Durante los últimos 10 años, de debajo de la alfombra de la globalización han emergido inclementes los problemas y los retos de un futuro marcado por un desarrollo tecnológico apabullante y la desesperación de buena parte de la población mundial; un sector alienado en mundo globalizado, que se siente condenado al olvido, lastrado por la inequidad y el desempleo. El trabajo, nuestro medio de supervivencia, aquello que nos ocupa durante un tercio de nuestro día en el mejor de los casos, tiene mucho que ver con estos retos. La infelicidad del trabajador se muestra con crudeza a través de datos de Gallup. Un paupérrimo 15 % de la población mundial se siente feliz y completamente involucrada en su trabajo. En Estados Unidos, en particular, para un dramático 70 % de los trabajadores, su actividad laboral no proporciona ilusión ni despierta compromiso alguno. Del otro lado están los parados, aquellos que desean con ansia estos mismos empleos que otros detestan con amargura. El trabajo se ha convertido en un requisito para la supervivencia, aún siendo hoy en día incapaz de garantizarla. La búsqueda de soluciones concretas a estos retos se plantea como la principal tarea de nuestras democracias, que necesitan más que nunca ser repensadas y defendidas.

De vez en cuando viene bien desempolvar uno de los viejos libros de la biblioteca del pensamiento político, enmarcado en un momento histórico radicalmente diferente al actual, y que trata de dar respuesta a retos olvidados. Porque a veces, existe un planteamiento en esas páginas que parece sacado de un artículo de opinión del periódico de la mañana. Una idea, venida desde lejos en el tiempo e incluso en el enfoque ideológico, que, mezclada con los planteamientos de nuestra rabiosa actualidad nos ayuda a enfocar las lentes con las que miramos hacia la manifestación moderna de un problema universal.

Fredy Perlman nace en 1934, en Brno, República Checa. Su familia y él huyen a Estados Unidos escapando por poco del horror de la invasión nazi. Considerado una figura importante dentro de los pensadores críticos estadounidenses y sin embargo un mero ignoto en España. Rebelde y activista, trató de dinamitar los paradigmas de la izquierda, la ciencia, la tecnología, el nacionalismo y, por descontado, el capitalismo. Si bien siempre fue reacio a etiquetarse bajo cualquier ismo, colaboró con la revista estadounidense Fifth Estate, de orientación anarquista, y se convirtió en un claro referente para un anarquismo alejado de las formas tradicionales de la izquierda y para todo aquel cuya atención recayese en el redescubrimiento del ser humano en su estado más primitivo. Fredy Perlman murió en una decadente Detroit en 1985, sin que sus ojos llegasen a ser testigo de la Cuarta Revolución Industrial o del auge de la robotización y la Inteligencia Artificial.

Por todo ello, es improbable que Perlman imaginara por aquel entonces que algunos de sus planteamientos, actualizados por el discurrir de los tiempos, pudieran dotar de sustento filosófico a una reforma del capitalismo que denostaba. Es posible que la mera posibilidad le hubiera causado náuseas, pero sus ideas lúcidas y revolucionarias bien podrían constituir hoy en día ese ingrediente perfecto para una reforma del sistema capitalista que contribuya no solo a la reducción de las desigualdades sino a dignificar el trabajo.

Estas líneas plantean pues únicamente un castillo en el aire de un marco teórico. Un castillo que toma como pilares para levantar su estructura un pequeño ensayo de Fredy Perlman, «La reproducción de la vida cotidiana», publicado dentro del único libro de Perlman traducido al castellano, El persistente atractivo del nacionalismo y otros escritos, de la mano de la editorial Pepitas de calabaza. Y como escenario o cima sobre la que asentarse, los avances de la modernidad, la ciencia, el estado actual del capitalismo y los planteamientos iniciales en torno a una renta básica universal.

 

Trabajar para sobrevivir o sobrevivir para trabajar

El persistente atractivo del nacionalismo, de Fredy Perlman (Pepitas de Calabaza)

Fredy Perlman sintetiza, en el último párrafo del citado ensayo, cómo entiende él el trabajo en la sociedad capitalista y cómo las consecuencias alienantes del mismo se perpetúan por el mero hecho de ejercer cada uno nuestro rol de trabajador en nuestras vidas cotidianas. Para Perlman, «…el Capital no es una fuerza de la naturaleza, sino un conjunto de actividades realizadas por personas todos los días, una forma de vida cotidiana». La única condición de su existencia inquebrantable en el tiempo y su desarrollo es, para el pensador checo, la predisposición de las personas a seguir enajenando su vida laboral, diluyendo su identidad y dando por perdido el potencial creativo de su actividad, lo cual reproduce de forma sistemática el modelo de vida cotidiana capitalista.

