Historias de Oriente (V): El hijo de Dios y la madre de las rebeliones

Fotografía de Wikimedia Commons
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Nueve mil kilómetros al este de Belén, en 1813, nació el hermano menor de Jesucristo. Así lo creyeron los millones de fieles de Hong Xiuquan, líder de la épica Rebelión Taiping (Gran Paz) que llevó al mundo chino al borde del cataclismo. Entre medias morirán entre 20 y 30 millones de personas, haciendo de su enfrentamiento con el Imperio Qing el conflicto más sangriento de la historia hasta la Segunda Guerra Mundial. La Rebelión Taiping supuso un seísmo brutal para el mundo chino. Sus consecuencias marcarían la historia moderna del gigante asiático, dificultando su industrialización temprana y debilitando al poder central, impotente ante «el siglo de humillación» que le esperaba.

Este conflicto es el síntoma más severo de la decadencia que experimentó China al entrar en el siglo XIX. El crecimiento de la productividad no pudo seguir el ritmo de la expansión demográfica que había duplicado la población en el siglo XVIII. Las importaciones de opio pasaron de algo más de 4.000 a 68.000 cajas (65 kg por caja) en la primera mitad del siglo XIX, agravando el déficit de la balanza comercial y encareciendo el precio de la plata, utilizada para el comercio internacional. En consecuencia, el cobre se devaluó con respecto a la plata, perjudicando a las clases más pobres, que tenían que pagar en cobre impuestos fijados en plata. Además, los tratados desiguales firmados en 1842 para cerrar la Primera Guerra del Opio permitieron una apertura geográfica del comercio. Este se trasladó del Cantón hacia Shanghái, dañando gravemente la economía en Guangdong, Guangxi y Hunan, y creando un caldo de cultivo idóneo para la insurrección. Por último, la corrupción e ineficiencia de la Administración central impidieron la reversión de esta tendencia bajista. Sin embargo, es cierto que el descontrol de las finanzas públicas a finales del siglo XVIII limitó el margen de maniobra de los sucesivos gobiernos Qing. Las reservas del Estado pasaron de 60 millones de liang con el emperador Yongzheng (1723-1735) en el poder a nueve millones en 1850, a pesar de la expansión monetaria entre medias.  

Como el divino primogénito, Hong crece en el seno de una familia humilde, perteneciente a la minoría hakka, inmigrantes provenientes del norte. A pesar de su falta de recursos, recibe una educación modesta que le hace aspirar a incorporarse al mandarinato, pero suspende los exámenes oficiales. Sin embargo, el fracaso no debilita su vocación mesiánica a la que se entrega a partir de 1847 cuando conoce al misionero Roberts, y empieza a predicar en el Guangxi oriental. El fervor que genera le lleva a fundar la Baishangdihui (Asociación de Adoradores de Dios), cuyos miembros no tardan en llamarse Taiping. En este contexto, Hong Xiuquan y sus seguidores Taiping expanden su dominio a un ritmo vertiginoso. Los ejércitos gubernamentales encadenan derrotas bajo el mando de Xiang Rong.  Los Taiping llegan a amenazar Pekín en 1854, pero las condiciones climatológicas y la falta de alimentos les impiden tomar la capital imperial. La rebelión ocupa los territorios más prósperos del imperio y deprime la percepción de impuestos. Mientras el pánico y la desorganización se apoderan del imperio, Hong dirige desde la actual Nanjing una sociedad milenarista que pretende refundar cada aspecto de la vida tradicional china. Como muestra de su insubordinación, los Taiping lucen una cabellera sin la trenza característica que simboliza la obediencia a los manchúes. Los preceptos confucianos han de ser sustituidos por los cristianos y el fervor igualitario rige la sociedad. Allí dónde llegan, los Taiping distribuyen las tierras equitativamente entre quiénes las pueden cultivar. Se subordina el individuo a la comunidad y apenas existe separación entre las funciones religiosas, administrativas y militares.

