Las manos que alcanzaron tres siglos

Emma Morano. Fotografía a través de Loop Curacao
Emma Morano. Fotografía a través de Loop Curacao

 

¡La culpa, querido Bruto, no es de nuestras estrellas, sino de nosotros mismos, que consentimos en ser inferiores!
Acto I, escena 2 de Julio César, de William Shakespeare

 

Las manos de Emma Morano aparecen en la portada de The New York Times  del pasado lunes 16 de febrero. El pie de foto anuncia una odisea a lo largo de tres siglos, Celebrity at 115. El podio es todo suyo, nadie le podrá arrebatar ya el oro por ser la persona más vieja de Europa y la quinta del mundo. Esta mujer, nacida en Piamonte un umbrío noviembre de 1899, ha experimentado el tránsito de una monarquía a una república, sobrevivido a dos guerras mundiales, ha visto desfilar a los camisas negras de Mussolini, luchar a las Brigadas Rojas y hasta pintarse el pelo con rotulador a un megalómano Berlusconi. Parece el guión de La meglio gioventú, esa película que en unas escasas seis horas de metraje recorría la intrahistoria de una familia italiana y con ella la historia de todo un país.

Ante todo esto queda Morano impasible, sus recuerdos son familiares. Habla sobre  sus hermanas y el baile. Ella andaría en plena búsqueda de evasión y libertad cuando aparecía su madre en escena y llamaba al orden a las jovencitas con una fusta. ¿Cuántas manos habrá podido asir una persona en tres siglos? La respuesta nos la ofrece ella misma, su único hijo murió en 1938 a los seis meses de nacer y entonces no quiso seguir adelante con un matrimonio infeliz que entorpecía su libertad. Impensables la separación ni el divorcio en la Italia de esos años, la señora Morano no se separó de forma oficial pero decidió vivir con una autonomía poco común en una mujer de entonces. Trabajó hasta 1954 en la fábrica de yute Maioni y después como cocinera del colegio marianista de Santa María en Pallanza, a orillas del lago Maggiore. El divorcio se legalizó en Italia en 1970, demasiado tarde para iniciar los trámites, su marido Giovanni Martinuzzi moría unos años después, en 1978. Tenía la mano ligera y ella quiso seguir bailando a su aire. Algo que sin duda ha conservado la admirable actitud de Morano es que a su edad se mantiene soltera y vive sola. Afirma que tuvo muchos seguidores, pero nunca eligió ningún compañero. «No quise ser dominada por nadie» manifiesta con aplomo esta pequeña mujer de gesto firme y retórica decidida.

Las mujeres que consiguen zafarse del miedo, el poder y la dominación cada vez son más comunes, pero en aquellos años el caso de Morano debió ser una proeza, un síntoma de inteligencia radical, uno de esos casos minúsculos que, gracias a la longevidad, llegan a la portada de un periódico internacional y entonces lo anecdótico se convierte en titánico. La filósofa Simone Weil dejó escrito antes de 1943: «El deseo de luz produce luz. Hay verdadero deseo cuando hay esfuerzo de atención. Cada esfuerzo añade un poco más de oro a un tesoro que nada en el mundo puede sustraer». Moría a los 34 años de tuberculosis en el sanatorio de Ashford, Kent. Mientras, Morano decidía no cesar en su búsqueda, vivir y bailar buscando el pulso diario, no dejarse vencer por las ideas de unos y otros, crear las suyas propias. La libertad no fue para ella una utopía.

Cuando se le pregunta por el secreto de su longevidad afirma que nunca ha consumido drogas, come tres huevos al día, toma un vaso de brandy hecho en casa y disfruta con deleite de un Gianduiotto, bombón típico de la región piamontesa. Pero sobre todo piensa en el futuro de forma positiva. Ha vencido a una anemia diagnosticada en 1914 a base de una estricta dieta de tres huevos crudos al día. Ahora el médico ha convenido que baje a dos, algo de carne, sopa de fideos y plátano para el potasio. Por la vida de Emma Morano ha desfilado la nada despreciable suma de 100.000 huevos crudos. Deja en poco épica la hazaña de los 50 que ingiere Paul Newman sin pestañear en la película La leyenda del indomable.

Son las manos de Emma Morano las que nos llevan a estas líneas. Colocadas una sobre otra en un gesto delicado y paciente, surcadas por finas venas y arrugas, dan la impresión de ser unas manos en perfecto estado de revista, las uñas en forma de media luna, siempre listas para soltar esa toquilla de colores y lanzarse al baile. Propias de un cuadro de Vermeer, con un anillo bizantino en el dedo corazón derecho y una alianza color de bronce en el anular izquierdo. Parecen oler en la distancia a la crema de manos de Santa María Novella, casa florentina fundada en 1612. Las mismas manos a lo largo de tres siglos.

El doctor Carlo Bava, que la atiende desde que cumplió los 90 años, dice  «si todos mis pacientes fueran así, podría haber dedicado mi vida a leer periódicos».

Muchos somos un poco Morano, nos da por vivir a la contra. Sin ir más lejos, yo me tomo mi tiempo en no hacer nada concreto. Digo que no sé correr pero en realidad es que voy mejor sin prisa. Tenía tres años cuando mi madre me llamaba a la hora del baño. Siempre contestaba con un vuelva usted mañana, por desesperar al urgente. Dijo mi nombre tantas veces como pasé las páginas del cuento, hasta que se enfureció, me levantó por los aires y encendió la ducha. Mis rizos y mi ropa quedaron como una sopa de las que cena Morano. Quiero pensar que no lloré y resistí como ella. Por molestar.

Lucía Valcárcel Silvela

Lucía Valcárcel Silvela

(San Sebastián, 1980). Arreglista de sílabas, diletante y lectora caníbal. Ha vivido en Roma y sobrevive en Madrid entre paseos botánicos y observación de hormigas. En la actualidad estudia Escritura de no ficción en Hotel Kafka y es maestra de inglés e italiano. Traductora ocasional y noctámbula por entregas.
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