Nuestra continua apuesta por conservar nuestras vidas, por reproducirnos —es decir, por sobrevivir—, no conduciría por tanto a lo que el autor llama «la actividad práctica creativa» sino precisamente a la situación opuesta. «La actividad creativa» se convierte en trabajo, en una actividad que intercambiamos por un salario, y que en ocasiones resulta ser «una dolorosa necesidad para la supervivencia». El trabajo así planteado es un mecanismo para la supervivencia. Y desde luego, «trabajar para sobrevivir» y «sobrevivir para trabajar» son dos escenarios radicalmente distintos.

¿Tenemos las herramientas para transformar el actual modelo y dotar al trabajo de un nuevo significado?

La subordinación de nuestra existencia a la producción y al posterior consumo de mercancías de diversa índole es algo que comparten el liberalismo capitalista y el socialismo que hemos conocido, residiendo la diferencia en el receptor del producto de ese trabajo. El marxismo ha sabido condenar las injusticias de dichas condiciones de producción y los sindicatos y partidos de izquierda han luchado por la dignidad de las mismas. Sin embargo, también en los sistemas comunistas el trabajo se ha visto reducido, para buena parte de la ciudadanía, a un medio de supervivencia: dividido, planificado y alienante. Esta puesta en práctica contrasta con la verdadera propuesta de Marx que se uniría a la tesis de este artículo. Así, Marx y Engels reflejaban en La Ideología Alemana (1845) su ideal del trabajo. Haciendo frente al círculo exclusivo de actividades que viene impuesto con la división del trabajo y del que el trabajador no puede salirse si no quiere verse privado de los medios de vida, para Marx y Engels, «en la una sociedad comunista, cada individuo no tiene acotado un círculo exclusivo de actividades, sino que puede desarrollar sus aptitudes en la rama que mejor le parezca, la sociedad se encarga de regular la producción general, con lo que hace cabalmente posible que yo pueda dedicarme hoy a esto y mañana a aquello».

Al tratar de trasladar a Fredy Perlman al contexto actual, lo primero en lo que uno puede reparar es en que las condiciones materiales e históricas que contribuyeron al desarrollo del sistema capitalista han cambiado en gran medida, pero dicho sistema parece no haberse visto radicalmente afectado. ¿Cómo se justifica esto? ¿Tenemos las herramientas para transformar el actual modelo y dotar al trabajo de un nuevo significado?

El análisis de la producción industrial que desgrana Fredy Perlman en su ensayo, para bien o para mal, ha quedado obsoleto. Si bien Perlman no se equivocaba por completo al decir que «no es el Capital quien transforma materias primas ni produce bienes» —en cada robot o instrumento industrial reside el trabajo y actividad intelectual de generaciones de ingenieros, matemáticos, físicos…—, sí lo hizo al afirmar que «si la actividad humana no transformara los materiales, estos permanecerían sin transformar, seguirían siendo materia inerte y muerta». Para Perlman, la transformación de la actividad humana en Capital tiene lugar a través de cosas, pero no contempló la posibilidad de que pudiera ser llevada a cabo directamente y de forma autónoma por dichas cosas.

El «trabajo vivo» ya no es patrimonio exclusivo del ser humano

En pleno siglo XXI hemos llegado a un punto de inflexión: las cosas que son producto de la actividad humana han dejado de ser un mero objeto mediador para convertirse en un sustituto del trabajador. Estos instrumentos ya no son objetos inertes. Están vivos. Y el trabajador no es el único agente del proceso productivo con potencial para considerarse activo. Perlman dice que «solo el trabajo vivo capaz de producir puede ser productivo». Pero el «trabajo vivo» ya no es patrimonio exclusivo del ser humano.

El robot de trabajo Yaskawa

El nuevo trabajador vivo

Llegados a este punto podemos plantearnos el siguiente interrogante: ¿es posible que las dianas contra las que se dirigen los dardos críticos de Perlman —el capitalismo y el progreso científico— nos ofrezcan una vía alternativa en la manera de entender y configurar el trabajo usando como base precisamente los postulados de Perlman relativos al alienamiento cotidiano?

