El que sea valiente que siga a Patti Smith

Fotografía de Chris Boland bajo licencia CC
Fotografía de Chris Boland bajo licencia CC

 

Este artículo forma parte del recorrido NOSOTRAS, que reúne a grandes iconos femeninos del siglo XX, mujeres artistas del panorama actual e iniciativas culturales que luchan por la igualdad de género.

 

Diría que leyerais cualquier cosa de Bolaño. A todos los grandes clásicos. La letra escarlata, Moby Dick, a Murakami. Pero 2666 de Roberto Bolaño es la primera gran obra del siglo XXI.

Patti Smith

Probablemente el texto que mejor condense el espíritu de la generación beat sea el poema El principio de Aullido de Allen Ginsberg, que comienza con un «vi las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura». Y es que este movimiento literario y fenómeno cultural supuso una reacción a la moral establecida, una autopista a las noches de alcohol y trementina, de hoteles sin agua caliente en los que los jóvenes se dejaban crecer la barba al estilo de los personajes de Kerouac y Burroughs.

Patti Smith (1978) vía Flickr/Stephen L Harlow

Patti Smith (1978) vía Flickr/Stephen L Harlow

En el momento de publicarse el poema, Patti Smith era una niña espigada y taciturna apenas capaz de impedir que sus calcetines cortos desaparecieran dentro de sus zapatones. Pero ya leía: su madre le había dado un libro de Poemas de grandes poetas para niños, por el cual entró en contacto con Yeats, Blake o Sandburg. «Llega la niebla con sus patitas de gato». No entendía todo, pero le encantaba. Y como fue una niña enfermiza, creció leyendo a Stevenson (otro niño enfermo) para matar las horas desde la cama. A los quince descubrió a Rimbaud, quien todavía le cautiva y del que dirá que siempre la ha acompañado. A él debe sus primeras ansias de escribir poemas propios, «ya que me dio otra manera de abordar la poesía, a través del poema en prosa». Gracias a estas influencias de las que se fue empapando, Smith llegaría un día a ennoblecer el rock llenándolo de contenidos intelectuales.

Cada vez que leía un poema, rompía el papel o agarraba una silla y la tiraba contra la pared. Resultaba increíble, magnética. Joey Ramone, del grupo punk The Ramones

Huyendo de un bucle de trabajos precarios, con apenas algo de ropa, lápices para pintar y, sí, un libro de Rimbaud, en 1967 Patti llegó al Nueva York de las contraculturas, de la mencionada generación beat o el más reciente movimiento hippie. Sin apenas referencias ni dinero para mantenerse, comenzó a trabajar como dependienta en la librería Scribners de Manhattan, en la que ya «soñaba con tener un libro propio, o escribir uno que pudiese poner en mi librería». En estas circunstancias conoció a uno de los mejores fotógrafos de su tiempo, Robert Mapplethorpe, y a quien ella llamó «el artista de mi vida».

Robert Mapplethorpe (1980). Vía Flickr/Elvert Barnes

Robert Mapplethorpe (1980). Vía Flickr/Elvert Barnes

Smith entró en la literatura antes que en la música. Como rememora en la primera parte de su biografía Éramos unos niños(2010), poco a poco, y gracias a Robert, fue mezclándose con los protagonistas de la vida bohemia del Nueva York de los setenta. Envueltos en una relación amorosa se mudaron al Hotel Chelsea, icono de la época por ser un improvisado centro cultural y literario y donde harían amistades clave. Patti y Robert no tenían apenas dinero para llenarse el estómago, pero si la actitud y el perfil de compartir mesa con un ya famoso Andy Warhol. Este ambiente estimuló mucho a Patti, quien comenzaría a concebir el arte como única misión de su vida y confesaría: «Secretamente, supe que me había transformado, movida por la revelación de que los seres humanos crean arte, que ser un artista supone ver lo que los otros no ven». «Nadie ve como nosotros lo hacemos, Patti», le diría Robert Mapplethorpe.

