Es como intentar pedir ayuda pero todo el mundo está cansado de escucharte. Todo el mundo está cansado de ti. A veces te miran con cara de: ¿ahora qué? No te pasa nada, eres un adolescente sano, con un par de ojos, un par de manos, una familia que te quiere, estás en la flor de la vida. ¿Por qué no lo intentas un poco, no ves que nos estás haciendo sufrir muchísimo?

Como si dependiera de tener un par de manos.

Cuando a Peter Yu le sonó la alarma, justo acababa de abrir los ojos.

Miró el reloj: 6:45 a. m. Hola lunes. Hola Seúl.

Hoy iba a ser el primer día de universidad para Peter Yu.

Hoy era un día especial. Había sido un camino largo y accidentado hasta aquí, desde el colegio, pero ya se sentía con fuerzas.

Después de 8 meses con medicación llevaba una temporada buena. Cada vez menos pastillas y la idea era cortarlo del todo pronto, muy pronto.

Peter Yu se levantó de la cama como no todos los días y, lleno de energía, cumplió con sus aseos para dirigirse con paso alegre a la diáfana cocina de los Yu. Los ventanales sugerían el vacío y al otro lado rascacielos similares conformaban el paisaje: rascacielos hasta donde alcanza la vista.

Su padre y su madre ya desayunaban. En silencio, como siempre, y papá con el maletín preparado para salir.

 

—Ah mira, por fin te has levantado.

—Sí, papá, hoy empiezo la universidad.

—Muy bien. Suerte, hijo. Bueno, me tengo que ir. Adiós Peter.

—Adiós papá.

 

Papá salía siempre a exactamente la misma hora de casa para llegar siempre a exactamente la misma hora a su oficina.

Mamá solía desayunar hasta un poco más tarde, antes de salir.

 

—¿Qué tal, Peter, cómo te encuentras?

—Bien, mamá, muy bien.

—¿Has tomado la medicación?

—Sí, mamá, claro.

—Bueno, ya sabes que si no te encuentras bien me puedes llamar y te recojo enseguida, ¿eh?

—Claro, mamá.

—Bueno, ale, que vas a llegar tarde.

—Hasta luego, mamá. Mmmuak.

—Llámame en cuanto acabes tus clases. Mucha suerte. No seas tímido con tus compañeros y acuérdate de mirar a la cara a tus profesores cuando te hablen.

—Vaaale. Adiós mamá.

—Adiós Peter.  ¡Pásalo bien!

 

La calle siempre era una aventura para Peter Yu. Un mundo lleno de números en movimiento, objetos, personas en tránsito.

¿Cuántas gotas le caerían encima si se quedaba quieto un minuto bajo la lluvia?

¿Cuánta gente iba a trabajar en coche cada mañana en Seúl?

Seúl era muy limpio, por lo menos por donde vivía él, aunque a veces se preguntaba si no era estéril, más que limpio. No se veía ni un papel o una colilla… Y toda esa gente corriendo de un lado a otro… ¿A dónde iban con tanta prisa?

Enseguida bajó al metro. La gente llenaba los vagones con la mirada pegada a los smartphones y las tabletas. ¿Generación Y?

De pronto SSSSSSSsssssp ya estaba en la universidad. El metro en Seúl es una maravilla.

«Welcome to Seoul National University».

Todo estaba muy bien. La gente parecía contenta y había muchísimas chicas. Peter no cabía en sí de emoción.

En recepción preguntó por la facultad de Informática. Hoy era la presentación del plan de estudios en el aula 2.306.

«Ve a la facultad de ingeniería y sube a la quinta planta. Cruza el puente. Detrás de una puerta de cristal se abrirá un pasillo a la izquierda. Al fondo encontrarás el aula 2.306».

Peter fue.

Peter Yu siguió la descripción de la recepcionista al pie de la letra. Después de escaleras, patios y pasillos llegó al ascensor de la facultad de Ingeniería.

Un chico con pinta simpática le sonrió en el ascensor. Durante un momento pensó que iban los dos al mismo aula. Seguramente irían a la misma clase y se harían amigos.

Los fines de semana tomarían cerveza en los bares donde se podía bailar y que se llenaban de gente. Lo pasarían muy bien.

Qué ganas de esta nueva fase, este amanecer de libertad en el ocaso de su adolescencia.

Planta 5. Peter se bajó del ascensor. El otro chico no se bajó. Solo se despidió amablemente con la cabeza.

«Bueno, no pasa nada» pensó Peter. «Seguro que conoceré a un montón de gente simpática en la presentación».

Delante de él la puerta de cristal que le habían descrito. Fuera un entramado de puentes y pasillos de metal colgando al aire libre.

«Allá vamos» se dijo Peter.

Hacía frío, el frío desagradable y húmedo de Seúl en febrero. Parece que va de dentro hacia fuera, de dentro de los huesos mojados hacia afuera, al aire cortante y contaminado de la ciudad.

