En los momentos de desgracia, el hombre busca consuelo en la unión de su tristeza con la tristeza de otros.

La broma, Milan Kundera

Las dificultades de la vida en el Círculo Polar Ártico son evidentes. Los pueblos inuit se ven expuestos a una gran cantidad de traumas físicos y psicológicos: congelamiento, inanición, pérdidas…La depresión afecta al 80 por ciento de la población. Sería lógico suponer que este índice tan alto fuese la consecuencia directa de las bajas temperaturas y del trastorno afectivo estacional— favorecido por tres meses de ausencia total de sol—, sin embargo, los inuit se han adaptado a los cambios de luz estacionarios y en general son capaces de conservar un estado de ánimo adecuado durante la etapa de oscuridad. Las adversidades del medio que les rodea actúan más bien como tapadera del motivo principal de su tristeza: la falta de apoyo emocional entre ellos.

Durante meses enteros, las familias inuit se ven obligadas a encerrarse en sus casas —por lo general en la misma habitación— salvo en el caso del padre, que sale a cazar o a pescar un par de veces al mes. Ahora los inuit cuentan con viviendas prefabricadas al estilo danés, pero hasta hace poco vivían en iglús y pasaban el largo invierno observando como se derretían sus paredes. Como resultado de esta intensa vida comunitaria y de la aridez del entorno, para los inuit la queja es un tabú. Los rasgos distintivos de la depresión entre estos groenlandeses no son el resultado directo de la temperatura y la luz, sino de la prohibición de hablar de sí mismos. La extrema intimidad física les exige una reserva afectiva, de modo que son callados y reflexivos y casi nunca hablan de ellos mismos, sino que se limitan a narrar historias a quienes les agrada reír o a comentar las condiciones del exterior o de la caza.

Se suele decir que la depresión es un trastorno que padece una clase social que dispone de demasiado tiempo libre en una sociedad desarrollada, pero en realidad es un estado que algunas clases tienen el privilegio de poder expresar y tratar. Andrew Solomon

Poul Bisgaard es el primer groenlandés nativo que llegó a ser psiquiatra: «Por supuesto, si alguien de la familia está deprimido, nosotros vemos los síntomas –dice-, pero no nos inmiscuimos». El pacto de silencio de los inuit se debe a la creencia de que desahogarse no solo no les va ayudar, sino que va a influir negativamente en el estado de ánimo de los otros. Lo que supone un arma de doble filo, ya que esta coraza comunicativa a la larga induce el estado depresivo. La depresión es una enfermedad de la soledad, y cualquiera que la haya sufrido sabe que impone un gran aislamiento. En este caso se trata de un aislamiento provocado por la multitud.

Cesare Pavese decía que «los hombres que tienen una tempestuosa vida interior y no tratan de desahogarse (…) son sencillamente hombres que no tienen una tempestuosa vida interior», sin embargo, los inuit han luchado contra este pronóstico del comportamiento humano con el fin de protegerse. Como recuerda Andrew Solomon,«se suele decir que la depresión es un trastorno que padece una clase social que dispone de demasiado tiempo libre en una sociedad desarrollada, pero en realidad es un estado que algunas clases tienen el privilegio de poder expresar y tratar».

La desconfianza y el desapego hacia la comunicación con el resto de personas se encuentran (y no deja de tener algo de paradójico) ampliamente plasmados en la literatura. Kleist denunciaba la falta de un medio para expresar las preocupaciones internas: «El único que poseemos, la palabra, no es aprovechable». En El libro del desasosiego, también influido por esta negatividad, Pavese dice que «a un hombre que sufre se le trata como a un borracho. Ánimo, vamos, ya basta, anda ya, ya está bien, no es para tanto, ya basta…».  Foster Wallace en La persona deprimida ironiza la cruel realidad de una chica que busca consuelo. Esta llama a sus amigas por teléfono para que le presten apoyo en sus dolorosas circunstancias. Se disculpa constantemente por miedo a aburrirlas y que sientan rechazo hacia ella. En el relato no se aprecia una mejoría del estado anímico de la persona deprimida, sino que únicamente se viene a evidenciar la ridiculez de sus intentos comunicativos.

