Relato: La confesión

© Andrés Serrano
© Andrés Serrano

Lo que voy a contarle tal vez no debería contárselo. Va a pensar mal de mí y a nadie le gusta que piensen mal de uno. Sin embargo, esto que voy a contarle (porque sí, se lo tengo que contar) es como si no lo hubiese hecho yo, como si lo hubiese hecho otro yo; uno al que luego, desde la otra esquina de la habitación, juzgo y censuro.

¿No le pasa a usted a veces? ¿No le ocurre hacer cosas que le gustaría no hacer? Y no me refiero a madrugar o a cumplir con ciertas obligaciones sociales, no. Me refiero a encontrarse sin zapatos doblando una esquina y verse uno mismo como desde arriba, pero sin que ese uno mismo sea usted. Cosas sin explicación y a la vez cosas de todos los días, nada raro del todo, excepciones nada más. A mí me ocurre a veces. Hasta ahora eran solo eso, excepciones con las que uno puede vivir sin hacerse demasiadas preguntas; pero lo del perro ha sido diferente, lo del perro no hay forma de dejarlo pasar así sin más.

¿Qué clase de persona sería yo? Y es que, aunque usted no lo crea (porque no lo va a creer, es normal) yo soy una buena persona. Pero qué tontería decirle esto cuando todo el mundo hoy en día se considera bueno. Usted, casi mejor que nadie, lo tiene que saber. Cuando hacen cosas moralmente reprobables en el fondo les ocurre como a mí, que no son ellos los que las hacen aunque sí sean ellos, porque es un ellos distinto, uno que aparece doblando la esquina sin zapatos y como visto desde arriba.

En realidad todo esto no tiene importancia, ya que cuando le cuente lo del perro va a pensar que soy un monstruo. No fue sin querer, ni fue por compasión, fue un acto de plena consciencia minuciosamente ejecutado. Sin embargo, no es eso lo que me preocupa. Lo grave, lo de verdad perverso es que no sé por qué lo hice. Y es que ya vivo agazapado soportando esa asfixia tan pesada de la incertidumbre, ese ahogo que me obliga a bloquear el pensamiento para no entrar en la rueda al miedo de que todo sea puro azar. Ya es un peso leve pero constante no entender nada de lo de afuera como para vivir también sin entender la voluntad que mueve mis propios actos.

Sé que si la forma hubiese sido otra me sería más fácil esgrimir una razón, una sola, falsa y desechable, una casi mentira con la que salir del paso y seguir viviendo. Y es que no le di una mala patada irreflexiva, ni lo tiré por la ventana en un momento de ofuscación. Eso hubiese sido horrible y profundamente tranquilizador. Pero claro, usted no puede todavía entenderme porque ni siquiera le he dicho la forma en que lo hice y ya que he venido aquí y no puedo darle un porqué, justo es que le dé, al menos, un cómo.

Lo recuerdo perfectamente y a la vez de una forma muy impersonal, como si se lo hubiese visto hacer a otro, solo que ese otro era un autómata y era yo sin ser yo, todo al mismo tiempo. Me veo sentado en el sofá de mi estrecha sala de estar viendo la televisión, regado por una luz viscosa y un poco amarillenta. A mi sala de estar solo le falta llover para acabar de parecer triste. Los muebles son pocos y viejos. La única ventana que hay es pequeña y está demasiado alta como para poder ver nada a través; aunque esto no importa porque es de noche y porque la ventana, como usted bien comprenderá, no tiene culpa de nada.

Veo como levanto la bandeja con los restos de la cena y la llevo a la cocina con la intención, supongo, de lavar los platos. Veo como agarro el bol, echo el pienso, añado unos restos de pollo (cosa que no hago nunca) y me agacho para coger el matarratas que está al fondo del armario, bajo el fregadero. Recuerdo que en ese momento mi yo espectador se sorprende, porque antes de que saque el veneno sabe lo que va a sacar y, sin embargo, de haberme alguien preguntado unos días antes si yo tenía veneno en casa lo hubiese negado sin sospechar la mentira. No sé si lo compré y no recuerdo haberlo hecho o si ya estaba allí cuando alquilé el piso hace tres años. Dejé el bol en el suelo y me senté de nuevo en el sofá. El perro, como siempre, se lo comió todo. Seguí viendo la televisión, ya siendo yo, siendo los dos yo, supongo, sin volver a pensar en el asunto, cosa también bastante extraña pues cuando haces algo así, lo normal, imagino, es estar pendiente del efecto que produces. Como cuando enciendes un petardo o algo parecido. Es raro, pero tengo la sensación de que simplemente lo olvidé. Pasada una media hora fui a mi habitación, cerré la puerta, me metí en la cama, cogí el libro que estaba sobre la mesilla de noche y me puse a leer.

