Fue una noche en el puerto de Yokohama cuando Anatole Broyard decidió que abriría una librería al volver de la guerra. Mientras supervisaba a dos cuadrillas descargar las bodegas de un barco, y para matar el tiempo, probó a ver si era capaz de recitar algunos pasajes o poemas enteros. Rescató versos sueltos de Wallace Stevens. Embotellado como se encontraba en la vida militar, le sorprendió la idea de que hubiese «gente dispuesta a tomarse la molestia de escribir cosas como aquellas».

No solo abrió la librería, sino que a su regreso viviría una de las épocas más fascinantes de la historia de Nueva York y con el tiempo se convertiría en un aclamado crítico literario. Cuando Kafka hacía furor son las memorias inacabadas de Broyard, «una tarjeta de enamorado dirigida a aquella época y lugar», a la vida en el Greenwich Village inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial y en la que se pusieron en marcha los movimientos hacia la libertad sexual y la abstracción en el arte y la literatura.

La guerra y la Gran Depresión habían sido superadas y, en palabras de Broyard, «una guerra es como una enfermedad y, cuando pasa, el enfermo piensa que nunca se ha sentido mejor». Ese era el estado de ánimo que recorría Greenwich Village. Si a mediados del siglo XIX el área ya había atraído a escritores como Walt Whitman, en los años 50 del siglo siguiente, escritores como Jack Kerouac, Allen Ginsberg o William Burroughs se reunirían a altas horas de la madrugada en los bancos de Washington Square Park para discutir acerca de sus obras.

En 1947, cuando una chica se quitaba la ropa interior, estaba más desnuda de lo que ninguna mujer lo había estado jamás

Broyard nos sitúa en la atmósfera de finales de los cuarenta, aquella que impulsarían y heredarían los escritores de la generación Beat, movimiento del que Anatole se mantendría al margen. Un ambiente en el que «futuros novelistas y poetas jugaban al fútbol (…) y las chicas recién salidas de las facultades de la Ivy League contemplaban el paisaje con los ojos rebosantes de Historia del Arte. (…) La gente que se sentaba en los bancos llevaba libros en la mano». Al igual que Hemingway cubrió la vida y peculiaridades del París de los años veinte, Broyard recupera una época digna de retratar, en la que los jóvenes leían a Kafka con el mismo furor con el que se leyó Dickens en el Londres victoriano.

Broyard aterrizó en el Village con el deseo de ser un hombre contemporáneo y consciente de que su gustos seguían marcados por pautas tradicionales. Para ejecutar tal maniobra decidió meterse en una nueva enfermedad: Sheri Martinelli. Martinelli en la vida real, Sheri Donatti en Cuando Kafka hacía furor. La relación marcaría a Anotole hasta el punto de llevarle a dividir sus memorias en dos partes: Sheri y Después de Sheri. Ella fue su entrada a las nuevas tendencias del arte y del sexo. Ella fue su educación sentimental. Sheri había llegado al Village un par de años antes, en 1945, con un divorcio a sus espaldas y dispuesta a reinventarse del todo. «Se había borrado y vuelto a dibujar, había redefinido su forma de andar, de hablar y de moverse, incluso su manera de pensar y sentir». Era la vanguardia de sí misma. Pintaba y se movía con destreza, tanto por la parte teórica del arte abstracto como por los hilos emocionales que este tocaba. Sheri se paseaba por las fiestas de Maya Deren (incluso participó en una película experimental suya) y era una especie de apadrinada de la icónica Anaïs Nin, quien la mencionaría mucho en sus diarios.

Al comenzar una relación sentimental con ella, Broyard también dio comienzo a su fase de adaptación al Village. Se le hizo difícil acostumbrarse a Sheri: le avergonzaba su forma de vestir (no usaba bragas ni medias, meaba en el fregadero…), no la entendía, siempre tenía que reinterpretarla al igual que hacía cuando leía poesía surrealista en francés (hasta que se compró un diccionario). Sheri rompía todos los esquemas lógicos, «era capaz de levantarse la falda de buenas a primeras y exhibirse ante la gente y los edificios».

