No le tengas miedo al Watusi

Francisco-Casavella

 

«Era nítida la preferencia de ser ciudadano ciego en un país imbécil en lugar de posible mártir o mendigo en un país dramático».

El día del Watusi, Francisco Casavella

«El bailarín siempre tiene razón».

Friedrich Nietzsche

«Qué es lo que pasa, Watusi. Qué es lo que pasa. Dime».

Watusi, Ray Barretto (canción de 1962)

 

Hacia el final de El día del Watusi (F. Casavella, 2002-03, Mondadori), un arribista hace alarde de su cinismo al espetarle a Fernando Atienza: «política y ficción son sinónimos, Fernando».

La frase, aunque se acerca peligrosamente al lugar común, tiene en su contexto más sustancia de lo que parece. Sin saberlo, ese arribista de medio pelo acaba de dar una de las muchas claves que se esconden en los rincones de la novela como si fueran migas de pan arrojadas por un Pulgarcito demente. Un libro en el que todos están constantemente reinventándose, engañándose y engañando a los demás a la sombra de lo que parece ser la gran mentira. Mentiras personales, mentiras oficiales y mentiras oficiosas. En los márgenes de los tres libros que componen la novela de Casavella ―novela que es una y trina, cómo ya sabéis quién―, se libra una batalla épica y subterránea entre dos tipos de ficción: la ficción que encadena y la ficción que salva. La ficción que es siempre el lenguaje del poder y la otra. Esa que, como la letra de una canción tarareada en un idioma desconocido al filo de un amanecer que se promete interminable, puede elevarte durante unos segundos y ayudarte a alcanzar las tierras de la Plenitud y lo Radiante.

Hay muchas canciones en El día del Watusi, también muchos amaneceres que se prometen interminables. A Francisco Casavella le llevó cuatro años escribirla, y las tres partes se publicaron por separado. Un crítico eminente saludó su última entrega diciendo que la novela era irregular, ambiciosa pero mal dirigida, que su  prosa era enérgica pero embustera. En cierto sentido, tenía razón: El día del Watusi no es una novela. Otro periodista escribió años después que El día del Watusi no era un libro para leer, sino para jugar. Un tipo de León leyó el libro después de haber vivido seis años en la Barcelona de Casavella y al terminarla decidió que no se había cansado de jugar. El resultado fue una fiesta en honor de la novela que se celebra en León cada 15 de agosto desde hace tres años.

Sé poco de Francisco Casavella. Que es uno de los pocos novelistas españoles recientes que me hacen sentir vivo. Que hay gente que lo odia y gente que lo adora. Que le gustaba el soul: en internet se puede encontrar un breve extracto del programa musical en el que se ve a un joven Casavella mascando chicle y hablando de la música del alma:

«Al principio había sido el blues, luego se juntó todo con el góspel. Vino Cassius Clay y todos empezaron a bailar. El rey era James Brown, luego había príncipes y sellos discográficos. Estaba Tamla Motown, estaba Stax y todo el mundo bailaba. Ahí la cosa estaba en la pista de baile y quien quisiera se movía, como Cassius Clay, precisamente, y quien no, pues tenía que mirar. Habían venido a bailar unos y a mirar otros.  Pero los que bailan (y los que cantan mejor) siempre son los negros».

El Watusi es un baile y también una canción bailonga del siempre bailongo Ray Barreto. El día del Watusi es, claro, el 15 de agosto. El 15 de agosto de 1971.

Francisco Casavella (1963-2008), escritor y soul boy

Francisco Casavella (1963-2008), escritor y soul boy

En el amanecer del 15 de agosto de 1971 dos niños hacen como que pescan en un muelle del puerto de Barcelona. Los dos viven en uno de tantos poblados de chabolas que en aquellos años se arracimaban a las afueras de las grandes ciudades españolas. Uno de los niños es Fernando Atienza, huérfano de padre, el mismo al que encargarán el «informe», que es la novela. El propio Fernando Atienza es el narrador del libro para jugar y  ―como todos los personajes que aparecen en su historia― está lejos de ser un narrador fiable. El otro niño es un gitano cojo ―y único amigo de Fernando―, conocido como Pepito el Yeyé por su afición a bailar canciones en inglés, canciones que reinterpreta en el idioma imposible nacido de las entrañas de un país tradicionalmente francófilo para celebrar el swinging world anglosajón, rebosante de minifaldas y melenas. Hacen como que pescan a la vez que se protegen de la lluvia con un trozo de plástico. No saben que ese día, 15 de agosto de 1971, es el día, su día, el día del Watusi, el día que les perseguirá durante toda su vida.

