de un acuerdo que, de salir adelante, crearía la mayor área comercial del mundo. Desde las instituciones europeas se transmite un mensaje optimista, convencidos de que la Asociación Trasatlántica sobre Comercio e Inversión, conocida por su acrónimo en inglés TTIP, abrirá las puertas al crecimiento y a la mejora de las relaciones internacionales de la Unión Europea. La materialización de este tratado, que todavía se encuentra en su fase de negociación, es sin embargo vista desde algunos sectores como el que podría ser el fin de muchos de los derechos y seguridades de los que disfrutamos los ciudadanos de la Unión.

Fuente de riquezas para unos y agujero negro para otros, ¿qué ofrece realmente y qué consecuencias negativas podría tener el TTIP? ¿Cuáles son los argumentos que se lanzan desde cada una de las trincheras?

Pocas cuestiones han abierto una brecha tan grande entre detractores y defensores. La polémica en torno a este avance hacia la globalización y la eliminación de barreras internacionales está servida una vez más, y se ha ido alimentando a lo largo de un proceso en el que la transparencia ha brillado por su ausencia. Efectivamente, el secretismo que ha rodeado a las negociaciones —y la falta de intervención de la opinión ciudadana en esta cuestión que tanto afectaría a la economía y al conjunto de la sociedad europea— no han hecho más que avivar una fuerte oposición a las negociaciones, hasta el punto de llegar a verse amenazadas.

Al margen de los mensajes oficiales, prácticamente las únicas voces que se oyen son contrarias a la continuación de las conversaciones. Resultado de una nefasta gestión de la comunicación, el proceso de negociación del TTIP se está ahogando entre las olas de una opinión pública en muchos casos desinformada e inmersa en un debate en el que parecen haberse olvidado las muchas oportunidades que, de llegar a buen puerto, ofrecería este acuerdo del que tanto queda por saber.

Igual que ha ocurrido con otros tratados de estas magnitudes, han sido muchos los debates y consideraciones de gobiernos, empresas y personas del ámbito académico que se han sucedido hasta la fecha. La mutua voluntad de la Unión Europea y Estados Unidos de trabajar en pos de un acuerdo en términos comerciales y financieros se ha materializado tras un muy largo el proceso de acercamiento, especialmente en términos económicos. Este terminó con el anuncio por parte de Barack Obama, Herman van Rompuy y José Manuel Durão Barroso del inicio de las negociaciones, el 13 de febrero de 2013. Cuatro meses después el Consejo Europeo definió el mandato de negociación que debía efectuar la Comisión, pero ha pasado más de un año hasta que por fin esta directiva ha sido desclasificada.

Con el TTIP se persigue, desde ambos lados del Atlántico, la integración en un mercado único, a través de tres componentes clave: el acceso al mercado, las cuestiones reglamentarias, barreras no arancelarias y las normas comerciales, que permitirían la reconciliación de los enfoques de la Unión Europea y Estados Unidos en cuanto a su normativa de origen, garantizando el respeto a los acuerdos internacionales y a las disposiciones medioambientales y laborales de unos y otros.

Las instituciones europeas ven en esta liberalización del comercio y las inversiones una gran oportunidad para generar un impacto significativo en el crecimiento económico y en la creación de empleo. El tratado busca la eliminación de las barreras arancelarias y no arancelarias. Con ello se crearía el espacio de libre comercio más grande del mundo y se alcanzaría una armonización en materia regulatoria, lo que derivaría en una mejora de la competitividad y sentaría unas bases estándares que podrían llegar a ser un modelo para terceros países.

Desde la Comisión Europea prevén que el TTIP aumentaría el PIB europeo en un 0,5 % y crearía 400.000 puestos de trabajo. La eliminación de los ya de por sí bajos aranceles existentes entre los países de la Unión Europea y Estados Unidos —y sobre todo de las barreras regulatorias y burocráticas innecesarias, que crean obstáculos a los intercambios— supondría un descenso de los precios, un aumento de las exportaciones en todos los sectores de producción, la creación de empleo y, en definitiva, un impulso para el crecimiento económico que facilitaría la tan ansiada salida de la crisis.

