-¡Qué es lo que pasa!-exclamó Agus mientras se levantaba de su cama, encendía la luz y se colocaba el miembro para ocultar una extraña y repentina erección.

A él le había tocado la habitación más pequeña, al fondo del pasillo, y le gustaba. Un tablero como mesa, gotelé (acogedor, no crean) ninguna decoración. Una foto de uno de sus compañeros de piso bastante drogado, un gran diccionario y pilas de apuntes por estudiar. Ningún poster de Jim Morrison o Hendrix o Pulp Fiction o El Padrino o Bob Marley fumando verde o Bob Marley y Mick Jagger y un jamaicano más después de haber fumado verde o todas las botellas de todas las cervezas del mundo o carteles de Toulousse Lautrec o de corte soviético o de unas buenas tetas. Nada. Miró el reloj. Eran las 7:30. Comprendió la erección, cogió la botella de agua y dio un gran trago. Se había acostado pronto, podría desayunar, se notaba descansado. Esperando a Godot también estaba en la mesilla. Ese libro no se dejaba leer, no sabía qué le pasaba. Le divertía pero no se dejaba leer.

—¡Agus!, ¡Agus! Ven, coño, ven. A la cocina.

Era Bill, chillaba desde la cocina, estaba borracho. —¡Aaaaaaaaaguss!

—Ya voy, cojones. Y no grites así, habrá gente descansando. —Dudó un segundo, ya eran las ocho menos cuarto, tal vez la gente hubiese dejado ya de descansar.

Enfiló el pasillo que estaba frío, giró a la izquierda y entró en la cocina. —¡Agus! Marica, jajajaja —dijo Bill mientras bailaba alrededor suyo con movimientos obscenos. —¿Me has hecho algo de café?

—Ahhhhhhh, jajaja, ¿piensas que soy tu puta? Eso piensas, eh, ¿quieres que te prepare café? Yo te lo preparo, yo te lo preparo, tranquilo. Ahgggg —gritó Bill mientras trataba de abrir la cafetera, sin ninguna maña. —Eres un borracho de mierda. Agus miraba cómo Bill trataba de preparar café. Bill nunca tomaba café, no sabía hacer café y ahora estaba bastante borracho, no lo conseguiría. Pero la estampa resultaba cómica. Bill golpeaba la cafetera, la zarandeaba y juraba.

—Es a rosca —dijo Agus mientras encendía un cigarro. —¿Qué? ¡Cállate! No tienes ni puta idea. —Bueno, yo me hago café todos los días. Al final de la cocina una puerta daba paso a un patio alargado que recorría el ancho de la casa en paralelo. Agus se levantó un instante: quería abrir la puerta para ver el tiempo que hacía fuera y a los pies de esta encontró a una muchacha tendida, como inconsciente o algo por el estilo. —¿Bill?

—Oye tranquilo tío, estoy a punto de conseguirlo. —¿Qué es esto?

—Ah, una amiga.

—¿Una amiga?

—Sí, coño, una amiga.

—¿Y porque está como muerta? —dijo Agus retirando un mechón de cabello con cuidado para descubrir un rostro blanco y casi divino.

—Ahhhhhhh, sí, bueno, se ha dado un golpe con la silla. —¿Ella sola?

—Sí, ella sola. —¿Está muerta?

—Noooooooooooo, qué va, está durmiendo. Agus se agachó y cogió su muñeca para ver si tenía pulso. Respiró, la chica no estaba muerta. Después la observó con detenimiento. Creyó recordarla, la habría visto por la universidad. —¿Cómo se llama?

—Carmen, o Manuela. —¿De qué depende?

—Bueno, su amiga se llamaba Carmen o Manuela, es la que estaba buena, esta no sé cómo se llama. —¿Carmen o Manuela no quería venir?

—No, tenía novio.

—Y no le has dicho que solo querías bailar un poco en casa.

—Sí, pero le ha dado lo mismo. Bill había conseguido abrir la cafetera, ahora buscaba el café por todos los armarios. Y como de costumbre no cerraba las puertas. El café no aparecía por ninguna parte y Bill empezaba a enloquecer. Agus se lo acercó, estaba en un bote sobre la mesa de la cocina. Lo cogió y empezó a echarlo en el interior sin atinar, llenando la encimera de café. En ningún caso lo limpiaría, era domingo, lo limpiarían el lunes, la chica lo limpiaría el lunes. —Creo que es artista —dijo Bill orgulloso, sosteniendo la cafetera como un trofeo, conectando la vitrocerámica.

—¿Qué clase de artista?

— Creo que del teatro.

—¿Actriz?