Peter oyó cómo se cerraba la puerta de cristal detrás de él y cruzó el puente para llegar a una entrada que había al otro lado. Una vez allí la puerta no se abrió.

«Extraño» pensó Peter. Siguiendo por un pasillo que rodeaba el edificio por fuera Peter probó varias puertas que daban al exterior. Todas cerradas. Decidió volver a donde  había salido. Bajaría un piso y volvería a preguntar a quien fuera. Todavía tenía tiempo, faltaban unos 20 minutos para el comienzo de la presentación.

A Peter le gustaba llegar pronto. Odiaba agobiarse.

The thinker in the dark - A5. Fotografía de Hartwig HKD. Bajo licencia CC.

The thinker in the dark – A5. Fotografía de Hartwig HKD. Bajo licencia CC.

Una vez en la puerta de partida Peter presionó el manillar y empujó varias veces pero no se movió nada.

«Maldita arquitectura moderna» pensó. «¿Ahora qué?».

Había un puente al otro lado, con otra puerta al final, pero tendría que bajar un piso por unas escaleras de incendios —que le daban un poco de vértigo— y cruzar por un sitio estrecho y volver a subir unas escaleras de incendios para llegar.

«¿Qué ha pasado? Si hoy era un día fantástico…».

Con mucha fuerza de voluntad Peter llegó a la otra puerta. Respiró hondo y apretó el manillar. Por un segundo imaginó que se abría. Que ya estaba en una habitación calefactada y como si nunca hubiese pasado este frío y este agobio inútiles. Ya estaba dentro junto a sus nuevos compañeros. A los 90 minutos de presentación harían una pausa y saldrían todos a hablar y él iría un momento a una máquina expendedora para comprar un refresco, pero no importaría, porque seguro que le acompañaba alguien y seguían charlando. Unos pocos saldrían a fumar pero él se quedaría dentro esperando. Hablarían de las fiestas de la época universitaria. O de los colegios de los que cada uno venía. Seguro que alguno conocía a alguien de su colegio. Aunque en realidad mejor no, por si acaso. Durante el último curso no se había encontrado muy bien y no quería generar rumores. ¿Habría extranjeros? A lo mejor algún estudiante de intercambio. Quién sabe, quizás una estudiante francesa a la que le gustaba quedarse despierta hasta tarde viendo películas en blanco y negro. Sí, eso estaría bien.

Pero la puerta no se abría por mucho que Peter se esforzase.

«Claro que no se abre. ¿Por qué se iba a abrir? ¿Cuándo se ha abierto alguna vez? Es la historia de mi vida. Siempre crees que de pronto todo va a cambiar pero luego nunca es así. Nunca cambia nada. Siempre perro negro en todas partes».

«¿Y ahora qué?».

Peter volvió a probar todas las puertas y a bajar y a subir las escaleras, aunque fuera para olvidar el frío.

NADA.

«Mamá siempre dice que al final todo saldrá bien, pero es mentira».

«No lo dice con mala intención. Pero en el fondo también sabe que la vida es una mierda. Hay un par de momentos de felicidad en la inconsciencia de la infancia pero cuando llega toda la basura no hay quien se salve. Mírala. Todas las noches acostada junto a la langosta de mi padre. Todos los días trabajar para vivir y vivir para trabajar. Y los dos llevan 25 años así. Acabarán pagando el piso en la vida eterna».

«¿Y todo para qué? Para pasar dos semanas al año en una playa de Tailandia llena de turistas, emborrachándose con cócteles y hablando de los viejos tiempos».

«Me da asco».

«Si me pasara algo, a papá le daría tan igual que no sería ni capaz de pretender estar dolorido. Sería como “Peter está mal, mierda tengo que llevar el coche a revisión, ah y que no se me olvide descargar las presentaciones que necesitamos para la reunión en Nueva York, la última vez casi se me olvidan por culpa del incompetente de Lu”».

«¿Cómo puede ser tan escaso esto, tan poco de todo? De verdad que quiero intentarlo pero es tan difícil. Si ves las cosas por lo que son, ¿qué queda realmente,que merezca la pena?

Papá piensa que soy un blando, que no soy nadie. Mamá no aguanta esta vida pero ¿qué le va a hacer?

A  veces siento que somos como galgos corriendo detrás de una liebre mecánica. Nos colocan delante un cebo virtual fuera de nuestro alcance y ale. Somos más baratos que robots, seguro. En la televisión aparecen anuncios de propiedades en Florida y yates gigantescos. Entrevistan a jugadores conocidos de la NBA y futbolistas de moda que salen haciéndose fotos en discotecas con montones de botellas de champán.

Pero luego no hay nada. Seguramente los famosos ni existan. Son una ilusión que crean las grandes compañías para que sigamos trabajando y consumiendo. Bebe Coca Cola y sé como uno de ellos, la gente famosa. Jennifer L. , James F. o Zack G. o cualquiera de las sonrisas intercambiables de la gran pantalla. Si no tu vida es un fracaso.

Trabaja duro para ser rico algún día y así a lo mejor conocerás a algún famoso.

