Historias de Oriente (II): Más vidas que un tigre

Fotografía de therealrealjd publicada en Flickr bajo licencia CC
Fotografía de therealrealjd publicada en Flickr bajo licencia CC

Jeong Ju-young nació con las manos vacías y murió multimillonario, recordado como el carismático fundador del conglomerado Hyundai. Entre medias mantuvo varias reuniones con el General Park Chung-hee, en las que el dictador le pedía ejecutar algún proyecto de gran envergadura. A lo que Jeong siempre accedía. Tras uno de estos encuentros, el asesor gubernamental Kim Dong-jin se acercó a Jeong y le preguntó: «¿De verdad entiendes lo que el presidente quiere de ti?», y este le contestó: «No, pero de todas formas estoy seguro de que puedo hacerlo». La fe del emprendedor refleja el espíritu de una transformación nacional que décadas más tarde ha convertido a Corea del Sur, un Tigre Asiático, en uno de los mayores milagros económicos de la Historia.

Hace setenta años, quien visitase el país encontraría poco más que miseria. Hoy lo recibe el vanguardista aeropuerto internacional de Incheon. Estructuras metálicas de blanco impoluto sostienen un techo laminado, bajo cuyas ondas, gafas de Gucci y bolsos Louis Vuitton pugnan por los bolsillos de los más cuarenta millones de pasajeros que lo transitan anualmente. Desde el moderno diseño de los baños a la limpieza de quirófano de los pasillos, todo nos recuerda que aquí se juega en primera división. De menos de 100 $ per cápita en 1960, la República de Corea ha pasado a más de 35.000 $ en términos de paridad de poder adquisitivo. Es la decimoprimera economía mundial, séptimo mayor exportador y líder mundial en construcción naval, microprocesadores y logística. Para entender las claves de esta metamorfosis hay que remontarse a mediados del siglo pasado.

La capitulación japonesa de 1945 puso fin a treinta y cinco años de ocupación en la península coreana. Las tropas soviéticas controlaban el Norte, hasta el paralelo 38, mientras que Estados Unidos tutelaba el Sur. Bajo supervisión americana, las elecciones de 1948 hicieron del aristócrata Sygman Rhee, educado en Harvard y Princeton, el primer presidente de la historia de la República de Corea, nacida el 15 de agosto de ese mismo año. El Norte nunca reconoció la legitimidad del proceso y un mes más tarde habría de crear la República Popular Democrática de Corea, bajo el mando de Kim Il-Sung.  El 25 de junio de 1950, Corea del Norte inició una invasión a gran escala con apoyo armamentístico soviético y chino y más del doble de tropas desplegadas. La entrada de la ONU y principalmente de Estados Unidos por un lado, y de China por el otro alargó el conflicto hasta 1953 sin apenas alterar la frontera prebélica. Tres millones de personas perdieron la vida, más de cuatro quintas partes civiles.

En Corea del Sur, Sygman Rhee se enfrentaba a la quimérica tarea de levantar un país en ruinas, y la Historia se resiste a concederle un aprobado. Pese a su reforma agraria e impulso a la educación, la corrupción e ineficacia de su administración lastraron la reconstrucción de la economía, fuertemente dependiente de la ayuda exterior americana.  Aunque demócrata, Rhee confesó haber arrestado a más de 30.000 opositores políticos en su primer año de mandato. En 1952, constatando su debilidad parlamentaria, propuso elegir al presidente por elección popular directa, en vez de por vía parlamentaria. La moción fue rechazada por 143 votos frente a 19 a favor. En respuesta, Rhee declaró ley marcial y amenazó con ejecutar a todo aquél que se le opusiese, consiguiendo así el respaldo necesario para su propuesta. Las violaciones democráticas se sucedieron hasta un flagrante amaño electoral en marzo de 1960. La brutalidad con la que las autoridades reaccionaron a las protestas desencadenó la Revolución de Abril que provocó la huida a Hawaii del presidente. Tras un breve impass democrático, el General Park Chung-hee se hizo con el poder tras liderar un golpe de estado en mayo de 1961.

Cuando llegó al poder, Park Chung-hee humilló públicamente a numerosos empresarios haciéndoles marchar por las calles llevando un cartel con la inscripción «Soy un puerco corrupto»

Park Chung-hee es la figura más importante de la corta historia de la República de Corea y aún hoy genera sentimientos encontrados. Durante sus dieciocho años de gobierno reprimió a sus detractores por todos los medios a su alcance y apenas respetó alguna de las libertadas individuales. Pero nadie deja de acreditarle la responsabilidad del milagro económico. Por oposición al comunismo del líder norcoreano Kim Il-sung, Park ha sido en ocasiones caricaturizado como un delfín del libre mercado. En su libro The Impossible Country, Daniel Tudor describe una realidad mucho más compleja. Park rozó ser ejecutado en su juventud por pertenecer a una célula comunista. Cuando llegó al poder, humilló públicamente a numerosos empresarios haciéndoles marchar por las calles llevando un cartel con la inscripción «Soy un puerco corrupto». Convenció al exitoso fundador de Samsung, Lee Byung-chul en Japón en el momento del golpe, de volver al país solo para encarcelarlo a su llegada.

