Enrique Díaz Álvarez: «La imaginación es transgresora por naturaleza»

Esperando en la frontera. Fotografía de Maximillian Schaffhausen, publicada en Flickr bajo licencia CC.
Esperando en la frontera. Fotografía de Maximillian Schaffhausen, publicada en Flickr bajo licencia CC.

Ocurre que, a veces, es preciso viajar para encontrarse con la cultura de uno mismo. El ruido de lo propio puede ser atronador cuando uno está en casa. No sé si por añoranza velada o por simple casualidad, tuve que venir a México para descubrir la obra de María Zambrano. Ella también hizo este mismo viaje, hacia finales de la guerra civil española. Fue aquí donde publicó su libro Filosofía y poesía. En esta obra, Zambrano reflexiona acerca de la relación conflictiva entre estos dos conceptos: «A pesar de que en algunos mortales afortunados, poesía y pensamiento hayan podido darse al mismo tiempo y paralelamente, a pesar de que en otros más afortunados todavía, poesía y pensamiento hayan podido trabarse en una sola forma expresiva, la verdad es que pensamiento y poesía se enfrentan con toda gravedad a lo largo de nuestra cultura». Nunca seríamos los mismos después de que Platón expulsara a los poetas en La República… Nos han hecho falta más de 2.000 años y muchos quebraderos de cabeza para comprender que filosofía y poesía son como dos formas insuficientes; «se nos antojan dos mitades del hombre: el filósofo y el poeta».

En esta misma tradición de pensamiento se inscribe Enrique Díaz Álvarez (Ciudad de México, 1976), autor del ensayo El traslado. Narrativas contra la idiotez y la barbarie (Debate), que se publicará en abril en España y supone un intento por «reinsertar a la imaginación en el itinerario de lo público». En resonancia con Zambrano, Díaz Álvarez defiende el valor de la imaginación y sus productos tanto para la reflexión como para la acción política. Nos invita a escuchar también al poeta, al impertinente, aquel que no duda en salirse del cuerpo al que su existencia mortal le ha condenado y que nos invita a acompañarlo. Y nos recuerda la importancia de las narraciones en la construcción de la realidad social y política. Nos encontramos en un aula destartalada de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la Universidad Nacional Autónoma de México para charlar acerca de su libro.

 

Enrique, tú vienes de la ciencia política y la filosofía. Sin embargo, sueles comentar que siempre te ha gustado escuchar y contar historias. De hecho, en tu libro se mezclan las referencias a la literatura con otras a grandes nombres del pensamiento político contemporáneo. ¿Cómo se combinan o cómo interactúan ciencia política, filosofía y literatura?

En el libro parto de una sospecha. Muchas veces desde la ciencia política, desde la teoría política y desde las ciencias sociales en general se ha menospreciado o ignorado abiertamente el poder o la facultad de la imaginación; el ver a la imaginación como una dimensión que afecta a la vida pública y que puede tener una injerencia en ella, aunque muchas veces no podamos o no queramos darnos cuenta.

Por ejemplo, en el libro hablo mucho de la cuestión de la alteridad, de cómo relacionarnos con el otro, entendido como el diverso, el extranjero o el extraño. Normalmente, en la ciencia política se aborda esta relación con el otro desde una perspectiva formal, como si la razón fuera suficiente para comprender que el otro es un ser humano como nosotros y poder articular así la tolerancia y el respeto. Pero se ve que, a todas luces, la razón no alcanza para realizar esta tarea. Yo creo que el arte y la literatura son formas de conocimiento que generalmente son ignoradas y a las que deberíamos prestar más atención. Muchas veces, nos permiten advertir que estamos más cerca de lo que parece los unos de los otros, que somos más parecidos de lo que estamos dispuestos a aceptar. Lo que hago es prestar atención a las consecuencias que puede tener en la esfera pública la imaginación.

 

Enrique Díaz Álvarez

Enrique Díaz Álvarez

Es evidente que no podemos quedarnos en la racionalidad para resolver los problemas actuales de la política. Parece obvio que deberíamos prestar más atención a gente que, como Chantal Mouffe, pone los afectos en el centro de su reflexión.

