Sacerdotes, murallas y trompetas: la demolición de William Gaddis

William Gaddis
William Gaddis

 

El libro hablaba de los embaucadores, de eso se daban cuenta hasta los más lerdos, por lo tanto se veían a sí mismos, y por ello lo dejaban.

 Prólogo de Los reconocimientos, William Gass

 

Como explica William Gass en su introducción a la primera edición de Los Reconocimientos (Sexto piso, 2014) en 1955, la figura de William Gaddis estuvo desde la publicación de su primera novela envuelta en misterio. Incluso hubo algunos que creyeron que William Gass era el mismo Gaddis; lo que les llevó a felicitarle por ese libro tan extraño e inconcebiblemente ambicioso, de casi mil páginas en su versión original, que había alcanzado el innegable honor de que cincuenta y tres de las cincuenta y cinco reseñas que lo saludaron fuesen negativas.

La actitud de los críticos hacia un libro que más tarde muchos de ellos confesarían no haber leído, fue la causa de un enfrentamiento que, con el tiempo, adquiriría tintes legendarios entre un lector que se hacía llamar Jack Green* (no faltó quien lo identificó con el propio autor) y los responsables de la crítica literaria de los periódicos. Estos últimos estaban empeñados en no reconocer la genialidad de una novela tan radical que las consecuencias sísmicas de su aparición supusieron el fin de una narrativa contemporánea que repentinamente parecía anticuada, repetitiva e ineficaz. Salvo por este episodio discordante, la aparición del libro fue saludada con silencio y desprecio.

Los periodistas culturales se comportaron como personajes del libro que tenían que reseñar

La figura de Gaddis continuó siendo un misterio hasta que en 1975 se publicó su segunda novela (Jota Erre, Sexto Piso, 2013), premiada con el National Book Award. Los rumores sobre su identidad se sucedían, cada vez más extravagantes e imaginativos: William Gaddis era Thomas Pynchon, William Gaddis había participado del estallido de una revolución de algún remoto país del trópico, William Gaddis había trabajado como maquinista en la construcción del canal de Panamá. Mientras tanto, nuestra novela iba quedando progresivamente relegada a esos márgenes oscuros donde unos pocos lectores, fieles hasta el delirio, convencidos de haber visto algo más en un libro, se reúnen para custodiarlo y, sí, rendirle un culto privado mientras confían en que el paso del tiempo termine por convertirlo en un clásico. Hoy los herederos de esos primeros seguidores disponen de una página web dedicada a toda la obra del autor en la que, con un nivel de exhaustividad que asusta, se pueden encontrar notas y aclaraciones sobre todas sus novelas: The recognitions, J.R., Carpenters Gothic, A frolic of his own, Ágape ágape.

William Gaddis en 1955, año en el que publicó su primera novela. Fotografía de Martin S. Dworkin.

William Gaddis en 1955, año en el que publicó su primera novela. Fotografía de Martin S. Dworkin.

Si se mira con perspectiva, la recepción que sufrió el libro resulta menos extraña de lo que podría parecer a primer vista. Los críticos de arte son parte indispensable y principal del mundo fraudulento, mentiroso y colonizado por la codicia que retrata la novela. El tono de las reseñas, entre la pura cólera y el tartamudeo estupefacto, se encuentra tan en sintonía con  el contenido del texto, que no puedo evitar preguntarme si toda esta violencia periodística no habrá formado parte de una operación orquestada por el propio autor (casi me puedo imaginar al señor Gaddis tomando notas de las reseñas de prensa, con media sonrisa de satisfacción, asintiendo repetidamente sobre su copa de brandy). Los periodistas culturales se comportaron como personajes del libro que tenían que reseñar.  

