Obsesión estadística

Fotografía de Átomo Cartún publicada en Flickr bajo licencia CC
Fotografía de Átomo Cartún publicada en Flickr bajo licencia CC

En 1937, un inmigrante estadounidense de origen ucraniano, Simon Kuznets, parió una estrella.  Hoy en día, a sus 79 años, encabeza telediarios, acapara titulares, monopoliza campañas, agita tertulias. Inmune a los achaques de la edad, el Producto Interior Bruto (PIB) es el divo de los indicadores económicos. En las aulas de macroeconomía, a veces se dibujan gráficos sin su presencia en los ejes, pero casi siempre por error. Como todo indicador, el PIB tiene sus virtudes pero, en vista de sus limitaciones, su hegemonía en el debate público revela cierto fetichismo. El PIB aporta una aproximación crecientemente imperfecta del progreso material de una sociedad, que a su vez solo refleja parcialmente su progreso general.

La divergencia entre PIB y progreso material

A falta de EPO o anabolizantes que disparen la productividad en Excel, Spotify es el responsable directo de la mitad de lo que produzco en el trabajo después de comer. Me suministra Paul Simon por las mañanas, Tom Waits a medianoche y lo que le pida entre medias. Y a pesar de la vasta mejora que supone en mi día a día, Spotify forma parte de la saga de compañías digitales que aparentemente están hundiendo el negocio musical. En The Second Machine Age, Brynjolfsson y McAfee apuntan a que las ventas del sector cayeron de 12.300 millones de dólares a 7.400 millones entre 2004 y 2008. Sin embargo, nunca se ha escuchado más música: es el precio, no el valor, el que ha cambiado. El PIB es incapaz de capturar este fenómeno.

La misma lógica opera en el negocio de la prensa, dónde jamás se han leído y producido más artículos gracias a la revolución digital, pero donde los costes y las recaudación han caído con fuerza. Skype, Facebook, Twitter, Wikipedia, Youtube… han tenido un gran impacto en nuestras vidas sin apenas alterar el PIB.

Inmune a los achaques de la edad, el PIB es el divo de los indicadores económicos

Al PIB no solo le cuesta reconocer la introducción de nuevos productos al mercado: las mejoras cualitativas no suelen merecer su atención. El eminente economista William Nordhaus ilustra este punto en un estudio del sector sanitario estadounidense. Por sorprendente que parezca, la adopción de fármacos que eviten operaciones quirúrgicas invasivas no se captura en las cuentas nacionales. La mejora en la calidad de la atención sanitaria se traduce en una prolongación de la vida y una disminución del sufrimiento físico que todos valoramos muchísimo. Sin embargo, el PIB no refleja esta mejora; si lo hiciese, Nordhaus estima que el crecimiento estadounidense durante el siglo XX sería el doble del actualmente reconocido.

Thomas Piketty proporciona un tercer ejemplo de disfuncionalidad estadística en su Capital au XXIème siècle. Cuando los servicios sanitarios y educativos son públicos, su contribución al PIB equivale a su coste, mientras que si son privados, se contabiliza su precio final. Metodológicamente, es la solución menos mala, pero tiene implicaciones disparatadas. Si un país nacionaliza parcialmente su sector sanitario y consigue hacerlo más eficiente, su PIB disminuirá. En términos relativos, los estadounidenses se gastan un riñón más en salud que los británicos, lo que infla el PIB de los primeros con respecto de los segundos. Sin embargo los indicadores sugieren que el sistema de salud británico, con mayor participación pública, es preferible al americano.

El PIB es una medida agregada que no tiene en cuenta la desigualdad

¿Importa tanto el PIB (y sus derivados)?

«La estadística es la ciencia que demuestra que si mi vecino tiene dos coches y yo ninguno, los dos tenemos uno». Esta cita, atribuida a George Bernard Shawn, contiene la crítica más recurrente al PIB. Aunque midiese precisamente el progreso material, es una medida agregada que no tiene en cuenta la desigualdad. Emmanuel Saez apunta a que en el período de recuperación en EE.UU. de 2009 a 2012, el 91 % del crecimiento en los ingresos reales fue capturado por el 1 % de los trabajadores de mayor ingreso, mientras el 99 % restante apenas vió sus ingresos aumentar un 0,8 %. Este patrón no es exclusivo a los EE.UU. ni tampoco irreversible [1], pero sí ilustra la obsolescencia de la metáfora que equipara el crecimiento a la subida de marea que eleva a todos los barcos por igual.