Sí, Chantal Mouffe o Judith Butler son teóricas que en los últimos años han prestado atención y revalorizado la esfera afectiva en lo político. La vulnerabilidad, el duelo o el miedo son sensaciones y emociones que afectan a la política. En el caso español, está muy claro que la indignación está condicionando la esfera pública. Recuerdo una entrevista que le hacían a Zygmunt Bauman y en la que, refiriéndose a los indignados, decía que «el problema es que este movimiento es muy emocional». Como todo en Bauman, la indignación también era para él algo líquido, como si se fuese a evaporar, como si lo emocional no fuese a quedar… pero vemos que ha quedado. No podríamos entender a Podemos u otros movimientos similares en Europa si no vemos que hay ahí una dimensión afectiva.

Lo que debemos plantearnos es cómo movilizar toda una serie de emociones desde un punto de vista democrático. La experta en movilizar las emociones, ya lo sabemos, es la extrema derecha: el racismo, la xenofobia… Tenemos que diagnosticar qué clase de emociones merecen ser cultivadas democráticamente. Esa es una pregunta que se hace Mouffe y yo creo que tiene razón.

¿Cómo hacemos presentes a aquellos que están lejanos, los otros, los bárbaros, los que nos han enseñado a odiar, a temer a condenar ?

El título de tu libro es El traslado. Narrativas contra la idiotez y la barbarie. ¿Quién o qué se traslada?

El traslado tiene que ver con el vocablo griego metapherein del que se deriva la palabra metáfora y que quiere decir justamente traslado o desplazamiento. Una pregunta recurrente en el libro es «¿Cómo hacemos presentes a aquellos que están lejanos, los otros, los bárbaros, los que nos han enseñado a odiar, a temer a condenar?». Una entrada a esta pregunta es a través de la definición que hace Kant de la imaginación. Kant nos dice que la imaginación es aquella facultad que nos permite hacer presente lo que está ausente. Desde mi punto de vista, esto tiene una dimensión política que ya había señalado Hannah Arendt y que a mí me parece muy importante; amplía el juicio, nos abre y nos acerca a lo diverso.

 

La imaginación siempre es rebelde…

Claro, la imaginación es transgresora por naturaleza. Nos permite saltar las fronteras que nos separan y esto es esencial desde un punto de vista ético-político. Sobre todo en una época en que la política explota hasta el cansancio la frontera, aquello que nos separa. Vivimos inmersos en una construcción del enemigo permanente… Creo que nunca había sido tan urgente prestar atención a las narrativas que nos permiten poner en duda ciertas narrativas que son hegemónicas, que son muy potentes y que nos ocultan al otro. Tenemos que escuchar aquellas narrativas o historias muy concretas, muy pequeñas, muy modestas, pero muy importantes porque son irremplazables, y que nos enseñan que otro no es el bárbaro que nos han enseñado a ver. En ese sentido, creo que la literatura y la crónica periodística tienen un papel esencial en una época terriblemente audiovisual porque nos revelan cosas que están invisibilizadas por marcos más grandes, más poderosos… Justamente, creo que hay historias que nos pueden poner en relación.

Un ejemplo que recupero en mi libro es el de Günter Wallraff, este periodista alemán que se disfrazó de turco para mostrar el grado de explotación del que eran víctima los inmigrantes turcos en la entonces República Federal Alemana de los años 80. Su experiencia le permitió escribir Cabeza de turco, un libro que tuvo consecuencias políticas porque la gente se dio cuenta de la explotación leonina que existía hacia estos sujetos. También consecuencias legales.

Otra anécdota interesante desde este punto de vista es la relación de Amos OZ con Alemania. Amos Oz nos habla de la Jerusalén de los años 50, de la posguerra, de haber crecido bajo un ambiente totalmente chovinista y nacionalista en donde le enseñaron a odiar todo lo alemán. Él juraba que no iba a pisar nunca suelo alemán; lo que no pudo resistir fue el leer literatura alemana. Al principio, uno encuentra formas de engañarse a sí mismo: «Voy a leer solo a los de antes del nazismo». Cuando se los acabó dijo: «Voy a leer a los que se opusieron explícitamente al nazismo» también se los acabó. Finalmente, empezó a leer autores alemanes de su generación, entre ellos Günter Grass, y se dio cuenta de que no era posible odiar lo alemán en su conjunto. Comprendió que tenía mucho que ver con ellos. La literatura de estos autores le permitió romper con sus prejuicios. Entonces, creo que esta dimensión ética y política de cierta literatura, de cierto periodismo narrativo, es muy importante porque nos hace romper los prejuicios en una época que está marcada por el ruido, por el enfrentamiento por el conflicto.