¿Y si nunca lo llegas a ser? ¿Si solo ganas lo suficiente para vivir más o menos bien?

Te jodes.

Y todo es siempre igual. De repente te ilusionas, crees que sí. Parece que le gustas a la amiga de tu amiga. Justo lo que necesitas, querer a alguien y que alguien te quiera. Además te gusta, es graciosa y tiene trenzas cuando sonríe.

Pero no. Al final resulta que no, resulta que le gusta ese de tu clase que te cae fatal y te das cuenta de que por eso el tío lleva meses sonriéndote irónicamente.

Peter tenía frío y estaba empezando a agobiarse.

«Bueno, siempre puedo llamar a mamá, aunque sea para preguntarle qué hacer».

Batería agotada.

«Mierda, joder».

«¿Cuánto tiempo llevo aquí?». En el reloj de Yu los números se veían borrosos. «Se habrá estropeado, maldita sea».

«Todo esto para qué. Siempre ando en círculos y nunca va a acabar. Lo siento, esta jaula es interminable. ¿Cuál es el sentido de sufrir ciegamente?».

«A tomar por culo».

Peter miró hacia abajo desde el puente. Cinco pisos hasta el suelo. Cinco pisos hasta la libertad.

Su familia guardaría luto una temporada pero al final incluso ellos sabrían que era lo mejor para todos. A mamá le costaría un poco más pero también lo acabaría entendiendo. Peter no estaba hecho de la madera de vivir.

Se imaginaba a su hermana pequeña hablando de él. Sobre lo mucho que le echaba de menos. Mejor que le echara de menos, recordándole con cariño, que acabar siendo el lastre emocional que estaba destinado a ser para todos los que le rodeaban.

Se podía imaginar a su hermana pequeña hablando de él.

«Mi hermano era muy especial, una persona muy sensible e inteligente, un auténtico ángel».

A sus amigos también. Harían un acto en el colegio. Seguramente colgarían una fotografía suya en el pasillo principal y el director daría una pequeña charla sobre el chico estupendo que había sido y que nunca tenían que olvidarse de ser solidarios y atentos con sus compañeros.

«En este mundo solo hay dos tipos de personas, suicidas y no suicidas. No todos los suicidas se acaban suicidando, pero parece que nunca se consiguen adaptar a lo hostil y ajeno de la vida. Es como si no apreciaran el vivir por vivir».

Decidió hacerlo.

«Jodeeeeeeeer».

Peter se había colocado de pie en la barandilla del puente.

«No puedo, no puedo hacerlo».

Peter se bajó y reclinado sobre la barandilla por unos segundos trataba de recuperar la respiración.

«No puedo joder. Es imposible».

Se bajó y se quedó de cuclillas, mirando el suelo. Amando el suelo. Amando a los arquitectos de la maravillosa estructura metálica sobre la que se encontraba.

Peter volvió a mirar al horizonte, al horizonte lejano y los edificios de la ciudad.

Anochecía sobre Seúl y nada había cambiado. Su familia ya estaría en casa, a punto de cenar.

Y el aquí, en su  pozo de cristal. Siempre había estado atrapado en un pozo de paredes lisas llorando mientras sus manos resbalaban una y otra vez contra los muros.

Y de pronto se dio cuenta. Peter se dio cuenta de que ya no tenía miedo, sabía que había cruzado una línea invisible y que ya no había vuelta atrás: la salida del pozo era por abajo.

«Aquí ya no hay nada para mí».

De un solo movimiento Peter Yu se subió a la barandilla y saltó al vacío de cabeza.

Justo antes de chocar frontalmente contra el asfalto, Peter Yu recordó una sensación feliz de su infancia. Su madre le leía un libro de aventuras de Karl May en la cama antes de acostarse. Peter recordó la perfección de ese momento. Su padre había vuelto de trabajar, entró en la habitación sonriendo y se sentó junto a ellos. Toda la familia reía. Del bolsillo sacó una cajita.

«Es para ti, Peter, tu primer reloj. Guárdalo bien, el tiempo es muy importante, hijo. Te quiero mucho».

¿Se había equivocado?

A las 08.10 a. m. la señora Yu después de llamar con insistencia a la puerta se encontró a su hijo Peter todavía tumbado en la cama.

«Vamos, Peter, levántate, que hoy es el primer día de universidad».

Al sacudirle cayó de su mano izquierda, que colgaba a un lado de la cama, una pequeña navaja.

En cada muñeca se veía un corte profundo. Las sábanas estaban llenas de sangre. Peter tenía los ojos abiertos pero vacíos detrás de una mirada opaca al infinito. Allí ya no había nadie.

La señora Yu dio un paso atrás. El horror formándose en su boca todavía no tenía palabra.

Pasaría mucho, mucho tiempo hasta que las cosas volvieran a la normalidad pero en el fondo de su corazón la señora Yu ya le había perdonado por todo.

«Adiós hijo mío, adiós, no tengas miedo. Te quiero. Todo va a salir bien, Peter».