El 15 de mayo de 2011, una manifestación sin precedentes inundó las calles de Madrid. La mala situación económica del país, los crecientes casos de corrupción y el descontento general con la clase política y financiera provocaron una afluencia masiva e imprevista a las marchas convocadas. El entusiasmo continuó durante varias semanas, cuando las plazas de las principales ciudades del país se convirtieron en periódicas asambleas. Cuatro años después, el movimiento inicial se ha canalizado de varias formas, llegando incluso a introducirse en la primera línea de la política. Pero aunque sería impensable (y erróneo) tratar de analizar todas sus facetas, sobre todo porque no hay un consenso, afortunadamente, de en qué ha derivado todo aquello, no debemos olvidar que en sus orígenes el 15M trataba de sobrepasar la esfera de la política tradicional.

Entre las muchas lecturas que pueden hacerse de este fenómeno que reactivó a una sociedad civil adormecida, quizás la más característica sea la propia espontaneidad de los acontecimientos y su capacidad de reunir a individuos tan variados de la población española, proponiendo un modelo en el que la ciudadanía estuviese en el centro de la discusión política.

La ciencia política ha tratado de explicar durante décadas la relación entre los conceptos de individuo y comunidad, lo que ha derivado en concepciones muy diferentes de ciudadanía. Entre las más recientes, la politóloga belga Chantal Mouffe, siempre vinculada a los movimientos sociales, reinterpretó el concepto de ciudadanía a través de la construcción de una identidad común, un aspecto clave en su teoría de la Democracia Radical. A mitad de semana entre el aniversario del 15M y las elecciones municipales y autonómicas, era de esperar que se hablase del movimiento en clave política. Merece la pena, sin embargo, recordar, a través de algunos de los postulados de Mouffe, que el 15M surgió como algo mayor (y, de hecho, ajeno) a lo que pueda emerger de unas elecciones.

 

Enfoque teórico: Chantal Mouffe y el ciudadano de la democracia radical

Durante el siglo XX, dos corrientes aparentemente antagónicas dominaron la discusión entre el individuo y la comunidad. Por un lado, el liberalismo contemporáneo, representado por John Rawls, posicionaba la autonomía personal por encima de la sociedad en su conjunto. Rawls no concibe la existencia de un objetivo colectivo; no existen obligaciones sociales para los ciudadanos. Por ello, construye una idea de ciudadanía en la que el mantenimiento de las libertades comunes (libertad de expresión y asamblea, libertad de conciencia y pensamiento, derecho a la propiedad, etc.) permite a cada persona perseguir su propia autonomía. La ciudadanía garantiza los derechos de las personas, siendo esto de mayor importancia que el bien de la sociedad.

Por otro, el comunitarismo de Amitai Etzioni asumía la noción de un bien común como necesidad imperativa: «no existen individuos exentos de lazos sociales o de cultura».  Su perspectiva comunitaria cristaliza la idea de que los esfuerzos comunes entre individuos siempre conllevan mejores resultados. Al contrario que Rawls, Etzioni reconoce el bien común como fuente de la autonomía individual.

El nuevo ciudadano no se rige ni por interés personal ni por el bien común, sino por una identidad común basada en los principios de libertad e igualdad

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Fotografía de Roberto Poveda publicada en Flickr bajo licencia CC

En su ensayo Ciudadanía democrática y la comunidad política (1992), Chantal Mouffe plantea su teoría de Democracia Radical, en lo que podría entenderse como una síntesis y reinterpretación de ambas escuelas. Según Mouffe, el liberalismo de Rawls defiende la idea de ciudadanía como «la capacidad de cada persona de formar, revisar y perseguir racionalmente su propia definición del bien» (1992, p. 226). La teoría rawlsiana de la justicia defiende que esta no debe estar influenciada por ninguna preconcepción personal pero que debe tomar en cuenta la existencia de una pluralidad de concepciones del bien común para ser aceptada por todos los ciudadanos. Aunque Mouffe coincide con Rawls en la imposibilidad de alcanzar un bien común, también critica la «reducción de la ciudadanía a un mero estado legal» y la falta de una labor cívica en sus postulados (Mouffe, 1992, p. 227). El planteamiento comunitarista, por otro lado, defiende la existencia de un bien común público que se posiciona por encima de los intereses individuales. Aunque Mouffe concuerda con el intento de reconectar ética y política (una relación que se ha perdido), en el sentido de que un sentimiento de comunidad estimula la participación política, también reniega del rechazo al pluralismo. La noción de un bien común, dice, no es solo implausible sino también peligrosa, pues puede limitar las libertades básicas y derivar en el totalitarismo.

