La bicicleta remueve las sombras
como un reloj sobre el camino rojo
que pisa la arena. Andan de la mano,
y corren radiantes las voces de otros niños por la playa.
Vayamos hacia el puerto.
Ladran las nubes en ocasiones
a los perros que en la orilla se niegan a beber,
pues sus lenguas de algas no soportan la sal.

Pedaleamos hasta el puerto
¡y mira los botes tan pequeños!
De azul y verde frente al gris
de los que lejos buscan su ruta
hacia China o alguna América lejana.
Y veo a las velas encenderse y navegar
como latentes latidos de la brisa,
que insiste – insiste – insiste.

Arrimándonos de vuelta a un muelle
donde nunca hubo fábulas, marineros, ni piratas,
solo una furgoneta amarilla con helados.
Y engullimos sentados en el muro
moviendo rápido las piernas.
Arriba y abajo.
Arriba y abajo
intentando hacer más grandes a las olas.