—No, escritora o directora o algo así. —Me hubiese gustado que hablases con ella, decía cosas interesantes, le he contado lo del suicida del otro día. Un hombre de 46 años saltó la madrugada del lunes al vacío desde la cuarta planta de un edificio de viviendas en la calle Pintor Rinard. Bill pudo verlo todo, escuchó el golpe, vio aparecer a su mujer que gritaba, siguió el acontecimiento. Por suerte, el hombre no había muerto. Dejó un charco de sangre que solo la nieve consiguió borrar dos días después. A pesar de su rudeza le había afectado. —No puedo olvidar ese sonido. Hizo plashhhh, se lo he contado. Ella me ha dicho que no le parece extraño, me ha hablado de un tal Michel… La teoría de no sé qué mono enjaulado. Ese hombre se sentiría enjaulado —dijo Bill buscando un punto de equilibrio sobre la mesa, ya más sereno.

—No es de extrañar.

—Bueno, yo no me siento enjaulado. ¿Tú te sientes enjaulado?

—A veces. —¿Y saltarías al vacío?

—No creo que tuviese huevos, la idea de las pastillas me resulta mucho más interesante. Saltar por la ventana me recuerda más a una escapatoria. Morir no puede ser una escapatoria. —¿Te tomarías muchas pastillas entonces?

—Llegado el momento, lo contemplaría. La chica seguía inconsciente en el suelo, pero ahora parpadeaba, tal vez recuperase la consciencia. Agus seguía mirando a Bill, seguía pensando en el salto de aquel vecino rendido.

—Contemplaría eso si quisiese morir, claro, como pegarme un tiro o ahorcarme. Saltar por la ventana, por un terraplén, eso me recuerda a escapar, los hombres que escapaban de los gulags, me recuerda a eso, ya estaban muertos, se iban porque tenían una mínima posibilidad de sobrevivir a Siberia, en ese porcentaje ridículo es en lo que pensaban. Creo que el que salta en general piensa en el porcentaje ridículo con el que podría sobrevivir a la caída. Sus vidas necesitan un cambio rotundo y bueno…

—Ehhh, sí, sí. ¿Saltar es más instintivo? Yo creo que de todas las posibilidades elegiría saltar —dijo mirando a la cafetera que silbaba.

—Eso es porque no quieres morir, pero quieres cambiar.

—Bueno, en realidad no sabemos qué pasa por la cabeza de los que saltan, así que generalizar no está bien.

—Si nunca generalizas, no discutes.

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Parece que el olorcillo que desprendía el café se coló por las fosas nasales del tercer personaje y le hizo moverse, revolcarse más bien, de forma absurda por el suelo sucio de la cocina.

—Se está despertando —dijo Agus señalándola con el dedo mientras se servía una taza de café—. A lo mejor le ayudas.

—Ah, sí. Bill se acercó a la chica, con cuidado le sostuvo la cabeza y la espalda, le susurro al oído. La chica gimoteaba y decía que tenía frío. Agus fue a por una manta al salón, cuando volvió la chica estaba sentada en la silla. —¿No te acuerdas de nada? Te he conocido cerca del casco viejo, a ti y a tu amiga Manuela. —Manuela soy yo, Carmen es mi amiga.

—¿Quieres un café o agua, o algo? —preguntó Agus que contemplaba la escena de pie, soplando y sorbiendo el café que quemaba.

Así sentada, con toda la manta enrollando su cuerpo, con el pelo dorado y húmedo (borracho nadie teme a la lluvia) parecía un ángel superviviente. Era menor que ellos, eso seguro. Bill había dicho que le gustaba el teatro, un ángel superviviente e inquieto, haría preguntas en la universidad, pensaría bastante, seguro que sabía sonreír a todo el mundo, que también sabía reírse muy bien a las espaldas de todos, sin llegar a ser cruel, en inocente pasatiempo. El rostro blanco y tembloroso por el frío emanaba esa linda e ingenua inquietud que Agus odiaba poseer, pero no podía dejar de mirarla y ver más o menos un reflejo de lo que él fue antes de la sociología, de los negocios de papá, de tantos honrados, suicidas. —Bueno, Carmen se ha ido a casa y tú me has acompañado. Estábamos hablando de ese hombre que saltó de allí —dijo señalando el edificio oscuro que se veía al fondo de ese patio alargado, gris, tras el vaho del cristal. —Ahh, sí, un poco de agua. —Miró a Agus como suplicante.

—También me has contado lo del teatro. Agus también escribe —dijo Bill, alargando el brazo para coger el vaso de agua.

—¿Dónde está Carmen? ¿la podéis llamar?

—Sí, ahora, ¿dónde tienes el móvil? ¿Allí? —dijo Agus señalando un bolso grande, de mercadillo, comprado en algún verano lleno de luz.

Agus revolvió en el bolso grande, con cuidado, había dentro muchos caramelos de menta, también había un tampón, un estuche, una agenda promocional de una prestigiosa revista de moda cuyas tapas simulaban la piel de avestruz. También había migas de pan, unas pulseras, un jersey verde turquesa, fino, suave, de cachemir, un papel con apuntes sobre la supuesta correspondencia de “Fake plastic tres” de Radiohead con el mundo moderno y un dibujo de una mariquita transformer con ruedas. Había un amuleto de la suerte. Un escarabajo egipcio mil veces mordisqueado.

