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Nos acercamos al 30 aniversario del final de la Guerra Fría y del comienzo de las primeras manifestaciones del discurso del «fin de la historia». Echando la vista atrás, parece que el sentimiento triunfalista de la liberal década de los noventa iba ciertamente mal encaminado. Las discusiones acerca de qué valores sociales deben ser aceptados, qué libros deben ser leídos en las universidades o incluso en qué idiomas deberíamos hablar en una sociedad educada han vuelto a formar parte de las llamadas «guerras culturales». En efecto, la guerra cultural parece estar al rojo vivo en el mundo occidental. En Hungría, Viktor Orban busca su reelección para reducir aún más su «democracia iliberal» anti-refugiados. En el Reino Unido, el debate sobre el brexit y sobre cómo proteger la soberanía británica persiste. En Polonia, el partido Ley y Justicia continúa con su campaña para recristianizar el país y purgarlo de influencias extranjeras. Y por supuesto, en Estados Unidos, la absurda exhibición del trumpismo continúa superándose a sí misma.

Obviamente, estas tendencias son preocupantes y tienen un impacto real. No tratamos de menospreciar ese hecho. No obstante, nuestro objetivo es centrarnos en las raíces digitales de la guerra cultural y demostrar por qué a sus militantes más agresivos les motiva más el influjo hiperreal de productos ideológicos que una mirada calmada a la realidad. A pesar de la enorme falta de evidencia de que la civilización occidental está de algún modo en peligro, lo que llamamos «conservadurismo posmoderno» ha emergido en el contexto digital como forma de combatir este retroceso con la ayuda de la guerra cultural. El conservadurismo posmoderno se caracteriza por toda la hipérbole y desconexión de la realidad que uno podría esperarse de un movimiento que surgió en internet. Pero eso no significa que no pueda tener un impacto en el mundo real. Uno de sus elementos más preocupantes es su intención de desvirtuar la realidad movilizando la identidad tradicional para atacar al espectro del «otro».

 

La guerra cultural no está teniendo lugar: burbujas digitales

Los campos de batalla de la guerra cultural son digitales: principalmente, los feeds de las redes sociales, el mundo de los podcasts y las secciones de comentarios. El vocabulario básico del conflicto se ha consolidado en relativamente poco tiempo —izquierda radical, alt-right, guerreros de la justicia social (social justice warriors), prensa mainstream o liberal—, de tal modo que el uso de cualquiera de estos términos es identificado inmediatamente con una tribu, sin requerir del uso de contexto adicional; los depósitos de la derecha y la izquierda lo captan todo.

Las noticias consisten en lo extraordinario, lo excepcional, lo excesivo y lo escandaloso; la reacción se consigue a través de lo inesperado

Sin embargo, la guerra cultural no está teniendo lugar en realidad; más bien parece estar teniendo lugar (precisamente porque no lo hace). Los feeds de las redes sociales (particularmente los de YouTube, Facebook y Twitter) producen un antagonismo polarizado por diseño. El contenido con mayor posibilidad de ser recompensado y propulsado hacia la visibilidad es el que provoca la reacción inmediata; la desviación de la norma aumenta las probabilidades de propagación. Las noticias consisten en lo extraordinario, lo excepcional, lo excesivo y lo escandaloso; la reacción se consigue a través de lo inesperado.

Los circuitos de comunicación que se desvían de la norma están producidos y activados por los muros personales, en los cuales interactuar con cualquier contenido (viendo, likeando, comentando, etc.) es recompensado con contenido más relevante. Con el paso del tiempo, reforzar el algoritmo personal de ordenación de contenido de un usuario influye en el flujo genético del vocabulario, las opiniones y las asociaciones de la tribu nodular de cada uno, de tal manera que su comunicación se desconecta cada vez más del status quo agregado y se va alejando de las tribus nodulares con vocabulario, opiniones y asociaciones contrarias. Estos circuitos suelen denominarse «burbujas» o echo chambers, circuitos de comunicación aislados en los cuales se normaliza lo extraordinario, excepcional, excesivo y escandaloso a través de nodos de muros de usuario. Lo único que se vuelve visible es el contenido más anómalo y polarizante: una simulación de guerra.

