Clásicos en libertad

Bodegón con instrumentos musicales, de Pieter Claesz (1623). Wikimedia Commons
Bodegón con instrumentos musicales, de Pieter Claesz (1623). Wikimedia Commons

Salgo al escenario. Apoyo el violín sobre mi hombro y me preparo para empezar a tocar. De repente siento que la punta de mi arco, un Charles Bazin de 1948, choca contra una viga de madera. Me giro un poco hacia la izquierda intentando no tropezar con la vieja pianola arrinconada, pero no hay apenas espacio. Un poco más allá se oye un tintineo de hielo contra cristal, y luego una tos que ahoga los primeros compases de la Sonata n.7 de Beethoven…

Madrid, 2010.

Como de costumbre, llego demasiado pronto al ensayo. No importa, aprovecho para curiosear un poco en el café que acaban de abrir cerca del conservatorio. Hace tiempo que tenía ganas de entrar. Es uno de esos sitios, cada vez más frecuentes, en los que puedes tomarte un cappuccino al tiempo que ves una exposición u hojeas alguna revista literaria. Y tienen un rooibos con canela que me deja alucinada. Junto con la cuenta, que me deja más alucinada todavía, el camarero me pasa una programación musical mientras mira mi violín y sonríe.

Después del ensayo con el cuarteto —el breiter del tercer movimiento de Hindemith no mejora y sospechamos que nunca saldrá— nos vamos a tomar unas cervezas. Hablamos de varias cosas, entre ellas del nuevo café y su programación musical, en la que la música clásica está previsiblemente ausente. La conversación se anima y vuelve a surgir un viejo tema que nos inquieta desde hace ya tiempo: ¿es posible concebir espacios en los que la gente ajena al mundo de los auditorios pueda disfrutar del repertorio clásico? ¿Habría que cambiar el formato típico del concierto sinfónico o de cámara e intentar adaptarlo a las necesidades e intereses del público actual?

Lo que realmente nos preocupa a los músicos es encontrar la manera de conectar con el público

Según contó el crítico musical Alex Ross en una conferencia en la Royal Philarmonic Society de Londres, el concierto clásico del XVIII y comienzos del XIX era muy diferente del acontecimiento sobrio y tímido de nuestros tiempos. Mozart dejó constancia en una carta a su padre con motivo del estreno de la sinfonía París, de la búsqueda intencionada del aplauso en momentos precisos de su obra; y J. S. Bach organizaba conciertos semanales en el bullicioso escenario del Café Zimmermann, un establecimiento para universitarios en Leipzig de atmósfera parecida a la de las tabernas actuales.

Es cierto que el ritual de aplausos al final y toses entre movimientos, el grado de interacción con el público o la manera de presentar el repertorio son aspectos que llevan casi un siglo sin variar y que pueden crear o disolver barreras entre el escenario y las butacas. Pero detrás de los eternos debates sobre si debería permitirse comer y beber en la sala, si es conveniente aparecer vestido de etiqueta o si es lícito romper a aplaudir como un poseso cuando a uno le apetece, se esconde una cuestión bastante más compleja y que es la que realmente nos preocupa: encontrar la manera de conectar con el público.

El concierto en vivo es el único momento donde compositor, intérprete y oyente pueden llegar a un estado de conexión total. Cuando esto ocurre, se abre un canal de comunicación que hace de esa actuación una experiencia única para cada uno de los participantes. Y hace que todos queramos repetirla y vivirla de nuevo, porque engancha.

Dar un concierto en un bar es como una charla entre amigos, donde todos tienen algo que decir

Ya con la tercera cerveza, Pablo, guitarrista y compañero de fatigas, nos confiesa que hace poco tuvo esa increíble sensación tocando en un recital de música y poesía en un café, y que le encantaría poder frecuentar ese tipo de escenarios con su repertorio clásico habitual.