Me parece más viva la literatura e impronta de Bolaño, que las últimas dos décadas del flamante premio nobel, Mario Vargas Llosa. Patti Smith

Así fue que la Smith empezó a moverse a favor de sus impulsos creativos, se acercó a lo que quedaba del entorno de la generación Beat, acudiendo a los recitales de Ginsberg o a las reuniones en el 222 de Bowery donde vivían William Burroughs y John Giorno. Ella diría de Burroughs que «era inaccesible para una chica, pero, de todas formas, yo lo amaba», y él diría de Patti: «es una estrella». Con la compañia de Lenny Kaye a la guitarra, la belleza andrógina empezó a recitar poesías en la iglesia de san Marcos y en pequeños clubs. Pelo despeinado y botas de minero, se tocaba el pecho para pronunciar: «Jesús murió por los pecados de alguien, pero no por los míos», para rematar el tema afirmando: «Mis pecados son míos, me pertenecen a mí, a mí». Joey Ramone, el cantante del grupo punk The Ramones, contaba que Patti «cada vez que leía un poema, rompía el papel o agarraba una silla y la tiraba contra la pared. Resultaba increíble, magnética».

Carl Solomon, Patti Smith, Allen Ginsberg y William S. Burroughs (1977). Vía Flickr/Marcelo Noah

Carl Solomon, Patti Smith, Allen Ginsberg y William S. Burroughs (1977). Vía Flickr/Marcelo Noah

Smith afirma que la literatura siempre ha sido el centro de su existencia. Tan solo cinco años después de llegar en blanco a Nueva York, publicaba su primer poemario, Seventh Heaven, en el que homenajea a Céline, del que curiosamente dirá: «Nunca he logrado acabar uno solo de sus libros porque son demasiado intelectuales», pero del que admira su uso del lenguaje. Luego vendrían más obras y en 1975 su primer álbum musical, Horses, por el cual obtuvo su merecido título de «madrina del punk», ya que redefinirá la música, el performance y el estilo.

Me gusta la poesía de Nicanor Parra porque es rebelde y humana. Patti Smith

Portada del albúm Horses (1975). Fotografía de Robert Mapplethorpe

Portada del albúm Horses (1975). Fotografía de Robert Mapplethorpe

Smith confesó que mientras Robert le sacaba la foto para la portada estaba pensando en Baudelaire. Por algo Janis Joplin la llamó: «la poeta». Sin embargo, aun manteniendo la línea francesa, los setenta fueron la década de Rimbaud: encendías la radio o asistías a un concierto de rock y oías entonar el nombre de Rimbaud a cualquier músico joven. Junto a pioneros como Bob Dylan y Jim Morrison, Patti Smith fue la artífice de esto, de acercar la figura del poeta maldito a una numerosa audiencia. Como señala la escritora Moira Egan, Smith ha contribuido al «progreso de integrar elementos que por demasiado tiempo han sido tratados por separado, incluso han sido incompatibles». Rimbaud, el primer punk: él ya había huido del hogar porque no quería hogar sino ser un vagabundo, había cantado a los vicios, fumado opio y mantenido relaciones homosexuales en una Francia encorsetada. Rimbaud, el primer punk porque sacó algo tremendamente delicado y bello de la degeneración y, ante tal resultado y sin mirar atrás, lo abandonó.

 

«Oh Arthur Arthur. estamos en Abisinia, en Adén. Haciendo el amor.

Fumando cigarrillos. Nos besamos. Pero es mucho más. Azul brillante».

Sueño de Rimbaud, Patti Smith

Silla de Roberto Bolaño y cubiertos de Arthur Rimbaud fotografiados por Patti Smith.

Silla de Roberto Bolaño y cubiertos de Arthur Rimbaud fotografiados por Patti Smith.