¿Se puede llegar a conformar una definición de ciudadano que no dependa ni del excesivo individualismo liberal ni de la existencia de un bien común? Pese a sus críticas a ambas escuelas, la definición del nuevo ciudadano de Mouffe parte de la unión de dos conceptos primordiales y aparentemente enfrentados en la dicotomía liberalismo-comunitarismo: el pluralismo del primero con la moralidad del segundo. El nuevo ciudadano es, por tanto, una persona que no se rige ni por interés personal ni por el bien común, sino por una identidad común basada en los principios de libertad e igualdad. En términos de asociación política, el resultado es una nueva identidad a la que pueden adherirse personas que aunque pertenezcan a subcomunidades diferentes mantienen un nexo común en una nueva societas de valores ético-políticos. Esto crea una nueva concepción del nosotros (en contraposición al ellos, el enemigo) basado en estos valores, «una cadena de equivalencia entre las demandas [de los distintos grupos], que son articuladas a través del principio de equivalencia democrática» (Mouffe, 1992, p. 236).

El ciudadano se entiende, por tanto, como miembro de una comunidad que mantiene un equilibrio entre la autonomía y la persecución de un bien común

Esta interpretación de Mouffe hace que las teorías de Rawls y Etzioni, más que estar enfrentadas, puedan verse de manera continuada. Primero, Rawls subrayó la importancia de la autonomía de cada ciudadano, cuya defensa debía ser garantizada a través del mantenimiento de sus libertades básicas. Posteriormente, Etzioni huyó del individualismo desmesurado e incorporó una visión comunitarista. Aunque asumía la existencia de necesidades individuales, destacaba la necesidad de una comunidad que reflejara esas necesidades. El ciudadano se entiende, por tanto, como miembro de una comunidad que mantiene un equilibrio entre la autonomía y la persecución de un bien común. Por último, Mouffe sintetiza ambas ideas al transformar el bien común en una identidad común, cuya característica es defender los derechos básicos de cada ciudadano (libertad e igualdad). Esto crea una serie de valores ético-políticos en los que comunidades diferentes y muchas veces enfrentadas pueden verse representadas colectivamente [1].

 

El 15M como la identidad común

El éxito inicial del 15M, en el sentido de su rápido e inesperado afianzamiento, se debió en gran parte a la particularidad del movimiento. Este se constituyó desde el comienzo estrictamente como un movimiento social, siguiendo la conceptualización que Tilly y Tarrow hicieron de los movimientos sociales posteriores a la década de 1970 como «política por otros medios» (Sitrin, 2012, p. 11). Por ello huía de identificarse con un partido u organización, lo que causó que, al contrario, fueran muchas organizaciones las que se identificaron con el movimiento y coexistieron alrededor de un nexo común. Al tratar de alejarse de los mecanismos de partido tradicionales, el 15M desarrolló una serie de principios básicos que ayudan a explicar su éxito. Eduardo Romanos (2011, p. 6) destaca la igualdad, la transparencia y la inclusividad. Los dos primeros son fácilmente identificables en la horizontalidad de la organización original. Desde el primer momento se decidió que la manera de trabajar y coordinar las acciones fuera asamblearia. Estas asambleas se producían en plena calle y eran totalmente públicas, divididas en distintas categorías en función de las cualidades e intereses de los asistentes. La transparencia no radicaba tan solo en que estas asambleas se dieran en espacios públicos, sino también en que las actas de las mismas eran inmediatamente compartidas a través de internet y en las asambleas generales.