—El clima que se crea en estos conciertos es distinto del de un auditorio —nos cuenta—, es más cercano, más íntimo. El escenario, las mesas, las sillas… todo se convierte en una unidad sin distinciones. Mientras estás tocando estás sintiendo la reacción espontánea de la gente; notas si se divierten, se sorprenden, se alegran e incluso si se aburren. Esto crea un vínculo muy fuerte y hace que tu prioridad sea emocionarles, compartir sensaciones. Un poco como en una charla entre amigos, donde todos tienen algo que decir.

En el fondo, para eso hemos estudiado música, ¿no?

Así que nos propusimos juntarnos y organizar conciertos informales en los que hablemos con el público explicando en cada concierto quiénes somos, qué piezas hemos escogido y por qué razón. Decidimos hacer un recorrido histórico-musical por algunas de las páginas más importantes de la música clásica, enriqueciendo y ampliando sus formatos de escucha. En definitiva, dar respuesta a esa necesidad de comunicación entre el músico y el público.

El lugar que tenemos en mente es el Café Libertad 8. Casi todos los músicos conocemos esta antigua vaquería y taberna de finales del XIX que se ha convertido en un referente para cantautores y artistas emergentes. Los ventiladores en el techo, el suelo de barro cocido y la imposibilidad de usar el móvil porque no hay cobertura generan una sensación de atemporalidad perfecta para reencontrarse con compositores del barroco, románticos o incluso de los siglos XX y XXI. Presentamos nuestro proyecto al gerente —por aquel entonces Ricardo del Olmo— y llegamos a un acuerdo: un domingo al mes, durante dos horas, los clásicos visitarán el Libertad. Voz, guitarra, clarinete, violonchelo y por supuesto la vieja pianola serán algunos de los encargados de guiarnos en estos encuentros musicales.

Y aquí estamos. De nuevo subidos a la pequeña tarima, a punto de comenzar la trigésimo quinta edición de Clásicos en Libertad. Y mi Charles Bazin, como en las treinta y cinco ediciones anteriores, vuelve a chocar con la viga de madera. Hay cosas que nunca cambian.

Otras, en cambio, sí.

La semana pasada comenzó el ciclo Mittendrin (literalmente, «En el medio») en la sala Konzerthaus de Berlín. El público se sienta entre los músicos de la orquesta y dialoga con el director, el húngaro Ivan Fischer, que explica las piezas que se van a tocar: su contexto histórico, la estructura compositiva… Es uno de tantos intentos que hay ahora mismo por crear un contacto directo entre intérpretes y oyentes.

Concierto de flauta con Federico el Grande en Sanssouci, de Adolph Menzel (1850-52). Wikimedia Commons.

Concierto de flauta con Federico el Grande en Sanssouci, de Adolph Menzel (1850-52). Wikimedia Commons.

Propuestas como esta, que suponen una alternativa a la habitual oferta de música clásica en vivo, están apareciendo también en Madrid. MATP o Music Above The Park es un proyecto sin ánimo de lucro que organiza conciertos todos los fines de semana en una casa señorial con espléndidas vistas al Retiro. Se realizan veladas musicales en las que, además de escuchar alrededor de una hora de música puedes luego tomarte una copa de vino y charlar con el artista, al más puro estilo de los conciertos de salón del siglo XIX.

Otro de los espacios que propone un revolucionario concepto de acercarse a la música clásica es La Quinta de Mahler. Enclavada en el Madrid más tradicionalmente musical, entre la Plaza de la Ópera y el Teatro Real, este local vende discos, organiza encuentros con artistas, conciertos y presentaciones de CD y libros. Un lugar perfecto para los melómanos curiosos.

¿Qué resultará de todo esto?

¿Llegará la música clásica a integrarse en la vida de la gente?

Nosotros lo seguiremos intentando. Un domingo al mes, en Café Libertad 8.

 

→ Nota: El próximo concierto será el domingo 8 de marzo a las 19h. Evento en Facebook: https://www.facebook.com/events/337903863070909

 

Érica Ramallo

Érica Ramallo

Violinista madrileña. Forma parte del Habemus Quartet y colabora habitualmente con el PluralEnsemble, grupo de música instrumental de los s.XX y XXI. También da clases en el Conservatorio "Teresa Berganza"
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