1

Todo se me ha vuelto sed en el vicio admirable de la ciudad al que

infracciones, jovencitas, ponen su firma de tímpanos rotos y al almuerzo

aliñan desgarro.

Todo amanecido de sensación cardíaca, en el cuajo frío del valium y tu

profundo sueño.

Al licor distante de tu ingle adeudo esta furia.

 

2

Jugar al buscaminas de tus días malos, con el foco de la bofetada en mis

gafas de Trotski.

Calendario con no más observancia que la de las burbujas, tan alevosas en

tu encuadre −ruin, ruin encuadre− de buenismo, del que ya nada te

cuestionas: «otra noche que no vienes». Otra noche que no vengo, por

causa de las burbujas; ya ni eso te palpita, amor.

 

3

Coloniza la amapola extensas praderas, en solicitudes que al cardo

borriquero espantan.

Facilita el recorrido a tu mejilla, cálida de sobremesa en casa de los suegros.

Cálida de jersey de cuello vuelto del que

cuelgan medallas religiosas, por Moratalaz. Finales de los ochenta.

La amapola lo hace todo más fácil:

Si extiende una asiduidad entre dos, esta asiduidad enseguida amor.

Si trae el recuerdo de una promesa hoy ociosa, dolor insoportable.

Si…

De ahí que se instalen las alfombras rojas en momentos de avatar primitivo

–que vienen siendo los sentimientos. Se parapetan de deseo, complacidas

en el filo de una boca entrando en más bocas. Y que ninguna sepa igual…

Esto también es por la amapola.

 

4

Nadie que dijera cómo cuidar de un hijo, cuán agónica la debilidad de

una fiebre severa, cómo de larga la frase de mi epitafio.

En su lugar, desmayo a festivales de música, me instalé en

amoxicilinas y convine cremación, con dos o tres personas de mi

confianza.

Tengo asegurados varios pares de lágrimas. Cuando me vaya.