Se persigue un resultado ambicioso que repercuta en el conjunto de la economía, aunque el TTIP está especialmente dirigido a los sectores textil, químico, farmacéutico, cosmético, automóvil, electrónico, de ingeniería, energía y de propiedad intelectual, quedando excluido, con el fin de garantizar el mantenimiento de la diversidad cultural y lingüística de la Unión Europea, el sector de los servicios audiovisuales y culturales.

Ciertamente hay desde Europa un firme compromiso de luchar por un buen acuerdo que, con independencia del mensaje oficial, podría sin duda repercutir de manera muy positiva en nuestra economía y en nuestra sociedad. Debemos aceptar que vivimos en un mundo globalizado al que por desgracia le falta estar unido, y que la eliminación de barreras entre países (siempre y cuando sea de una forma debatida y consensuada) es el camino inexorable hacia el futuro.

El TTIP fomentaría la competitividad europea en un momento en el que el centro comercial se está desplazando hacia el Pacífico

El TTIP fomentaría la competitividad europea en un momento en el que el centro comercial se está desplazando hacia el Pacífico, recuperando así nuestra posición privilegiada en el panorama internacional. Con el reconocimiento mutuo de las cualificaciones profesionales se incrementarían las oportunidades laborales de los ciudadanos de ambas potencias y se trazaría un camino más sencillo a la internacionalización de las pymes que quisieran establecerse o exportar a Estados Unidos, se aumentaría la oferta en el transporte, lo que permitiría un mayor desarrollo del sector y un importante ahorro para las empresas en sus modelos de distribución, y en el caso español abriría las puertas a la exportación de nuestros productos agrícolas hacia un mercado en el que crece la demanda de alimentos naturales y frescos.

Los representantes de las instituciones europeas han defendido que respetarán y defenderán ante todo a consumidores, trabajadores y empresas, fundamentalmente a las pymes. Han manifestado su compromiso de garantizar que el TTIP respete los estándares de protección laboral y del medioambiente de la Unión Europea, y asegure un pleno respeto a sus normas en materia de derechos humanos, así como a las referentes a la protección de los datos personales. Siempre y cuando esto se cumpla, estaríamos ante un avance sin precedentes hacia la apertura comercial y la competitividad de nuestra economía.

Pese a sus ventajas, son muchas más las voces que se han alzado en contra de la aprobación de este acuerdo y que han criticado la naturaleza de un proceso que se ha mantenido fuera del debate público

Pese a esto, son muchas más las voces que se han alzado en contra de la aprobación de este acuerdo y que han criticado la naturaleza de un proceso que se ha mantenido fuera del debate público. La clave radica en saber quién y en qué cederá a la hora de alcanzar una legislación común, sobre todo en un contexto en el que, por ejemplo, Europa se encuentra a la vanguardia en derechos laborales, mientras que Estados Unidos sólo cumple con dos de los ocho estándares de la Organización Internacional del Trabajo.

La presión de partidos políticos, ONG y otros sectores de la sociedad se está extendiendo en toda Europa, por los que ven en el TTIP un peligro democrático, social y ecológico, forjado en base a los intereses de las compañías multinacionales. Consideran que amenaza con terminar con los servicios de sanidad y educación públicos; con muchas seguridades en materia de medioambiente, permitiendo, entre otras consecuencias, la generalización del fracking; y con la competitividad de nuestros productos agroalimentarios frente a otros más baratos y modificados genéticamente, ya que Estados Unidos es un firme defensor de los organismos transgénicos, prohibidos en Europa por ser nocivos para la salud.

