Reconstruyendo a María Goyri

Residencia de Señoritas de la ILE
Residencia de Señoritas de la ILE

A menudo en nuestra historia, en la de casa, nos encontramos con borrones de tinta, de lejía o de olvido que eliminan o difuminan a algunos personajes que un día pusieron nuestros cimientos. La culpa nos la atribuimos todos por la facilidad con la que aramos la tierra sin pensar en los que antes la trabajaron.

De finales del siglo XIX, apenas dos mujeres consiguieron hacerse notar en la manada intelectual masculina. Sus nombres, Emilia Pardo Bazán y Concepción Arenal, dignas predecesoras de otras como Victoria Kent o Zenobia Camprubí. Pero como no existe el dos sin el tres, por aquel entonces la cuadratura del círculo la cerraba María Goyri: madre, esposa, educadora, lingüista, investigadora y escritora (léase todo con el sobrenombre de gran).

Mi interés por su personaje nació del misterio que encarnaba. De Ramón Menéndez Pidal, su marido y su mentor, lo conocía casi todo. En cambio, de María no conocía ni el nombre hasta que descubrí su amor por la literatura en peligro de extinción. En razón de ese amor, de nombre a su primogénita le pusieron Jimena en honor al Díaz de Vivar, y de viaje de novios, los amantes se escaparon a la Ruta del Cid, donde por azar se toparon con la semilla de su gran obra: Flor nue­va de romances viejos.

En el curso de su excursión durante el viaje de bodas, se dirigieron a El Burgo de Osma, ya que querían aprovechar la circunstancia de que el eclipse de sol que entonces iba a haber era desde allí total; pero su atención se vio desviada hacia algo muy diferente (…) una mujer, que sólo podemos identificar con el poético nombre de “la lavandera del Duero” (…) les cantó –y ellos anotaron– los primeros romances de tradición oral procedentes de Castilla que se ponían por escrito desde que en el Siglo de Oro dejaron de recogerse.

Diego Catalán, nieto de María Goyri

María Goyri en su viaje de novios en tierras del alto Duero haciendo la Ruta del Cid.

María Goyri en su viaje de novios en tierras del alto Duero haciendo la Ruta del Cid.

La lucha de María Goyri por mejorar la educación femenina fue incesante

Cuentan1 que por aquel entonces, María y Ramón eran dos jóvenes bohemios que paseaban por los jardines del Pardo hablando del medievo y de naturaleza. La política no la mencionaban. Cuando no paseaban, lo habitual era encontrarse con ellos en sus respectivos despachos por la mañana, y trabajando juntos si ya eran pasadas las cinco. Viajaban, eso sí. Y lo hacían siempre mezclando el trabajo con el placer, aunque generalmente lo que ganaba era el placer, porque si algo tenían ambos en común, era su necesidad de Cantares Viejos.

El canto de Mieres lleva aire meditativo, sentimental. Los danzantes dan un paso hacia el interior del círculo, a la vez que tienden adelante los brazos enlazados por las manos, y el corro se estrecha; luego dan un paso atrás, al par que dejan caer los brazos y la circunferencia se ensancha; después dan un paso al costado, y la rueda gira un poco alrededor de su eje… ¡Ay!, que su amante la espera, / ¡ay!, que su amante la aguarda / al pie de la fuente fría, / al pie de la fuente clara… Y al ritmo lento, el gran círculo de los cien cantores se dilata y se contrae… 

Notas recogidas por María Goyri durante el verano de 1930 

Fotografía de la entrevista publicada en la revista Semana el 10 de noviembre de 1948

Fotografía de la entrevista publicada en la revista Semana el 10 de noviembre de 1948

Que fue la primera licenciada de la Facultad de Filosofía y Letras fue lo segundo con lo que me topé. Lo tercero, que su lucha por mejorar la educación femenina fue incesante. Estas tres premisas ejercieron de primer motor de mi búsqueda. Lo que encontré fue uno de los intelectuales más relevantes de la primera mitad del siglo pasado. Y digo uno porque su competencia se enmarca dentro de cualquier género. So pena de ser mujer.

Hoy María Goyri tiene nombre propio, aunque a menudo aparezca bajo el sobrenombre de «esposa de Menéndez Pidal», título que también paseaba con orgullo. Su madre soltera, Amalia Goyri (otra extraordinaria mujer, y es que de casta le viene al galgo) implantó en María ese ansia de saber, y tras una fructífera etapa aprendiendo en casa, ya adolescente ingresó en la Asociación para la Enseñanza de la Mujer de la ILE, bagaje que luego le serviría para involucrarse en el ámbito de la educación femenina. Allí cursó las titulaciones de Institutriz y Profesora de Comercio, y no contenta con eso finalizó también las de Maestra de Escuela y de Bachiller en el Instituto Cardenal Cisneros.

De su etapa universitaria contaba María que apenas podía relacionarse con sus compañeros, hombres todos

Por aquel entonces, María Goyri ya contaba con más estudios que la mayoría de señoritas de su quinta, que rondando los diecisiete o estaban prometidas o buscaban prometerse. Fue entonces cuando emprendió la ardua tarea de ser aceptada en la Facultad de Filosofía y Letras. Ardua fue por el machismo implantado todavía en aquella sociedad española de finales del XIX, aunque satisfecha en 1892, año en el que se convirtió en la primera alumna de dicha facultad, y algo más tarde, en la primera doctora.

Acta de Grado de Doctor

Acta de Grado de Doctor

De su etapa universitaria contaba María que apenas podía relacionarse con sus compañeros, hombres todos. Sin embargo, y a pesar de las limitaciones (tales como tener por sombra a un bedel que le acompañaba haya por donde se moviera en la universidad) María siguió estudiando y formándose, y fue en este contexto, en el docente, en el que conoció al que poco después se convertiría en su marido. A partir de este momento, en los caminos de María irrumpe la también ingente actividad intelectual de Don Ramón, y la mutua admiración fue tan inmediata que desde que se casaran, no se comprende el trabajo de Don Ramón sin el de Doña María. y viceversa.