Si pudiéramos pensar en la civilización como algo dotado de sexualidad, el arte sería su sexualidad

Cubierta de "Cuando Kafka hacia furor" (La uña rota, 2015)

Cubierta de “Cuando Kafka hacia furor” (La uña rota, 2015)

Otra de las maneras, a primera vista irrelevante, en que Martinelli le introdujo en la mentalidad del Village, fue a través del sexo. Si Broyard le da tanta importancia en sus páginas es porque este difería del sexo convencional hasta el punto de convertirse en un arte en sí mismo. Era un sexo que encajaba totalmente con los movimientos surrealistas que se estaban dando en la época (Van Gogh, Cezanne y Picasso hoy son viejos maestros, pero entonces eran revolucionarios) y coincidía con la incipiente apertura sexual que acompañaba a este ambiente. Por entonces, una insinuación extramatrimonial en una película se penaba como cualquier otro delito. «El sexo tenía tanto de superstición o de herejía religiosa como de placer. (…) En 1947, cuando una chica se quitaba la ropa interior, estaba más desnuda de lo que ninguna mujer lo había estado jamás». Por tanto, el sexo con Sheri era un libertad más que un placer. Un acto más psicológico que físico.  

«Sheri hacia el amor igual que hablaba, rompiendo la gramática y los ritmos sexuales. Los jóvenes tienden a ser monótonos cuando hacen el amor, pero Sheri se adueñó de mi monotonía y se propuso desarrollar variaciones a partir de ella, como si estuviera componiendo una fuga. Si yo era un pistón, ella era la Máquina temblorosa de Paul Klee».

Cuando Kafka hacia furor, Anatole Broyard

Hasta que  Sheri apareció en su vida, Broyard siempre había creído que hacer el amor aclaraba las cosas, que ayudaba a comprenderse. Pero en este caso no funcionaría así, cada vez le resultaba más enigmática y empezó a sentir hacia el sexo con ella lo mismo que sentía respecto a su pintura. «Si pudierámos pensar en la civilización como algo dotado de sexualidad, el arte sería su sexualidad». Ella era una pintora abstracta y él nunca se había sentido cómodo con la pintura abstracta, por lo que incluso se lo tomó como un reto intelectual: si lograba entender su pintura las relaciones sexuales con ella mejorarían.«Descubrí que uno siempre puede ver su propia vida reflejada en el arte. (…) Yo vivía con una pintora moderna. Me acostaba con la pintura moderna». Sin embargo, el sexo con Sheri también implicaba soledad, en la mayor parte del acto hablaban en otro idioma, ella experimentaba y era impredecible, le acercaba al clímax para inmediante revertir la situación. Era el arte nuevo burlándose de la tradición.

Cuando voy a las carreras o a la cama con una puta, me mantengo al margen. En realidad no entro. Estoy allí para registrar los sonidos de otro mundo. Carta de Charles Bukowski a Sheri Martinelli

 La relación entre Sheri y Broyard apenas duraría dos meses. «En el fondo, ella a mí me parecía rara y yo a ella le parecía vulgar». Poco después de que esta llegara a su fin, él comenzaría a colaborar con distintos medios y en 1948 publicaría en el Partisan Review su famoso artículo Retrato del hípster. Broyard se metería de lleno en la crítica literaria y publicaría durante muchos años en el New York Times. Con el tiempo, Sheri Martinelli sería injustamente olvidada, pero tras la relación con Anatole Broyard seguiría desarrollando su carrera y mantendría una alta reputación entre los artistas del Village. De hecho, Broyard había tenido muchos rivales en cuanto a Sheri, incluyendo al futuro novelista William Gaddis, quien incluiría personajes basados en Martinelli y Broyard en su novela Los reconocimientos (1955), el futuro crítico Richard Gilman y algunos músicos de jazz como Charlie Parker. Marlon Brando también se encontraba entre sus admiradores.

En los cincuenta, Sheri se mudó a San Francisco, donde se le empezaría a conocer como la reina de los Beats y se acercaría a Ezra Pound, quien por entonces se encontraba aislado en un hospital mental cumpliendo condena por haber ofrecido ayuda a los fascistas italianos durante la guerra. Sheri iba a visitarle e incluso se dice que fueron amantes. Martinelli es el tema de muchos de sus poemas tardíos y aparece en sus Cantos. En esta época, Sheri fundó una revista cultural en San Francisco, Anagogic & Paideumic Review, la cual llegaría a publicar seis números. En uno de ellos publicó un poema, «Árboles y mares», al que le acompañaba un coloquio entre ella y Pound. Pound dice: «Las dos últimas líneas…(silencio)…poesía». El poema se cierra así:

«Brumas del mar.

Quemaduras de madera.

Una vez besado

siempre se anhela».