Por labores como la difusión de la obra de Rimbaud en el mundo anglosajón, Patti Smith ha sido condecorada por el gobierno francés con la Orden de las Artes y las Letras. Por el impacto de Eramos unos niños, recibió el Chicago Tribune Literary Award. Muchos de sus contemporáneos se quedaron atrapados entre los aullidos que advertía Ginsberg, pero ya lejos del ardor de los setenta nuestra protagonista sigue reinventándose. En su último álbum, Banga (2012), junto a su ya inseparable Lenny Kaye, Smith refleja «cosas que he estado estudiando» los últimos años.

A la gente le resulta difícil comprender que una cantante de rock pueda escribir poesía. Patti Smith

En este encontramos influencias tan variadas como las referencias a san Francisco de Asís, Tarkovsky o a autores rusos como Gogol (del que sobretodo admira su cuento El capote), Nabokov o Bulgakov (especialmente en cuanto a su satírica y oscura novela El maestro y la margarita, titulando su álbum Banga en honor al personaje perro), demostrando una vez más, que en su caso la incorporación de la literatura en el punk es, simplemente, algo natural. «Mi amor por la literatura permea mis canciones, mis poemas». A Patti Smith se la conoce sobretodo por su música, pero ella también se siente escritora: «en América no tienen una visión holística de los artistas, sino que te encasillan, y por el hecho de cantar rock a la gente le resulta difícil comprender que una cantante de rock pueda escribir poesía».

Además, Smith ha sabido aprovechar el magnetismo de su figura para intervenir en todo lo relacionado a sus referentes literarios: ya sea organizando un concierto especial en Haworth para apoyar al Bronte Museum, escribiendo una reseña de la última obra de Murakami en The New York Times,un prólogo a El Astrálago (1965) de Albertine Sarrazin o declamando magistralmente extractos de la obra de Virginia Woolf.

Hace ya mucho que Patti leyó a Nicanor Parra en las traducciones que de sus poemas y antipoemas hicieron en los sesenta el mismo Ginsberg, William Carlos Williams, Lawrence Ferlinghetti y Thomas Merton, entre otros. Incluso en el 2012 acudió a la entrega del Premio Cervantes a Parra. Antes de la ceremonia, Smith había señalado que le gustaba «la poesía de Nicanor Parra porque es rebelde y humana», y ya finalizada esta, Colombina, la hija del poeta chileno, cuenta cómo se fueron a celebrarlo: «tocamos en un bar de Madrid, donde leyó un poema que le escribió a mi padre. Es muy admiradora de su trabajo».

¿Qué sabe Aira? Si no es más que el escritor. Patti Smith

Y de Nicanor Parra a su amigo y compatriota Roberto Bolaño, con quien Patti además comparte su interés por los beatnik. «Bolaño es como el rock and roll, al lector le da una sensación de revolución, de energía sexual, de pecado floreciente». Y confiesa: «Me parece más viva la literatura e impronta de Bolaño, que las últimas dos décadas del flamante premio nobel, Mario Vargas Llosa». Y es que Patti Smith opina que 2666 es la primera obra maestra del siglo XXI. De ahí que se culpe por haber descubierto a Bolaño una vez muerto, ya que si hubiese llegado antes podría haber ido a Blanes a conocerlo. Pero a falta de esto, Patti ha participado en numerosos homenajes al escritor chileno: ya sea asistiendo a la inauguración de una calle a las afueras de Girona llamada Roberto Bolaño o tocando junto a su hijo Lautaro una canción compuesta a su padre.

Patti Smith en Rosengrten (1978). Fotografía a través de Flickr/Klaus Hiltscher

Patti Smith en Rosengrten (1978). Fotografía a través de Flickr/Klaus Hiltscher

Está claro que la pasión de Patti Smith hacia sus lecturas y sus autores es una pasión muy activa. Incluso puede parecer entrometida. ¿Pero quién no participaría, si pudiese, en la vida, o en los flecos de esta, de a quien genuinamente admira? ¿No habría además que aplaudir cuando se da la excepción en la que un icono de masas digiere y contribuye a la promoción de algo tan poco popular como la literatura? ¿No actuaría ella como el ingrediente cool del que tantas veces carece el envoltorio de las letras?