La verdad y la falsedad, en el conservadurismo posmoderno, es en gran parte una cuestión de vocabulario tribal en contra de lo que comúnmente se reduce a “la izquierda radical”

 

La polarización del discurso y la aparición del conservadurismo posmoderno

Debemos clarificar que, aunque nuestra guerra cultural hiperreal se esté llevando a cabo entre los algoritmos de los muros de las redes sociales, ello no es causa suficiente de la polarización del discurso, pues como observaba John Stuart Mill hace ya 150 años, «en la mente humana, la unilateralidad ha sido siempre la regla y la plurilateralidad, la excepción». No obstante, un usuario puede encontrarse fácilmente en un bucle de retroalimentación hiperreal. Si no estás convencido, abre una pestaña de YouTube en modo incógnito, busca el «hombre del saco» de tu elecciónalt-right, social justice warrior o prensa liberal, por ejemplo— y deja que la reproducción automática te guíe por los campos de batalla del antagonismo hiperreal, donde los héroes de una tribu «machacan» o «destruyen» a los de la tribu contraria. Para muchos, parece, estos intercambios representan preocupaciones verdaderamente personales y urgentes para el futuro de su cultura.

Dada la contingencia tecnológica de la situación, centrémonos en la aparición de a lo que nos referimos como conservadurismo posmoderno. Fundamentalmente, esta asociación se basa en la nostalgia y en políticas identitarias antagonistas, cuyos héroes son prolíficas celebridades de las redes sociales que han utilizado, estratégica o inconscientemente, las operaciones básicas de los algoritmos para volverse autoridades a los ojos de sus seguidores. La verdad y la falsedad, en el conservadurismo posmoderno, es en gran parte una cuestión de vocabulario tribal en contra de lo que comúnmente se reduce a «la izquierda radical».

En comparación a las “noticias”, la realidad offline es aburrida y predecible

Un ejemplo: las protestas en universidades en las que se demandan «lugares seguros» (safe spaces) son poco frecuentes, al igual que lo son las manifestaciones de supremacismo blanco. Sin embargo, cuando esos eventos son ofrecidos como contenido en un feed que favorece el contenido que se aleja de la norma, prácticamente se asegura su visibilidad. La frecuencia con la que ocurren estos eventos no tiene que estar sujeta a la confirmación del status quo de la realidad offline, donde rara vez se llevan a cabo, porque la realidad de las redes sociales se genera como un sistema cerrado de información digital. En comparación a las «noticias», la realidad offline es aburrida y predecible. Impulsadas por el feed, en cambio, las posiciones más extremas se normalizan, suplantando la relativa banalidad de la mayoría con figuras como los «marxistas radicales posmodernos» o los «nacionalistas autoritarios blancos». Aunque dichos extremos puedan no existir, están sobrerrepresentados en la retórica de sus antagonistas debido a la visibilidad recompensada por el muro. Estas tendencias se exageran y sirven como indicadores de que el tejido cultural de la sociedad está cambiando sustancialmente. A menudo, esto se asocia al miedo implícito a la fragmentación social: se están abandonando los valores fundamentales de las sociedades a medida que la sociedad se liberaliza conforme a las doctrinas progresistas promovidas por «élites» desconectadas, tales como los intelectuales, y a través de las demandas de minorías antinaturales, tales como los miembros de la comunidad LGTBQ. De manera aún más insidiosa, los conservadores posmodernos señalan al constante aumento de extranjeros, quienes traen consigo valores y modos de vida diferentes, como otra fuente de fragmentación social. Estos miedos exagerados, cocinados en medios hiperreales, son después utilizados para movilizar la identidad étnica de aquellos que tienen «valores tradicionales».

 

Conclusión: la política identitaria del conservadurismo posmoderno

Aunque apareció en las burbujas de internet, el conservadurismo moderno ha conseguido un éxito popular y político considerable. Esta tendencia es sin duda preocupante. El conservadurismo posmoderno se caracteriza por la creencia hiperbólica y apocalíptica de que los valores fundamentales de la sociedad están colapsando y que la fragmentación social está aumentando. La culpa de ello se atribuye a las «élites» impopulares como los intelectuales o a comunidades marginales como la comunidad LGTBQ o las minorías étnicas que llegan a los países desarrollados. Para luchar contra estos, los conservadores posmodernos movilizan las identidades tradicionalmente más fuertes, alimentando el resentimiento de ser víctimas de aquellos que no comparten sus valores. Su llamada a una vuelta a la tradición se canaliza a través de la identidad, no de la verdad o la objetividad, porque la identidad y los valores asociados a ella no pueden ser desafiados por los medios tradicionales del discurso político «normal». Ello significa, por supuesto, que los conservadores posmodernos han desarrollado su propia versión de la política identitaria. Pero al contrario que la política identitaria más pluralista asociada al posmodernismo de izquierdas, el conservadurismo posmoderno adopta una postura homogeneizante con respecto a la sociedad. Los conservadores posmodernos quieren que el poder se mantenga en manos de aquellos que tradicionalmente lo han poseído para poder revertir la percibida fragmentación y restaurar los valores fundamentales de la sociedad. Es de interés común evitar que esto ocurra.

 

*Imagen de portada de Mobilus In Mobili.

**Traducción de Jorge San Vicente Feduchi.