También en el Reino de los Cielos, todos son iguales, pero algunos más que otros

Las mujeres juegan un rol esencial en el Reino Celestial de Hong Xiuquan. Tanto en el trabajo como en la guerra, se aspira a una completa igualdad de género. En el reparto de tierras, las mujeres reciben parcelas de cultivo parejas a las de los hombres y participan en los ejércitos Taiping en regimientos separados. Se prohíbe la práctica de vendar los pies de las niñas y se instala un puritanismo estricto. En el Taiping Tianguo no se permiten el sexo extra-matrimonial, el consumo de alcohol, opio o tabaco, ni las apuestas. La nueva moralidad cristiana condena enérgicamente la acumulación de riqueza y cualquier clase de desigualdad, pero los hechos no tardan en confirmar que, también en el Reino de los Cielos, todos son iguales, pero algunos más que otros.

Conforme la corrupción y las luchas internas debilitan el ímpetu Taiping, el imperio se reorganiza gracias a la iniciativa de las élites locales que forman sus propios ejércitos. A partir de 1860, las tropas de Zeng Guofan, Zuo Zongtang y Li Hongzhang incrementan el ritmo de la reconquista. Dos años más tarde, las potencias occidentales deciden apoyar a los Qing tras una década de cierta neutralidad y financian un ejército de mercenarios encabezados por el aventurero inglés C.J. Gordon. Cuando en 1864, Zuo Zongtang llega a las puertas de Nankín, Hong Xiuquan se suicida y el Reino del Cielo se desintegra con estrépito.

Hoy quien quiera vivir sin consumir productos made in China tiene que irse a cazar monos con cerbatana al Amazonas

La sombra de la Rebelión Taiping se alargó durante décadas sobre la historia china. El sinólogo francés Jacques Gernet argumenta que los estragos de la insurrección impidieron la industrialización temprana del país. Más allá del inmovilismo de las élites en Pekín, los escasos recursos disponibles tras el conflicto debieron dedicarse a reavivar la agricultura. Para financiar la reconstrucción, la Administración aumentó la presión fiscal sobre el comercio y la industria nacientes, mientras los tratados desiguales ofrecían condiciones muy ventajosas a la competencia extranjera. En la época, no faltaron observadores para divagar sobre la incapacidad intrínseca de los chinos para la industrialización. Que si Confucio, que si el alma rústica, que si las jerarquías tradicionales… Hoy quien quiera vivir sin consumir productos made in China tiene que irse a cazar monos con cerbatana al Amazonas.

La segunda consecuencia definitoria del levantamiento del hermano menor de Jesucristo fue el debilitamiento del poder central y la emergencia de hombres nuevos en las provincias. Tras la caída del Imperio a manos de la revolución burguesa, políticamente liderada por el carismático Sun Yat-sen, China debatió durante décadas para establecer un poder central fuerte. En los años treinta, la fragmentación política y militar del inmenso territorio chino, junto a la intervención soviética, impidieron al líder nacionalista Chiang Kai-shek asestar el golpe de gracia al Partido Comunista, que apenas contaba con 7.000 hombres después de su Long March. Una década y media más tarde, Mao Zedong conseguiría la reunificación china, con la notable excepción taiwanesa, poniendo fin al «siglo de humillación». En la actualidad, Revolución Cultural y Gran Salto Adelante de por medio, en China se le sigue reconociendo por ello.

Pablo Peña Corrales

Pablo Peña Corrales

Estudió en el University College London y Sciences Po Paris. Pablo ha tenido la suerte de conocer un cachito de América Latina trabajando en Lima en prevención del trabajo infantil, aprender algo de consultoría estratégica en Madrid y ayudar a estimar en Londres el impacto de la educación temprana en Reino Unido. Le apasionan las ciencias sociales y las humanidades, en especial la economía y filosofía política, el desarrollo y la economía aplicada.
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