Fotografía de Emanuele Giusto

Fotografía de Emanuele Giusto Kantifish.com

Pero quizás el aspecto más relevante fue el de la inclusividad, una parte esencial en la teoría de Mouffe. Su teoría de la identidad común parte de «la necesidad de una nueva forma de identificación alrededor de la cual organizar las fuerzas que luchan por una radicalización de la democracia» (1992, p. 225). La construcción de una cadena de equivalencia depende a su vez de la existencia de un interés común, en el que se puedan englobar distintas identidades, «las diferencias entre lo público y lo privado, la moralidad y la política […] sin renunciar a la naturaleza ética de la asociación política» (1992, p. 231). ¿Constituyó el 15M esta comunidad? Parece que sí, si tomamos la definición de Mouffe del término societas como asociación civil unida no por acción sino por una asociación identificable. La indignación, ese término abstracto que acabó por definir a cualquiera que estuviese harto del juego político y económico en España, constituyó tal asociación basada en los principios democráticos básicos. Fue la protección de estos principios lo que constituía a su vez el interés común, lo que sobrepone la identidad de la ciudadanía sobre otras relaciones, como la ideología o la raza.

El resultado fue un movimiento que, aun con una gran pluralidad entre sus miembros, fue capaz de crear una identidad común: los indignados

Siendo en gran parte un movimiento muy idealista, es difícil definir hasta qué punto puede o no considerarse como un éxito. Muchos han dicho que el 15M fue víctima de sí mismo, que al tratar de ser demasiado inclusivo y rechazar entrar en el juego político, acabó desinflándose inevitablemente. El 15M nació del descontento generalizado con la clase política y el sistema financiero del momento. El resultado fue un movimiento que, aun con una gran pluralidad entre sus miembros, fue capaz de crear una identidad común: los indignados. Desde entonces, esa indignación se ha reformulado y materializado de formas diversas. Hoy en día vemos infinidad de plataformas, recursos compartidos y otros movimientos que han construido alternativas muy exitosas alimentadas por las redes que surgieron aquellos días. El juicio de si de verdad sirvió para algo o si su mensaje se quedó por el camino se lo dejaré a los lectores. Pero cuatro años después de que miles de personas ocuparan las calles y crearan una identidad que consiguió romper la impermeabilidad de la política institucional, quizás sea un buen momento para volver a pecar de idealistas y pensar en los inicios del movimiento. Mouffe quiso combinar los derechos individuales y el pluralismo con la moralidad ético-política para conceptualizar un modelo de ciudadanía democrática que «restaurara la dignidad a lo político» (1992, p. 82). Quizás sea este el éxito más importante del 15M: que la ciudadanía, que desde entonces reclama su merecida soberanía, se vea capaz de inyectar una dosis de dignidad a un modelo que perdió el sentido de la vergüenza.

Imagen creada por Autoconsulta.org

Imagen creada por Autoconsulta.org

[1] ^ Mouffe va un paso más allá al hablar del pluralismo agonístico, que trata de huir de la concepción tradicional liberal de democracia como una negociación constante en la que se puede llegar a un consenso. El pluralismo agonístico, sin embargo, celebra la posibilidad de conflicto y entiende la democracia como el proceso en el cual las diferencias pueden ser abiertamente confrontadas.


Referencias

Etzioni, A. (1996). The Responsive Community: A Communitarian Perspective. American Sociological Review, 61(1), pp. 1-11.

Mouffe, C. (1992). Democratic Citizenship and the Political Community.

Rawls, J. (1971). A Theory of Justice. The Belknap Press of Harvard University Press: Cambridge, MA.

Romanos, E. (2011). El 15M y la democracia de los movimientos sociales. La Vie de idées.


Este artículo está basado en un ensayo del mismo autor, publicado en el AUC Undergraduate Journal of Liberal Arts & Sciences, Vol. 4.