Con la irrupción de los nuevos canales de comunicación hemos adquirido la ilusión de que estamos siendo sociales cuando en realidad nuestros contactos son mucho más superficiales

Es cierto que el dolor de la depresión es tan profundo que es fácil que pierda volumen al ser comunicado y que a esto además se le una que nuestro interlocutor no sea la persona adecuada. Pero mucho peor que fracasar ante estas condiciones es dar por cerrado cualquier intento de ser comprendido y ayudado. Peor es caer en la falsa creencia en la que un día cayó Andrew Solomon: «había comenzado a sentir que nadie podía amarme y que jamás me involucraría afectivamente con nadie».

Andrew Solomon, el mismo que, superada su depresión, tomó tal conciencia de la desviación de este razonamiento que viajó a Illiminaq, un pequeño pueblo pesquero groenlandés, y  colocó en la entrada de su tienda un cartel en el que solicitaba voluntarios para hablar con él sobre sus sentimientos. El mismo al que al día siguiente fueron a verle algunos inuit. Y  los viejos pescadores del muelle le contaron historias de trineos hundidos, de trayectos bajo cero con la ropa húmeda, de cazar cuando el hielo se rompe y el estruendo que hace esto. Habló con la comadrona del pueblo, que le confesó que no soportaba la idea de ayudar nacer a los hijos de sus vecinas tras haber perdido ella dos bebés. Escuchó historias sobre las muertes de familiares cercanos, sobre maridos que se fueron a pescar y nunca volvieron.

Una mujer dijo que había encontrado la verdadera cura para la tristeza, que consistía en prestar atención a la tristeza de los demás

La mayoría de las personas que le visitaron dijeron haberse sentido liberados después de hablar, lo que les había ayudado a comprender muchas cosas. A raíz de esto, tres mujeres comenzaron a idear una solución para la tristeza de su pueblo. Un domingo en la iglesia, anunciaron que habían formado un grupo y que todo el que quisiese hablar de sus problemas estaba invitado a verlas, asegurando también la confidencialidad de estas reuniones. Al día siguiente, todas las mujeres de la población —sin saber cuantas más habían aceptado el ofrecimiento— fueron a verlas. Aquellas que nunca habían contado a sus esposos ni a sus hijos lo que sentían, ahora iban a llorar al consultorio. Una mujer dijo que había encontrado la verdadera cura para la tristeza, que consistía en prestar atención a la tristeza de los demás.

Las diferentes culturas expresan dolor de diferentes maneras  y miembros de diferentes culturas experimentan distintos tipos de sufrimiento, pero las características de la soledad son las mismas para todos. El hombre necesita comunicarse y necesita sentirse comprendido. Es parte de nuestra herencia genética. Estar solo por mucho tiempo causa daños neuroquímicos que pueden derivar en alucinaciones, depresión, pensamientos suicidas, comportamientos violentos o psicosis. El aislamiento social también es un factor de riesgo para los ataques cardíacos y la muerte. Y este aislamiento no tiene porqué ser espacial. Como hemos visto, uno puede estar muy solo y a la vez rodeado de gente.

Daniel Levitin, en The organized mind, advierte de estudios llevados a cabo con jóvenes universitarios que delatan que estos son menos propensos a valorar la empatía: la capacidad de ponerse en el lugar del otro, de intentar comprender sus sentimientos. Con la irrupción de los nuevos canales de comunicación hemos adquirido la ilusión de que estamos siendo sociales cuando en realidad nuestros contactos son mucho más superficiales. Otro tema que da para mucho. A algunos les queda el consuelo de que la ficción literaria fomenta la agilidad necesaria para saltar a los zapatos del otro. Como decía el mismo Foster Wallace en Esto es agua: «Quizás sea la tarea más loable de las así llamadas humanidades pararse a comprender a los demás, intentar meterse en su pellejo».