—¿Es Car, Carmen en mayúsculas o Carmencita only you?

—La última. —Bien, pues la llamo. ¿Quieres que le diga algo más o solo que venga a buscarte? —preguntó Agus impaciente, Carmen le consideraría un delincuente.

—Hola, bueno soy Agustín Llano, no me conoces, creo que conoces a mi amigo Bill, él ha venido con Manuela a casa, Manuela se ha caído, se ha quedado inconsciente un rato. Sí, sí, está bien, no te preocupes, pero quiere que vengas a buscarla. Sí, no, yo estaba dormido, me he despertado y he encontrado a Bill y… Sí, la dirección, Pintor Rinald 12, 2B. Sí, pegado al Día. Bien, tranquila, no te preocupes, está bien. Bill estaba detrás de Carmen, de cuclillas, junto a la silla, le daba calor en la espalda, tenía mucho frio. Bill tenía la camisa desabrochada como un cacique del sur, el pelo revuelto, bostezaba, ya no estaba ebrio, tenía sueño.

—¿Cuándo viene?

—Viene ya. ¿Vivís cerca, no?

—No lo sé, no sé donde estoy. —Tranquila, ahora viene. Se hizo un silencio amplio donde solo se escuchaba la respiración entrecortada de Manuela, toda esa fragilidad era el perfecto caldo de cultivo para el asma. Bill seguía frotándole la espalda y ella cerraba los ojos intentando volver a encontrar calor, luego los volvía a abrir.

—¿Respiras mal?

—Bueno, a veces.

—¿Quieres un ventolín? Yo también respiro mal —dijo Agus, haciendo ademán de ir al cuarto a por el medicamento.

—No, tranquilo, se me pasará, tengo en casa.

— Vale, ¿quieres dormir mientras esperas en el sofá?

—No, aquí estoy bien.

Bill seguía frotando, concentrado en transmitir calor a la criatura, también cerraba los ojos como apesadumbrado. Agus se volvió a servir café y se quedó mirando la escena, que le recordaba al salmón entre las garras de un oso ilustrado, con modales. Sonó el timbre, apareció Carmen, no saludó, Agus señaló a la cocina, después le miró el culo, no le parecía ser más guapa que Manuela, tampoco la había visto en ese estado de fragilidad divina, aunque no tenía las cualidades necesarias para llegar a esa belleza. Era una mujer autosuficiente, con objetivos claros, buenas notas y un novio que entrenaba tres días a la semana. —Joder, Manu, siempre estamos igual, un día me vas a matar. ¿Qué coño ha pasado? —dijo mirando bastante enfadada a Bill.

—Estábamos bailando, se ha tropezado, se ha dado un golpe con esa esquina y se ha quedado seca.

—¿Eso ha pasado, Manuela?

—Sí. Vamos a casa por favor, quiero dormir. —¿Tú eres el que me has llamado?

—Sí, sí —respondió Agus dando un sorbo a su café.

—¿Y lo has visto?

—No, cuando ha pasado me ha llamado Bill y he comprobado que tenía pulso y poco después ha despertado.

—Nos vamos, joder. A ver si algún día acabas una noche en condiciones. —Lo siento, lo siento mucho Car —dijo incorporándose.

—¿Quieres la manta? ¿Afuera hace frío ?—preguntó Agus, que trataba de ser solidario. —Vale, nos la llevamos. Gracias por llamar.

Carmen dio un portazo, Agus volvió a la cocina y encontró a Bill sentado en la silla donde había estado Manuela, casi dormido. Le abofeteo la cara con suavidad.

—Vete a la cama, majo, menudos rollos…

—Eh, sí, sí. Bill se levantó y salió de la cocina tambaleándose. Agus se dirigió al salón y encendió la PlayStation, sintió lo mismo que otras veces al ver esa insignificante luz roja de la consola tornar en verde. Saltar a otra realidad por unas cuantas horas. Cogió el mando que estaba congelado y vibraba, esperó con la pantalla a oscuras, esperó a ver la luz en su televisor. Después se puso el abrigo de Bill que encontró en el sofá. Se hizo un par de preguntas sobre su existencia, sobre qué era lo correcto, desde luego encender una consola a las nueve de la mañana, con legañas y frío, no lo era, pero le ayudaba a seguir. Le entró algo de sueño, pensó en dormir pero sabía que no lo conseguiría. Fue a la cocina a por más café. Vio los armarios abiertos que hacían que todo pareciese más helador, debajo de la mesa encontró el palo donde se ponían los rollos de papel de cocina, dudó, nunca había papel de cocina en esa casa, tampoco orden alguno, no era tan raro que el palo estuviese en el suelo.