Se ha asumido que nuestros representantes fracasarán. Hay, al hablar de Estados Unidos, sensaciones encontradas y se entremezcla el recelo con la admiración, junto a un cada vez mayor sentimiento de inferioridad. Esto, junto a la desconfianza y, en cierto modo, el desprecio hacia la clase política extendido en Europa, ha derivado en la convicción generalizada de que saldremos mal parados y de que serán ellos los que se lleven el trozo grande del pastel.

Uno de las cláusulas más controvertidas del mandato es la de la inclusión de un Tribunal de Arbitraje Independiente, integrado por las grandes multinacionales y los Estados. Este mecanismo, conocido como ISDS por sus siglas en inglés, lleva muchos años utilizándose en los tratados de libre comercio y alzándose como un poderoso régimen que antepone los intereses económicos a cualquier otra consideración social o humanitaria. Abre las puertas a que las multinacionales puedan denunciar a un estado si alguna de sus políticas interfiere en su generación de beneficios y sitúa a las empresas al mismo nivel que los Estados y a sus beneficios empresariales por encima de los derechos humanos y del medioambiente. Con el fin de evitar que esto siga ocurriendo, los grupos de izquierda presentarán ante el Parlamento Europeo una resolución que exija un cambio en el diseño de este Tribunal de Arbitraje.

El enfrentamiento entre opiniones tan divergentes ha dado lugar a una cierta incertidumbre respecto a qué va a ocurrir y a si finalmente el TTIP saldrá adelante o sus opositores conseguirán parar las negociaciones. Lo que en cualquier caso está claro es que queda al menos un año por delante para la finalización de un proceso que se ha visto ralentizado por las elecciones en Estados Unidos y la renovación de la Comisión Europea, y entorpecido por los cambios en la situación política de la Unión Europea. La entrada de grupos de extrema derecha e izquierda en el Parlamento Europeo, contrarios a todos los tratados de libre comercio, y la consecuente pérdida de escaños por parte de los grupos mayoritarios en la Eurocámara, cuyo refrendo es imprescindible, han hecho peligrar el TTIP. También es necesaria la conformidad del 55 % de los Estados miembros de la Unión, siempre que representen el 65 % de su población, y la ratificación de sus respectivos parlamentos nacionales.

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El puerto de New Jersey, por Maureen de Buffalo, publicado en Flickr bajo licencia [CC BY 2.0]

Aunque desde el Parlamento Europeo se han mostrado muy favorables a alcanzar un acuerdo que aproveche las oportunidades que brinda el comercio transatlántico y abarque de forma sólida la inversión y el comercio en Europa, parece imprescindible que exista una colaboración estrecha entre los tres fundamentales grupos: el Partido Popular Europeo, la Alianza Progresista de Socialistas y Demócratas y la Alianza de los Demócratas y Liberales por Europa. En el lado contrario se encuentran el Partido Verde Europeo y la Izquierda Unitaria, que han manifestado una frontal oposición.

Aún hay mucho por definir y sobre todo mucho por saber acerca de la Asociación Trasatlántica sobre Comercio e Inversión. Es efectivamente un acuerdo muy ambicioso que tiene muchos retos por delante y varios puntos por pulir, pero que sin duda podría implicar importantes y beneficiosas consecuencias para la Unión Europea, su economía y su sociedad. Queda reclamar más debates públicos y una mayor participación por parte de la ciudadanía y confiar en que las autoridades designadas para su negociación, a quienes al fin y al cabo hemos elegido de forma democrática todos los ciudadanos de la Unión, sepan aprovechar las bondades que ofrece y todas las oportunidades de crecimiento que podría brindar el TTIP, sin caer en todos esos peligros tan temidos y  proclamados por su  férrea oposición.

Magalí Satrústegui

Licenciada en Historia del Arte por la Universidad Complutense de Madrid, actualmente trabaja en LLORENTE & CUENCA, donde desarrolla su interés por la comunicación, y colabora con la ONG Asociación Solidaria Universitaria, desde la que da salida a su preocupación por el voluntariado y la cooperación al desarrollo.

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