En las casi mil páginas que componen la trilogía, Fernando Atienza cuenta varias veces lo ocurrido  el 15 de agosto de 1971, cuenta como se lo cuenta a otras personas que a su vez se lo cuentan a otras personas. Así,  acaban inspirándose en lo que Fernando Atienza cree que ocurrió ese día para llevar a cabo planes increíbles: anuncios de detergente, libros conspiranoicos, sofisticadas estrategias policiales. Entonces, ¿qué demonios ocurrió el 15 de agosto de 1971? Digamos que hay dos niños, una joven muerta, sombras de monstruos del extrarradio, ecos de mafias internacionales y un personaje legendario: el Watusi. Un hombre misterioso del que todo el mundo habla aunque nadie parece haber visto, un misterioso asesino implacable y bailarín exquisito, al que dicen que un marine negro le puso ese nombre tras verlo bailar. También dicen que deja su marca ―una W― allí donde comete un crimen. En el día del Watusi dos niños recorren en coches robados la Barcelona tardo-franquista de los criminales pintorescos, las putas de diferente edad y condición, los primeros yonkis. En el día del Watusi hay un baile, un rumor y dos cadáveres.

Fernando Atienza quedará marcado por los sucesos de ese día. Su vida se convierte a partir de ese momento en un baile de máscaras, saturado de insectos ilusionistas. Entra a trabajar en un pequeño banco catalán, y su obsesión le lleva a llenar las paredes de toda la ciudad con la marca del Watusi. Transita los primeros días de la transición ejerciendo de hombre para todo de un partido político (el Partido Liberal Ciudadano) formado por los jefes del banco para purgar culpas y salvar culos. Estamos en ese momento en que la gente de postín se quita las “de” añadidas a los apellidos en circunstancias más propicias para la lírica. Los tiempos cambian y la democracia pide sacrificios. Las élites toman nota. Fernando asiste, cargado de las anfetaminas que marcaron una época en España, a situaciones descabelladas, como cuando el hombre de paja del partido ―un hombre tan abiertamente estúpido que uno no puede dejar de preguntarse si está ante un genio― se toma demasiado en serio su papel y confunde en un discurso El Príncipe, de Maquiavelo con El principito, de Saint-Exupéry. Pero todo se perdona, y parece que su sueño de trepador consumado va a cumplirse en los reservados de los puticlubes más exclusivos de Barcelona y Madrid, rodeado de los la oligarquía analfabeta que marca el camino a todo el país. Todo va bien hasta que los chanchullos que tratan de tapar sus jefes terminan por apestar demasiado y tratan de cargarle el muerto a Fernando, al que no le queda otra que desaparecer a la espera de su próxima reinvención.

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Años después, vemos a Fernando arrastrar su cuerpo maltrecho de esnifador resentido de after en after

Las anfetaminas ayudarán. Las recetas que ha ido acumulando durante su etapa entre las bambalinas de la política le sirven para convertirse en camello en un momento en el que el país entero parece de verdad querer ser otro. Estamos en la Barcelona preolímpica, y Fernando se patea los bares de modernos vendiendo anfetas a gente que trata de parecer más inteligente de lo que es. Todo el mundo quiere vestir de forma distinta, follar de forma distinta, drogarse de forma distinta. Conoce a Elsa, nadie representa mejor ese espíritu de renovación sin concesiones como Elsa. Secretaria en una agencia de viajes y consumidora de caballo, inventora de un idioma imposible, amante como nadie de las mañanas interminables, Elsa, la que ve lo que nadie ve. Es ella la que a su manera salva a Fernando y le da una misión, un objetivo. Entre los dos tratan de construirse un nuevo mundo que deje atrás esa España gris con olor a churrería. A través de las portadas de discos y de canciones con letras que ellos mismos inventan y que siempre son mejores que las originales en inglés. Elsa viste a Antonio como Michael Caine en la película Alfie y juntos juegan a construir una de esas ficciones que salvan, se trata de una reformulación privada de los códigos indumentarios mientras a su alrededor se libra una guerra invisible que deja los portales llenos de cadáveres con agujas en los brazos. La guerra invisible que perdimos en silencio.