Cuando no se reconoce a un ser humano como tal o se le asume como pseudohumano, estamos ante una situación muy peligrosa porque no nos duele lo que le pasa

Narrativas contra la barbarie… ¿Quiénes son los bárbaros?

Ya lo dijo Montaigne en sus Ensayos: estamos acostumbrados a llamar barbarie a todo aquello a lo que no estamos acostumbrados. Sospechosamente siempre es el otro, sus usos y costumbres. El bárbaro nunca es per se, es una cuestión de perspectiva. Los tiempos han cambiado, ahora los bárbaros no vienen del norte, vienen del sur. Hoy en día el chivo expiatorio de la modernidad es el migrante. No estamos preparados; son muchos los prejuicios y los estereotipos que condicionan nuestra visión del otro.

 

Entonces, nosotros también somos bárbaros…

Por supuesto. También Walter Benjamin pone en duda la estricta separación de la civilización y la barbarie cuando en una de sus tesis sobre la historia comenta que «no existe documento de cultura que no sea a la vez documento de barbarie». Desde Hiroshima a Auschwitz, vemos a donde nos ha llevado la barbarie de los supuestamente civilizados. Es muy difícil reconocer la propia barbarie y asumir lo cerca que estamos de ella. Lo que propongo en el libro, retomando la definición que hace Todorov, es considerar la barbarie como la «incapacidad para reconocer plenamente la humanidad del otro». Muchas veces somos incapaces de reconocer la humanidad del otro. Cuando no se reconoce a un ser humano como tal o se le asume como pseudohumano estamos ante una situación muy peligrosa porque no nos duele lo que le pasa. Esto se une a lo que dice Butler, cuando explica que hay muchas vidas que parecen no contar, vidas que no son dignas de duelo, vidas que no son lloradas. Y una vida que no es llorada es una vida que nunca contó realmente como tal.

Y vuelvo a lo mismo que comentaba, hay literatura que nos permite enfrentarnos a la barbarie en espacios modestos. La literatura no va a resolver el conflicto árabe-israelí, no va a hacer que en Hungría abran las fronteras y dejen pasar a todos los migrantes. Sería ingenuo pensarlo; pero sí nos puede dar ciertas condiciones para que nos sigamos sorprendiendo de nuestra propia barbarie, que nos sigamos sorprendiendo de lo que acontece de puertas adentro, porque la anestesia es muy peligrosa.

Pero también te quieres revelar contra la idiotez. ¿Qué es para ti la idiotez?

Cuando hablo del idiota, no hablo del engreído, el torpe o el ignorante, sino de como lo entendían los griegos. Para los griegos, el idiota (idio quiere decir propio) era aquel que se privaba de la comunidad, que solo estaba interesado por sus asuntos privados, particulares, minúsculos. En un sentido, eran sujetos que se aislaban de lo común. Justamente lo que intento es recuperar la importancia que tiene el relato y la narración para sensibilizarnos, empatizar con los otros, darnos cuenta de qué nos afecta en común y de lo que sucede a nuestro alrededor. Salir de la idiotez. No dejarnos caer en esta anestesia que políticamente es tan destructiva.

Al traslado de las personas tiene que corresponder un cierto traslado mental, una cierta disposición a ponerse del otro lado

Hace unos días apareció en los medios de comunicación que Turquía estaba construyendo un muro en su frontera sur con Siria. No es el único país que ha optado por este sistema con el que se pretende —o al menos así se justifica— combatir la porosidad de los límites territoriales. La cuestión de la frontera es central en tu libro, ¿de dónde surge esta necesidad por la frontera y cuándo se ha convertido en algo enfermizo?