Y es que la existencia misma de la novela supone un desafío a una realidad cuya tacañería infinita es desgranada por esa música hermosa y áspera, completa y rota, desesperada e increíblemente divertida que es la prosa de Gaddis. Una música que se expande a lo largo de infinitos pasillos narrativos, que se entrecruzan como en una cárcel de Piranesi, para narrar el enfrentamiento de tintes tragicómicos de un clérigo pintor con un mundo desquiciado, poblado de farsantes. Farsantes que tropiezan, farsantes que triunfan, farsantes que cargan con el peso muerto de sí mismos en fiestas y cócteles en los que se celebra la nueva novela plagiada del escritor de moda o se presenta un cuadro que ha sido colgado boca abajo. Un mundo en el que la avaricia se ha convertido en el único valor perdurable, en el único principio que no es falso. Solo queda celebrar el advenimiento de la nueva Era, nacida de las cenizas de la Segunda Gran Guerra:

Por mucho que lo expliques no lo entienden. Es demasiado simple. Es demasiado puñeteramente simple para que lo entiendan. Siguen pensando que sin publicidad los cigarrillos les costarían la mitad. Todo el puñetero alto nivel de vida americano depende de la economía americana. Toda la puñetera economía americana depende de la producción en masa. Para mantener un puñetero mercado de masas hace falta la publicidad. Eso es lo que hay. Sin publicidad un producto desaparecería de la noche a la mañana. Da igual lo que sea, un libro o una marca jabón, desaparecería. Hemos pasado por la puñetera Era de la Fe, por la puñetera Era de la Razón. Esta es la Era de la publicidad.

Los Reconocimientos es una iglesia de madera de nueva Inglaterra coronada por un gallo de hierro forjado sobre el que se refleja el sol del amanecer. Múnich. Un París moribundo donde el instinto de imitación impone su dominio. Un París convertido en territorio de artistas que pintan vistas que ya han sido diez mil veces vistas, excursionistas norteamericanos que buscan en las esquinas de la Rive Gauche una experiencia controlada de la auténtica realidad y críticos sin escrúpulos que no dudan en exigir su diezmo. Una calle de Nueva York cubierta de nieve sucia en la que se cruzan un escritor adicto a los espejos que encuentra en la sensación de la cartera, guardada en su bolsillo, el amarre necesario a un contexto que parece volar en pedazos cada noche; y un  Papa Noel, con la nariz roja de tanto beber, que gasta su tiempo en deambular por las calles mal iluminadas, esperando tropezarse con el buen samaritano que lo invite a la próxima copa. La música suena en las fiestas donde los mismos comentarios se repiten, una y otra vez, una y otra vez, y se extienden confinando a las personas de la habitación en un mundo impenetrable situado fuera del espacio y del tiempo, mientras parlotean sin escucharse.

Sin publicidad un producto desaparecería de la noche a la mañana. Da igual lo que sea, un libro o una marca jabón, desaparecería. William Gaddis

Ha terminado la segunda guerra mundial y Estados Unidos presume de milagro económico. La radio anuncia fabulosas drogas que te prometen terminar con el abotargamiento que sientes al final del día, anuncia drogas que te juran, escucha, te lo juran a ti, terminar con el abotargamiento que sientes al comienzo del día. La gente se suicida de mil maneras distintas, a cada cual más imaginativa. Comienza a convertirse en hegemónica la visión del  ser humano como un sistema biológico no demasiado eficiente y diseñado con el único objetivo de maximizar su placer. El arte de los maestros flamencos, con sus visiones equilibradas que buscaban reflejar la armonía de un mundo creado por Dios en su plena sabiduría (el orden, el color, la anunciación, el retablo de la Catedral de Gante, el violento equilibrio de los cuadros de El Greco), no tienen sentido más que como símbolos de distinción de clase. Toda la tradición del pasado se ha convertido en un objeto más para los nuevos mercaderes del templo y su valor es, claro está, el que decide el mercado, investido de autoridad suprema. Y, por supuesto, este mercado no está dispuesto a dejar de funcionar según lo que demande el público, por mucho que todos esos maestros lleven siglos muertos.