Otra flaqueza del PIB es su ambigua relación con los índices de felicidad declarada. En 1974, Richard Easterlin formuló su célebre paradoja que establece que dentro de un país la felicidad de las personas aumenta con el nivel de ingresos pero, una vez por encima de cierto umbral, el PIB de un país no aumenta el nivel de felicidad agregada. Más de cuatro décadas después, disponemos de mejores datos e investigadores dispuestos a romperse la cara (casi) debatiendo la veracidad de esta paradoja. Por un lado, abundan datos más o menos sencillos en su favor. Por ejemplo, en multitud de países como EE.UU. y Reino Unido, los índices de felicidad declarada apenas han mejorado en los últimos sesenta años, aunque su PIB se haya triplicado. Por otro lado, en una serie de publicaciones, la pareja Justin Wolfers y Betsey Stevenson analizan los datos de satisfacción vital declarada del Gallup World Poll y hallan que la relación entre PIB y felicidad agregada es siempre positiva, aunque sigue una forma logarítmica. Esto implica que para un aumento equivalente del nivel de felicidad agregada de un país hace falta cada vez un aumento mayor del PIB conforme este país se va haciendo rico. Sin embargo, los datos parecen confirmar que a partir de cierto umbral, el PIB solo explica una pequeña parte de la variación de felicidad entre países.

Más allá de la felicidad, el PIB omite una larga lista de componentes del progreso: derechos políticos y civiles, salud, ocio, acceso a la cultura… Un caso particularmente espinoso en las últimas décadas concierne la gestión del patrimonio ecológico. Si Brasil convirtiese el Amazonas en un gigantesco parque temático, su PIB se dispararía, pero pocos refutarían que la destrucción de la selva empobrecería al país. Además, académicos como William Easterly critican que en los países menos desarrollados, los datos socioeconómicos cuantificables —el PIB entre ellos— suelen promoverse en detrimento de los derechos y libertades de los ciudadanos.

Los índices multidimensionales consiguen capturar una visión más fidedigna del bienestar de una sociedad

¿Por qué triunfa el PIB?

En vista de sus limitaciones, la popularidad del PIB se explica al menos por dos motivos. Primero, cuenta con virtudes que apenas hemos mencionado. El PIB y sus derivados —PIB per cápita, PNB, Renta Nacional, etc.— tienen la ventaja de la simplicidad: detalles metodológicos aparte, todo el mundo los entiende. Además están correlacionados con magnitudes positivamente valoradas por casi toda la sociedad: empleo, gasto sanitario y educativo, recursos policiales, etc. El PIB permite una comparación del desarrollo económico entre países transparente para identificar políticas más o menos afines a su crecimiento, independientemente de si este se considera deseable.

En segundo lugar, la competencia del PIB sigue relativamente verde. ¿Hacen falta varios indicadores o solo uno? Los defensores de un indicador estrella, como sir Richard Layard, suelen apostar por la felicidad. Adoptando una posición plenamente utilitarista, argumentan que la felicidad es el bien último al que aspiramos como individuos y al que debemos aspirar como sociedad. Evidentemente, esta posición se enfrenta a potentes críticas filosóficas —una vida honorable o plena puede ser preferible a una feliz— y metodológicas. ¿Cuánta felicidad de un colectivo compensa el sufrimiento de otro? ¿Deberíamos incluir el bienestar de los animales en este indicador? ¿Cómo? Además, muchos investigadores dudan de la validez de las medidas de bienestar subjetivo, como Angus Deaton y Anne Case al estudiar la ambigua relación que estás tienen con las tasas de suicidio.

Un enfoque alternativo, impulsado por Stiglitz, Sen y Fitoussi entre otros, consiste en agregar varios indicadores —salud, empleo, tiempo libre, ingresos…— como ofrece el Better Life Index de la OCDE. De este modo, se pierde en sencillez y transparencia pero, en mi opinión, el sacrificio merece la pena. Los índices multidimensionales consiguen capturar una visión más fidedigna del bienestar de una sociedad y, aunque no hayan emulado aún el glamour del PIB, tengo la modesta esperanza de que pronto lo desbanquen del centro del debate económico.

[1] ^De hecho, la tendencia parece haberse revertido en 2013, cuando el 1 % sufrió un retroceso relativo en su ingresos.

Pablo Peña Corrales

Pablo Peña Corrales

Estudió en el University College London y Sciences Po Paris. Pablo ha tenido la suerte de conocer un cachito de América Latina trabajando en Lima en prevención del trabajo infantil, aprender algo de consultoría estratégica en Madrid y ayudar a estimar en Londres el impacto de la educación temprana en Reino Unido. Le apasionan las ciencias sociales y las humanidades, en especial la economía y filosofía política, el desarrollo y la economía aplicada.
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