 

La pareja también practicaba el ecologismo

Los que conocieron a la pareja cuentan que ni en sus retiros vacacionales en San Rafael dejaban los papeles. Su trabajo era su entretenimiento y metidos en harina disfrutaban. Pero además, María no renunciaba al sitio en el que la sociedad le esperaba: la casa. Anfitriona, cocinera, costurera y mejor madre, siempre tuvo a sus hijos bajo sus faldas, o (lo que es lo mismo) bajo los olivos de la casa de Chamartín, de donde Jimena y Gonzalo no quisieron irse nunca. Pero su verdadera debilidad era, como me cuentan, Ramón. Aunque el respeto y la admiración siempre fueron mutuos, en María se intuía el amor erudito que sentía por el académico.Y en pro de ese amor (por lo visto) hacía cosas como prepararle una habitación desprovista de techo para que pudiera tomar baños de sol. Y es que la pareja también practicaba el ecologismo.

María Goyri y Ramón Menéndez Pidal en la terraza superior de la Cuesta del Zarzal, 5, Chamartín de la Rosa, verano 1926 (foto Gonzalo Menéndez Pidal).

María Goyri y Ramón Menéndez Pidal en la terraza superior de la Cuesta del Zarzal, 5, Chamartín de la Rosa, verano 1926 (foto Gonzalo Menéndez Pidal).

Tan estrecha era la colaboración entre ambos que demasiadas veces la historia no ha sabido atribuir a cada uno lo suyo. En este dueto, el mérito (o buena parte de él) se lo llevó Menéndez Pidal. Sin embargo, la obra del Académico de la Lengua no hubiera sido posible sin la infatigable mente de María, su compañera de tantas cosas. Era ella la que buscaba, clasificaba, estudiaba y analizaba los miles de documentos, películas y grabaciones que pasaban por sus manos, para después darle el diamante en bruto a Ramón, que se encargaba del proceso final.

Al margen de «sus labores» y de su carrera como buscadora del folclore medieval (ocupación que desempeñó siempre a la sombra de su marido, víctima de los dictámenes sociales), María dejó una gran huella en ámbitos como la educación. Su lucha por mejorar la enseñanza femenina fue silenciosa pero efectiva, y su ambición, que las mujeres pudieran disfrutar de las maravillas del intelecto al igual que un hombre. Hizo hincapié en lo indispensable del ejercicio físico en la educación femenina y en los intercambios internacionales, y durante sus años en activo escribió numerosos artículos de carácter didáctico.

Con la llegada del Régimen Franquista, el ansia de María Goyri y sus coetáneas por conseguir una educación igualitaria se vio frustrada

Quiso también hacer del Romancero una herramienta útil para las escuelas y, antes de casarse con Menéndez Pidal, ya había elaborado un Romancero Escolar que años más tarde conseguiría poner en práctica a través del Instituto-Escuela de la ILE. También Jimena, su hija, llevó el Romancero al ámbito didáctico con numerosas representaciones con los alumnos del colegio que ella misma fundó: el Estudio, uno de los centros más liberales de su contexto.

Fotogramas de la película sobre la Historia del Romancero, rodada en 1948 con alumnos del Colegio Estudio como actores.

Fotogramas de la película sobre la Historia del Romancero, rodada en 1948 con alumnos del Colegio Estudio como actores.

Con la llegada del Régimen Franquista, el ansia de María Goyri y sus coetáneas por conseguir una educación igualitaria se vio frustrada, y todas sus buenas ideas se clausuraron en un cajón. Las suyas, y las de muchos otros. A pesar de su apatía política, la dictadura hablaba de ella como la «culta y talentosa pervertidora de su marido e hijos (…) sin duda una de las raíces más robustas de la revolución». No obstante, las palabras del informe de la Junta de Defensa Nacional no consiguieron minar toda la actividad intelectual de María, que prácticamente hasta el final de sus días siguió desarrollando sus facetas de filóloga, investigadora y pensadora.

María Goyri y Ramón Menéndez Pidal en el despacho del Romancero

María Goyri y Ramón Menéndez Pidal en el despacho del Romancero

Ahora, con la perspectiva que dan los años, cabe preguntarse cómo tan ingente legado pasa desapercibido. Por qué su nombre no lo llevan plazas, calles y monumentos y por qué su trayectoria no sirve de ejemplo en las escuelas. La respuesta reside también en los tiempos, injustos y sectarios en los años en los que a nuestra protagonista le tocó vivir, pero también en la falta de revisiones históricas, que a esta altura de la película deberían haber devuelto a Doña María al pedestal que por mérito propio le pertenece.

  1. La que me lo cuenta es mi abuela, que tuvo la suerte de conocer a María y a Ramón. A sabiendas de su ajetreada vida erudita, mi abuela la recuerda como una mujer ejemplar (rigiéndose la palabra según las exigencias de la época). «Una mujer guapa, de suave voz y maneras encantadoras. Y el pelo blanco blanco —que dicho dos veces parece transparente— (…) Su debilidad era sin duda su marido. También era una madre estupenda. Lo hacía todo bien… eso es lo que recuerdo de ella (…) Eso y las fichas de La Gramática Nueva que me dejó para enseñar a tus tíos. Tenía una letra muy chiquita».
María Estrada

María Estrada

(1991) Escribo para diferentes medios sobre cultura, estilo de vida y viajes, y lo hago desde LA, la ciudad de ciudades. También escribo para mí misma sobre mí misma en forma de verso.
María Estrada

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