Artefacto de Nicanor Parra

Artefacto de Nicanor Parra. Vía Flickr/wtf ftw

Desde que Patti Smith leyó Iluminaciones de Rimbaud, es consciente de que existe un puñado de gente de especial sensibilidad y profundo manejo de la palabra escrita. Desde entonces se ha dedicado a la persecución de estos iluminados. Ella misma justifica este culto a la personalidad de la siguiente manera: «No se trata de idolatrar a un héroe. No es que tenga baja autoestima. Me siento magnificada por esa gente. Tuve una conversación con Allen Ginsberg sobre esto en concreto. Él era como yo, a su manera. Sentía que paseaba con Blake y Whitman. Ellos eran su gente».

Patti, ¿nos la ha jugado el arte? Robert Mapplethorpe

La propia Smith cuenta como se encontró al escritor César Aira en una conferencia en Dinamarca y «estaba tan emocionada con su presencia que corrí a cruzarme en su camino como un San Bernardo, pero una vez que lo tuve al lado, todo lo que se me ocurrió decirle fue que me parecía un hombre increíble». «También le dije que Un episodio en la vida de un pintor viajero me parecía una obra maestra», continúa Smith. Aunque para su sorpresa, Aira le respondió que a él le parecía que no era más que una pequeña historia. «¿Qué sabe Aira?» se pregunta Patti, «si no es más que el escritor». Esta anécdota la incluiría en una reseña sobre los cuentos de El cerebro musical, en la que admira el ojo cubista de Aira por ver las cosas desde muchos ángulos al mismo tiempo. «¡Ave César!» clama el final de la reseña, «solo puedo maravillarme por la cantidad de hilos que teje para contar sus propias historias».

Cuando Bolaño dijo: «El que sea valiente que siga a Parra», estaba pensando en personas como Patti Smith

Patti posando con su cámara. Vía Flickr/Casa de América

Patti posando con su cámara. Vía Flickr/Casa de América

Patti Smith es consciente de que no es ninguna profesora ni catedrática de literatura y no pretende dar lecciones a nadie. Si habla de sus lecturas y admirados escritores es porque a la gente le interesa su opinión, y así ella, que se siente en deuda con estos, contribuye con lo que está en sus manos. Además, como ha venido demostrando hasta sus 69 años y en sus propias palabras: «simplemente siempre he hecho lo que he querido». Y esto es algo que no se le puede retirar. Cuando Bolaño dijo: «El que sea valiente que siga a Parra», estaba pensando en personas como Patti Smith.

Cuando Patti era una niña pequeña del sur de Jersey, su madre le cantaba, con voz apagada, a ella y a su hermanos «Qué será, será» de Doris Day. Actualmente, la rockera escucha mucha música clásica, en especial a Glenn Gould, aunque nunca ha abandonado la compañía de Jimi Hendrix, John Coltrane o de cualquier sonido que la inspire para escribir. Mientras su hija toca con su banda en la habitación de al lado, Smith abre al azar 2666 para caer en la página 201. Lee: «La noche anterior a la excursión, Amalfitano oyó la voz por primera vez». En cambio, años atrás, su lectura era Poeta en Nueva York. Se empapaba de esta para luego escribir «una cosa muy lorquiana», El almendro, que hablaba de un muchacho que mataba a su hermana y a su madrastra bajo la luz de la luna, y que acababa con él exclamando: «¡Dios, muertas sois tan frías como cuando vivíais!».

En uno de sus últimos encuentros con Mapplethorpe, destruido por su agotadora lucha contra el sida, su pequeño Rimbaud la cogió de la mano y le preguntó: «Patti, ¿nos la ha jugado el arte?» Fueron irresponsables, eran unos niños, pero el tiempo nos ha venido a demostrar que no fue así.

Quien sea valiente que siga a Patti Smith.