Portada de "The Anagogic & Paideumic Review".

Portada de “The Anagogic & Paideumic Review”.

De hecho,  gracias a esta revista, en 1960 Bukowski se puso en contacto con Sheri al enviarle unos poemas suyos. Sheri se atrevió a contestarle con un: «no veo brío en tu obra» que, contra todo pronóstico, inauguró una relación epistolar con el escritor que se mantendría a lo largo de siete años. Empezaron a intercambiarse poemas y Bukowski encontró en ella a una persona de confianza a la que haría confesiones tales como que se había fabricado una personalidad irascible para alejar a la gente o lo charlatanes que se habían vuelto con la fama Ginsberg, Kerouac y Faulkner, entre otros. Nunca se conocieron, «es mejor que no nos veamos nunca», le dijo a ella en una de sus cartas, como si un encuentro fuese a interrumpir la pureza de su comunicación epistolar.

«Cuando voy a las carreras o a la cama con una puta, me mantengo al margen. En realidad no entro. Estoy allí para registrar los sonidos de otro mundo».

 Carta de Charles Bukowski a Sheri Martinelli

En una de estas cartas, Sheri recomendó a Bukowski que volviese a los clásicos y dejase de escupir tanto dolor en su escritura:«El maestro Ezra Pound me decía “no tires tu cubo de basura en mi cabeza”, así que aprendí esta lección por las malas…». Bukowski, quien había pasado mucho tiempo de su juventud entre libros, se lo informó a Martinelli ofendido:«He leído tus clásicos, he gastado una vida en librerías, pasando páginas, buscando sangre. Me parece que no se ha arrojado SUFICIENTE basura, las páginas no gritan». Y en otra, ella también le advertiría: «Coge siempre un pedazo cuando te pasen la tarta, porque podría no volver…».

Sheri Martinelli (1950)

Sheri Martinelli (1950)

Y efectivamente, hubo un día en que el pedazo de tarta no volvió a pasar. La correspondencia se cortó abruptamente al acusar Bukowski a Sheri de no haberle dicho toda la verdad sobre su relación con Pound. También es posible que en la ruptura influyese el reconocimiento que por aquella época empezaba a ganar la obra de Bukowski, quien como consecuencia pudo haber cogido más confianza en sí mismo y empezase a encontrar las opiniones excéntricas de Sheri sobre esta, fuera de lugar.

En 1964, Sheri realizó su primera y última exposición, La Martinelli, en honor a un libro con sus pinturas que había publicado anteriormente y a las que precedía un comentario de Pound sobre su obra. A partir de la segunda mitad de los sesenta, la biografía de Sheri se va volviendo cada vez más esquemática. Se mudó varias veces y mantuvo contacto con Allen Ginsberg, quien la visitaba siempre que podía y a la que dedicó un poema. Sheri siguió pintando y escribiendo, pero sin ningún interés en dar a conocer su obra. Sufrió mucho la noticia de la muerte de Ezra Pound, aunque por entonces ya llevaban catorce años sin contacto, y empezó a ordenar el material que conservaba de su obra y a dedicarle poemas.

En los ochenta, Sheri se mudaría a Washington DC, donde permanecería el resto de sus días. De vez en cuando la visitaban los biográfos de otros escritores, pero su persona fue cayendo en el olvido. Durante sus últimos años de vida, a Sheri le gustaba aparcar enfrente del supermercado local para contemplar a la gente ir y venir. Murió en 1996 y ninguna nota de prensa fue publicada anunciando este hecho.

Sheri Martinelli participó intensamente en la vida cultural de su época, fue considerada una obra de arte en sí y sus pinturas y escritos fueron admirados por los artistas que hoy admiramos e incluso se dejaron aconsejar por ella. E.E. Cummings y Rod Steiger coleccionaron su arte y posó para fotógrafos como Kark Bissinger o Cliff Wolfe. Sin embargo, exceptuando la labor de su biógrafo Steven Moore y como ocurriría con otras mujeres intelectuales de su época, la información sobre la vida y obra de la Martinelli se encuentra muy dispersa y los homenajes son escasos. Supe de su existencia a través de las memorias de Anatole Broyard y la encontré un personaje curiosísimo, por lo que seguí husmeando. De hecho, para Broyard fue inolvidable, hasta el punto de que en su lecho de muerte, cuarenta años después de la esporádica relación que mantuvieron, Sheri fue una de las pocas personas a las que se refirió.