Wyatt Gywon es el último vástago de una estirpe de pastores protestantes que ha dirigido la primera Iglesia Congregacionalista de Nueva Inglaterra desde hace dos siglos. Un Gywon ha estado detrás de su altar desde que el patriarca fuera asesinado por los indios. El reverendo Gywon, padre de Wyatt, es un personaje peculiar fascinado por las creencias no protestantes y que se trae de su viaje por Europa reliquias y obras de arte que serán la base de la educación del joven Wyatt. Entre estas reliquias se encuentra la Mesa de los pecados capitales del Bosco, la primera obra que Wyatt copia, y que le perseguirá como un fantasma durante toda su vida. Educado en unos valores en vías de extinción y víctima de su propia sensibilidad, el último de los Gywon decide que quiere ser artista y para ello se va a París, donde fracasa. El Arte Moderno lo rechaza.

Detalle de «Mesa de los pecados capitales», El Bosco.

Detalle de «Mesa de los pecados capitales», El Bosco.

Es entonces cuando lo comprende: un hombre identificado con el arte del pasado solo puede sobrevivir en este mundo nuevo como falsificador. Llega a un acuerdo con un mercader del mundo del arte, Recktall Brown, que se presenta como personificación misma de una realidad a la que Wyatt necesita aferrarse a cualquier precio. Fruto de esta relación comercial de resonancias fáusticas, nacerán nuevos cuadros de los grandes pintores del pasado que ningún experto (los expertos, esos nuevos sacerdotes de la sociedad de masas) puede ni quiere descubrir. Y es que, al fin y al cabo, todo el mundo parece estar bastante conforme con el estado de las cosas. Y los que no lo están, personajes como Basil Valentine o Stanley, terminarán por aprender que solo les queda destruirse, ya sea por la vía de la corrupción o  de la santidad. El escritor adicto a los espejos se hurga los bolsillos vacíos mientras esquiva con cuidado el cuerpo del Papá Noel cubierto de nieve. La figura de Wyatt Gywon se desdibuja bajo el sol de una España en la que lo único que se puede hacer es huir.

Toda la tradición del pasado se ha convertido en un objeto más para los nuevos mercaderes del templo y su valor es, claro está, el que decide el mercado, investido de autoridad suprema

Nueva York, París, España, Roma. Farsantes, artistas, borrachos y santos. Todo eso y mucho más se esconde tras las páginas de Los Reconocimientos, en las que asistimos a un derrumbe, a un calculado ejercicio de demolición orquestado por un autor en estado de gracia que no se conforma con tocar a bajo volumen. Sino que, por el contrario, está decidido a hacerlo todo lo alto que le permitan sus pulmones. Pues todavía cree que las palabras pueden derribar fortalezas (en 1955 todavía era posible, el año mágico de la narrativa norteamericana On the road, Lolita), como se dice que hicieron los sacerdotes ante las murallas de Jericó en el Libro de Josué, cuando tocaron sus flautas y la gente gritó y las murallas se derrumbaron.

Además, es divertidísimo.

 

*Los tres números del fanzine Newspaper que Jack Green publicó sobre los reseñistas de Los Reconocimientos bajo el expresivo título de Fire the bastards! han sido editados en español por Alpha Decay (¡Despidan a esos desgraciados!, 2012, traducción de Rubén Martín Giráldez) y posiblemente merezcan un artículo propio.

Alejandro Alvargonzález

Alejandro Alvargonzález

Nace el mismo día en que el Sporting de Gijón queda eliminado de la Copa del Rey después de meterle cinco goles al Madrid. Hijo de una aristócrata venida a menos y un marinero inglés, al que nunca llega a conocer, estudia con los Jesuitas para después, en contra de la opinión de sus profesores, que lo consideran «un chico holgazán, inadaptado y de una inteligencia superficial», estudiar física en la Universitat de Valencia. Alberga la ilusión de lograr el doctorado. Fracasa, para regocijo de los susodichos profesores, y se sume en una profunda depresión. Tras una concatenación de extravagantes desdichas, termina viviendo en la ciudad de Ginebra y siendo vecino de Tina Turner. Allí descubre la música negra y su amor por el baile. Tras fracasar (de nuevo) como pinchadiscos de northern soul, se instala en Torremolinos. Allí reside en la actualidad acompañado de su perro, Otis, dedicado por completo a la literatura y al estudio de los clásicos. Asegura ser feliz.
Alejandro Alvargonzález