Las fronteras de por sí no están mal. Nuestro propio cuerpo es una frontera. Las fronteras me parecen muy humanas. El problema surge cuando, como dejas ver en tu pregunta, hay una obsesión por construir las fronteras, y en eso creo que ha caído mucho el quehacer de la política hoy en día. Hay una voluntad de frontera que se traduce en estos intentos bastante absurdos porque son ineficaces. Solo hay que volver la vista hacia México para ver que esos muros no logran nada, solo hacen más difícil un traslado. Por eso lo del traslado del libro. Al traslado de las personas, a esta migración global que estamos viviendo, tiene que corresponder un cierto traslado mental, una cierta disposición a ponerse del otro lado. Cuando hablo del traslado hablo del poder experimentar, aunque sea por unos instantes, la vida de otra persona y eso lo consigue una buena novela, una buena narración incluso una buena serie de televisión, a mi por ejemplo The Wire me encanta. Narraciones que por un momento te permiten habitar otro cuerpo. Y esta especie de simulacro es políticamente relevante, porque te permite comprender que el otro es humano. Hacen que estas vidas cuenten, que entren en tu esfera de cuidado, de preocupación.

 

Tu defiendes que las narraciones nos configuran como individuos y como grupo. ¿Cuáles son las narraciones que nos están configurando, las narraciones que podríamos llamar hegemónicas?

Por una parte está el mantra neoliberal de atender cada uno lo suyo y que nos lleva justamente a la idiotez. El preocuparte solo por ti y los tuyos que nunca son mas de cinco personas. Es un mantra muy potente. Por otra parte, el choque de civilizaciones de Samuel Huntington, que es uno de los relatos más poderosos que ha habido desde el final del siglo pasado y que no es otra cosa que una narrativa del tribalismo a escala global. Es una narrativa muy fuerte que tiene consecuencias materiales, se puede leer como trasfondo de las incursiones estadounidenses y sus aliados en el mundo. Es un narrativa que presenta el conflicto cultural como algo inevitable, como si no hubiera otra solución más que caer en una nueva cruzada. Pero podemos resistir desde la literatura. Necesitamos encontrar contranarrativas. Hay autores como Amin Malouf o Ryszard Kapuściński que al leerlos vemos que somos mezcla, que en el fondo, si todos rascamos en nuestras biografías personales o familiares, todos tenemos algo de migrantes. Es un delirio pensar que existe todavía hoy una identidad pura e impermeable que hay que proteger. Todos somos ya una mezcla, en mayor o menor medida. Busquemos narrativas que nos enseñen que somos híbridos, que somos mezcla, que no hay miedo de contaminación porque ya estamos felizmente contaminados, somos felizmente impuros. Me gustan los autores como Maalouf, como Kapuściński, que se inscriben en la veta de Hermes, este dios mensajero. Son gente que cruza las fronteras o las han cruzado. En este sentido, hay que prestar atención al exiliado, al migrante, porque son individuos que actúan como una especie de mensajeros o salvoconductos, que nos enseñan que estamos más juntos de lo que estamos dispuestos a aceptar. La violencia y la malinterpretación son lo que condicionan el espacio de la política. Tenemos que reaccionar encontrando espacios donde atisbar lo común. La literatura es una trinchera muy sencilla, muy modesta, pero es irreemplazable.

 

Hace unas semanas me llamó la atención una noticia de El País: «Vecinos de un pueblo alemán celebran el incendio de un centro de refugiados […]. Los bomberos tienen dificultades para apagar las llamas por la intromisión de un grupo que profería gritos xenófobos». Lo más preocupante es que no era un caso aislado, sino que en la misma región se habían producido ya casos similares. ¿Qué nos revelan estas manifestaciones de violencia?

Desde mi punto de vista, esto nos habla de la incomprensión y del miedo. De cómo se ha cultivado el miedo y cómo el migrante es el chivo expiatorio de esta generación. Son sujetos que Giorgio Agamben calificaría de homo sacer, individuos que pueden ser asesinados sin cometer homicidio. Mira lo que pasa en México, con el drama de los centroamericanos que buscan cruzar nuestras fronteras. Son sujetos que sufren el secuestro, la extorsión, la muerte anónima, sin que se produzca ningún tipo de consecuencia legal o jurídica. Esto nos demuestra que no estamos preparados para esto, que la política no está preparada. Evidentemente, tenemos que seguir trabajando en marcos jurídicos que nos permitan combatir contra la impunidad, seguir abogando por los derechos humanos, discutiéndolos y ampliándolos. Pero buscar también por otro lado los mecanismos para empatizar, para condolernos y conmovernos con destinos ajenos. La imaginación y las emociones son dimensiones que no podemos dejar de lado si queremos afrontar democráticamente los problemas de nuestro tiempo.