La que pierde también Fernando, al que años después, vemos arrastrar su cuerpo maltrecho de esnifador resentido de after en after. Rodeado de un país que decidió condenarse y no salvarse, y al que detesta profundamente. En las páginas finales asistimos a un último intento de reinvención dentro de un mundo cultural que reconoce como cementerio de elefantes de la casimodernidad española. Que nadie espere una redención final ni una epifanía colectiva. Tampoco un sermón de Jeremías, Casavella no era ni un cursi ni un llorica. Hemos perdido la guerra y habitamos un país indecente, pero siempre hay margen para salvarse, porque uno puede contarse ―ser― y, además, siempre puede bailar: «¿pero a ver Marta, tú tienes ritmo o no tienes ritmo?».

Michael Caine en Alfie (1966)

Michael Caine en Alfie (1966)

Entre humo que confunde y mentiras que irritan los ojos llegarás al final de la historia que te cuenta Fernando en ese informe descabellado al que seguiré llamando informe ante la imposibilidad de llamarlo novela. Un informe en el que se consignan todas las mentiras más o menos aceptadas de nuestra historia reciente. Las mentiras que un país con pánico a mirar atrás se cuenta a sí mismo. Las mentiras que nos cuentan para que todo cambie sin cambiar (posverdades, dirán los cursis y los modernos). Las mentiras que ―entre baile y baile― nos contamos con la esperanza de salvarnos:

«Y sigo caminando cuando se apagan los ecos y se remansan las simetrías. Miro al frente y no veo a nadie. Miro hacia atrás y descubro que me siguen. Los ladrones, las putas los travestís. La mentira de sentirse mujer y ser hombre y que por eso te apedreen en tu pueblo. Ven conmigo. Querer detener el tiempo y morir en un portal, derrumbado en un banco. Seas rico o pobre. La verdadera democracia completamente gratis. La jeringa igualitaria. Ven conmigo. Los que no pueden soportar las discusiones de sus padres, sus desapariciones, sus vicios, sus miedos, los que quisieron tener la amistad como un culto, el sexo como un culto, la cultura como un culto, los que abrazan becerros de oro que son personajes sin existencia, en portadas de discos, en la oscuridad de los cines, en los susurros de los barrios extremos cuando cierran las tabernas, en papeles manchados de letras. Venid conmigo. Caminamos todos por el lineal laberinto griego como Aquiles y la tortuga, para romper los dientes del tiempo y de su ansiedad, los que solo encontramos el denso zumbido, el bailoteo de insectos ilusionistas, los que solo encontramos nuestras caras deformadas en el desprecio ajeno. «Miradas dan en mi para perderse». Venid conmigo. Los que murieron en esas guerras secretas. Venid conmigo. Los que no nacieron con el espíritu destruido, resignados, manejables, avaros. Venid conmigo. Los que deseaban la afinación perfecta con el infinito. Venid conmigo. Los que se revolvieron con la pasividad de un país infame. Venid conmigo. «Es lo que hay». Sí, y lo que habrá. Sube conmigo esta escalera espiral, burlaremos al oscuro Guardián del Límite, saludaremos al Guardián Radiante. Y seremos excéntricos en el otro país. Y seremos Nada».

 

Alejandro Alvargonzález

Alejandro Alvargonzález

Nace el mismo día en que el Sporting de Gijón queda eliminado de la Copa del Rey después de meterle cinco goles al Madrid. Hijo de una aristócrata venida a menos y un marinero inglés, al que nunca llega a conocer, estudia con los Jesuitas para después, en contra de la opinión de sus profesores, que lo consideran «un chico holgazán, inadaptado y de una inteligencia superficial», estudiar física en la Universitat de Valencia. Alberga la ilusión de lograr el doctorado. Fracasa, para regocijo de los susodichos profesores, y se sume en una profunda depresión. Tras una concatenación de extravagantes desdichas, termina viviendo en la ciudad de Ginebra y siendo vecino de Tina Turner. Allí descubre la música negra y su amor por el baile. Tras fracasar (de nuevo) como pinchadiscos de northern soul, se instala en Torremolinos. Allí reside en la actualidad acompañado de su perro, Otis, dedicado por completo a la literatura y al estudio de los clásicos. Asegura ser feliz.
Alejandro Alvargonzález