«Inmediatamente emprendió el regreso a su casa. Tenía la impresión de que había cortado, tan limpiamente como con unas tijeras, todos los lazos que le unían a la humanidad, a la vida…».

Llevaba unos diez minutos leyendo cuando empecé a oír los primeros lamentos del animal, al principio eran suaves y venían intercalados de breves pero sonoras arcadas.

«Permanecía en pie en medio de la habitación y miraba a su alrededor con un gesto de angustia. Luego se acercó a la puerta, la abrió, aguzó el oído… No, aquello no estaba allí… De súbito creyó acordarse y, corriendo al rincón donde el papel de la pared estaba desgarrado, introdujo su mano en el hueco y hurgó… Tampoco estaba allí. Entonces se fue derecho a la estufa, la abrió y buscó entre las cenizas.»

Dejé el libro sobre la mesilla y apagué la luz. En ese eco que solo aparece en la oscuridad total de un cuarto con camas los quejidos se hicieron cada vez más fuertes, o tal vez esa era mi impresión porque el perro se había acercado hasta mi puerta y la arañaba. El respirar jadeante del animal, su ahogo, me fue envolviendo poco a poco. Me quedé como estaba, echado en la cama muy quieto, acariciando esa agonía que se filtraba por la puerta como baba del diablo. No recuerdo sentir ningún tipo de malestar, solo un sopor de profunda relajación. Luego un silencio pesado que de no ser silencio hubiese sido un grito agudo y alargado. Me quedé dormido.

Esta mañana al despertar recuerdo unos segundos de bienestar, de roce de sábanas calientes, de amago de cazar ese sueño último que se escapa y luego una caída libre y de repente vértigo, horror, recuerdo. No me atrevía a salir de la cama por el temor a abrir la puerta. Su presencia al otro lado ya sin ser él, ya sólo cadáver y peso inerte y remordimiento en forma de perro muerto. He estado mucho rato así, muy quieto, sintiendo ese dolor tan intenso que da el recordar lo que la mente nos esconde detrás del sueño.

Por fin me he levantado, con el pijama húmedo de esa inquietud que me confirma que vuelvo a ser solo yo. He abierto la puerta con espanto y sin atreverme a mirar hacia abajo he tirado una manta para no verlo. Para no volverlo a ver. He bajado a la calle así como estaba, como estoy ahora y me he encontrado doblando la esquina sin zapatos pero ya sin verme desde arriba, ahora viéndolo todo desde abajo, volviendo a ser este yo que necesita entender, si no lo de fuera, sí, al menos, lo de dentro. He llegado aquí y lo demás, bueno, lo demás ya lo sabe.

El inspector, que llevaba un buen rato escuchándolo atentamente no tenía claro si aquello se trataba de una broma o si lo que tenía delante era uno de esos personajes raritos que caían por la comisaría de vez en cuando. Llevaba tanto tiempo escuchando sin interrumpir que se sorprendió un poco cuando aquel hombre acabó de hablar. En seguida intentó borrar la cara de circunstancias que el relato le había cuajado en el rostro y lo único que se le ocurrió decir, con la prudencia de quien acaba de decidir que está frente a un loco, fue que no veía ningún hecho delictivo que pudiera interesar a la policía. Dicho esto se levantó y se acercó a abrir la puerta mientras pensaba en que por fin iba a poder tomarse el café que aquel tarado le había obligado a retrasar.

El hombre, todavía sentado, permaneció unos segundos mirándolo muy serio, como quien quiere decir algo pero calla porque sabe que sus palabras no van a ser comprendidas. Luego salió del despacho con paso lento, regodeándose en cada pisada y no volvió a pensar en el asunto. Ni siquiera volvió a pensar en por qué se había inventado que tenía un perro.

 

 

 

Este relato ganó el tercer premio del Jóvenes Creadores 2015, convocado por el Ayuntamiento de Salamanca. 

Marta Iturmendi

Marta Iturmendi

(1986) Abogada en deconstrucción (por la tortilla, no por Heidegger). En 1991 empecé a leer y todavía no he podido dejarlo. Me gusta pintar bigote a los huevos duros. A veces también gafas. En la ducha pienso cosas.
Marta Iturmendi