Desde la Ilíada, la literatura y la violencia siempre han estado ligadas y tienen que seguir estándolo.

No solo te dedicas a la filosofía y la literatura, también has trabajado en el cine. ¿Cómo se relacionan imagen y narración?

Vivimos en una cultura audiovisual. Coincido son Susan Sontag cuando dice que «el museo de la memoria occidental es ya sobre todo visual». La crisis de migrantes siria probablemente quedará marcada en el imaginario colectivo como la foto de Aylan Kurdi, el niño ahogado en una playa en Turquía, no con textos. Pero la imagen muchas veces es más efímera, se queda en un like o inmediatamente después viene la del ganador de la última carrera de Fórmula 1. Lo visual termina anestesiando. Y me parece que la narrativa va un poco más allá, nos detiene un poco más. La lectura sigue implicando un esfuerzo. Uno tiene que hacer un esfuerzo por imaginar, por hacerse una imagen. Ese esfuerzo por desdoblarse, por trasladarse, por dialogar con el otro es una cuestión de la lectura. La lectura es una operación muy importante en una época de creciente interdependencia. Pero también hay que intentar visibilizar esa clase de fotos. Se discutía si había que censurarla o no; a mí me parece que no se debe censurar. Entre otras cosas porque mucha gente se debe de haber enterado de que existía esa guerra a través de esa imagen. Sin embargo, la narrativa es un complemento del que no podemos desentendernos.

'Hope for a New Life', de Warren Richardson. Ganadora del premio premio Worldpress Photo.

‘Hope for a New Life’, de Warren Richardson. Ganadora del premio premio Worldpress Photo.

Retomando la idea de anestesia. La violencia aquí en México es un problema endémico. ¿Contribuye el exceso de violencia a anestesiar nuestra capacidad de reaccionar ante ella?

En el contexto mexicano, a veces, pareciera que sí. Desde que en 2006 se declaró la guerra contra el narco de un forma totalmente irresponsable y poco preparada, las desapariciones, la violencia y las muertes se han disparado, hemos alcanzado grados de barbarie insoportable. A veces parece como si el número de muertes, de desapariciones forzadas, fuese tan grande que no pudiéramos albergarlas. Como si ya no pudiéramos llorar tantas muertes. Y es una anestesia muy peligrosa, contra la que tenemos que luchar como sea. Contra esa apatía y esa indiferencia, esa idiotez que nos aísla. Necesitamos historias concretas que nos sigan indignando y provocando horror antes los grados de barbarie que alcanzamos en México.

Siempre se ha narrado la violencia. Desde la Ilíada, la literatura y la violencia siempre han estado ligadas y tienen que seguir estándolo. Hoy en día hay muchos periodistas en México que se la están jugando. Ser periodista en México es una profesión de alto riesgo. Pero es muy importante narrar la violencia. Toda comunidad política es una comunidad de memoria, y los que la están escribiendo ahora, que son muchos periodistas, son personas que están revelando historias que muchas veces son invisibilizadas por marcos hegemónicos.

 

Para terminar: una foto que represente la actualidad y una narrativa que debamos recuperar desde un punto de vista democrático.

Me quedo con la que acaba de ganar el premio Worldpress Photo. Este recién nacido cruzando entre una alambrada. Junto con la foto de Aylan Kurdi, son polaroids que resumen nuestro fracaso ético, son fotos que diagnostican el presente.

Y respecto de la narración… Me quedo con los autores que a mí me enseñan sobre la diversidad y la posibilidad de cruzar las fronteras. Gente como Coetzee, Pamuk, Amos Oz, Ryszard Kapuściński, un gran traductor. Kapuściński es un corresponsal que nos hace corresponsables. Hoy en día el periodismo narrativo es de las cosas que más leo y en que más confío. Me da cierta esperanza.

Ignacio Garcés García

Ignacio Garcés García

(1995). Estudio Teoría política (Sciences Po París, UNAM) porque no sabría hacer otra cosa. Mi compañero de piso valenciano es de las pocas personas que soportan y comparten mi incontinencia verbal.
Ignacio Garcés García