El confinamiento pareció avivar la llama patriótica de Lee, que en breve ofreció donar la mayor parte de su fortuna al estado y colaborar con el dictador para conseguir sus objetivos económicos. Park aceptó la oferta, hizo de Lee el primer presidente de la Federación de Industrias Coreanas y consiguió el apoyo de dieciocho magnates para lanzar su proyecto de desarrollo industrial. Así nació el sistema chaebol, definitorio del capitalismo coreano. Un chaebol, como Samsung, Hyundai o LG, era y sigue siendo un gran conglomerado jerárquico y burocrático en la que la relación firma-empleado llegó a tener un carácter paterno-filial. Para favorecer su desarrollo, Park bloqueó las importaciones de todos los productos extranjeros que pudiesen dañar la industria floreciente. Los bancos nacionales suministraban crédito barato a los chaebol, con intereses muy por debajo del 25 o 30 % que les pedía el mercado. En 1964, el 40 % de todo el crédito otorgado por los bancos coreanos se repartió entre tan solo nueve negocios. Además, Park se aseguró de que los salarios no creciesen en exceso, permitiendo que existiera un único sindicato cuyos líderes él mismo designaba. Entre 1963 y 1971, la renta per cápita aumentó un 189 % pero los salarios solo lo hicieron un 58 %.

Los trabajadores coreanos, todavía impregnados por el espíritu marcial de la guerra, eran alabados como saneop jeonsadeul, soldados industriales. Carteles con la consigna «Venced a Japón» se colgaban de fábricas y oficinas. Las empresas fomentaban la lealtad con sesiones obligatorias de socialización y se beneficiaron del meteórico ascenso de la alfabetización, que pasó del 22 al 87,6 % de 1945 a 1970. El crecimiento económico pudo haberse revertido con el asesinato de Park Chung-hee, cada vez más cuestionado, a manos de su jefe de servicio de inteligencia en 1979. Pero la potencia industrial del país no abandonó la senda del crecimiento, solventando con nota los obstáculos planteados por la inestabilidad política. La transición democrática se hizo de rogar hasta 1987, año en el que el extraordinariamente corrupto dictador Chun Doo-hwan y su protegido Roh Tae-woo accedieron a organizar elecciones libres.

Pese a las penurias de la crisis, los coreanos suelen destacar la extraordinaria unidad nacional de la que hicieron gala hasta recobrar el crecimiento. Prueba de ello fue la inverosímil colecta voluntaria de oro y joyas que organizó el gobierno junto a los grandes conglomerados

A finales de los noventa, Corea del Sur volvió a enfrentarse a un reto excepcional. En 1997, la crisis asiática golpeó al país con especial virulencia. El sistema chaebol, con su crédito barato, incentivó un endeudamiento masivo de los grandes conglomerados, que contaban con un inquietante apalancamiento del 519 %. En noviembre, siete chaebols se declararon insolventes y la fuga de capital extranjero depreció la moneda local, el Won, de 800 a 1.700 por dólar, encareciendo el pago de la deuda. El Fondo Monetario Internacional hizo entonces su entrada en escena con un préstamo de 58.000 millones de dólares y su lista habitual de condiciones: subida de intereses, flexibilización del mercado laboral, reestructuración financiera… La tasa de paro se triplicó y, mientras el 20 % más rico apenas perdió un 0,8 de sus ingresos, el 20 % más pobre se dejó un 17,2 % de los suyos. Una dualidad del tipo made in Spain se instauró en el mercado laboral y la desigualdad salarial se disparó.

Sin embargo, la economía se recuperó en tiempo récord, el estado devolvió su préstamo al FMI con tres años de antelación y su PIB se ha triplicado en términos nominales desde 1997. Pese a las penurias de la crisis, los coreanos suelen destacar la extraordinaria unidad nacional de la que hicieron gala hasta recobrar el crecimiento. Prueba de ello fue la inverosímil colecta voluntaria de oro y joyas que organizó el gobierno junto a los grandes conglomerados. El equivalente de 1.000 millones de dólares fueron donados por 3,5 millones de personas al estado para abastecer las reservas nacionales. Aunque el impacto económico de este ejercicio de solidaridad no fuese de primer orden, el efecto psicológico sí lo fue. A pesar de las protestas antiimperialistas y el hecho de que el periodo sigue recordándose en Corea como «la crisis del FMI», una encuesta del sindicato FKTU reveló que tan solo un 16 % de coreanos culpan al organismo de la recesión, mientras que un 81 % y 67 % responsabilizan a políticos y empresarios respectivamente.

La historia contemporánea de la República de Corea es la de un progreso inconcebible en sus orígenes, en materia económica primero, pero también política y hasta cultural en los últimos años con la emergencia de la Hallyu, la «Ola Coreana». Sin embargo, este éxito se acompaña de un reverso sombrío. Como veremos en la próxima entrega, Corea se encuentra entre los países menos felices y más competitivos y afectados por la sobrecarga laboral, el estrés y la tragedia del suicidio de la OCDE.

 

Pablo Peña Corrales

Pablo Peña Corrales

Estudió en el University College London y Sciences Po Paris. Pablo ha tenido la suerte de conocer un cachito de América Latina trabajando en Lima en prevención del trabajo infantil, aprender algo de consultoría estratégica en Madrid y ayudar a estimar en Londres el impacto de la educación temprana en Reino Unido. Le apasionan las ciencias sociales y las humanidades, en especial la economía y filosofía política, el desarrollo y la economía aplicada.
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