Para el pensador checo, una respuesta afirmativa a este interrogante sería más un escenario patibulario que algo por lo que congratularse. Es más, él nos insta, como población en conjunto, a «abolir la forma capitalista de actividad práctica, el trabajo asalariado y así, desalienar la creatividad». Si bien de inmediato una revolución rupturista de este calado no se vislumbra siquiera como una posibilidad, urgen reformas que dignifiquen el trabajo, reduzcan la desigualdad y contribuyan a la consecución de una sociedad digna, creativa y más libre, respetando la convivencia democrática de todos los actores del sistema.

Volvamos por tanto al siglo XXI y con ello al análisis del robot como nuevo «trabajador vivo y por tanto productivo». En el Foro Económico Mundial de este año 2017, la robotización y automatización del trabajo, la digitalización de la economía y el marcado descontento social constituyeron los temas centrales de la discusión, cuyas ramificaciones parecían siempre acabar en el debate en torno a la creación de una renta básica universal. Este es un debate complejo, con multitud de ángulos desde los que acercarse y cuyo argumentario rico y nutrido de numerosas disciplinas bien podría llenar las líneas de un número ingente de artículos. Lograr este detalle se antoja imposible, pero merece la pena, a fin de reforzar la tesis de este artículo, hacer hincapié en el pensamiento de autores modernos, como es el caso de Scott Santens —escritor y activista por la renta básica universal— en el Foro Económico Mundial de 2017.

Imagen del World Economic Forum

El desafío lanzado por Santens, en su loa de la renta básica universal, incide precisamente en las debilidades y limitaciones de nuestra concepción del trabajo. Santens pone de manifiesto dos aspectos muy importantes: la infelicidad del trabajador asalariado, reflejada en las estadísticas han servido de apertura para este artículo, y lo fútil de centrar los esfuerzos en evitar la desaparición de los trabajos manufactureros, administrativos o automatizables.

Para entender el papel que en este reto puede jugar la tecnología entra en escena otro gran pensador crítico estadounidense. En una breve entrevista que Noam Chomsky concedió en 1991 a la revista anarquista norteamericana Anarchy: A Journal of Desire Armed —y en la que precisamente es preguntado por la obra de Perlman y las tesis del anarquismo norteamericano—,  el reputado lingüista, aún sin ser conocedor de la cantidad de argumentos que actualmente buscan impulsar una renta básica, sí se muestra favorable a que las máquinas tomen el testigo del trabajador industrial.

¿Hace feliz al trabajador su trabajo asalariado hoy en día?

Cuando Lev Chernyi, redactor de la revista, le pregunta acerca de la posibilidad de crear una sociedad libertaria, cuya población continúe participando en el necesario trabajo industrial (assembly-line work), Chomsky incide en que precisamente ese es el tipo de trabajo que, suponiendo una carga degradante para el ser humano, puede acometer la tecnología avanzada, «eliminando gran parte del trabajo que los seres humanos no tendrían que estar haciendo». Para Chomsky el progreso tecnológico no supone necesariamente un peligro, sino que en sí se trata de algo neutral: puede usarse de igual modo para eliminar el alienamiento del trabajador como para oprimirlo hasta límites insospechados. Quien tiene la batuta son las instituciones sociales sobre las que tecnología se desarrolle.

No cabe duda de la importancia histórica y aún vigente de la defensa del derecho al trabajo y de la seguridad que este ofrece al trabajador; pero, ¿hace feliz al trabajador su trabajo asalariado hoy en día? Puede que haya llegado un punto en el que las reivindicaciones respecto al trabajo tengan que dar un paso más allá de los hitos que ha traído la lucha sindical. Es posible que lamentar con amargura la desaparición de los trabajos manufactureros o automatizables haya dejado de tener sentido. Aquel trabajo que hoy podría desempeñar una máquina tiene la posibilidad de entrañar una alienación difícilmente remediable del trabajador, que no tiene más remedio que subordinar su actividad a las exigencias de producción a cambio de un salario para sobrevivir. Es posible que haya llegado el momento de dejar de lamentar la desaparición de los trabajos que puede hacer una máquina y reclamar una renta básica que proporcione un mayor grado de libertad.

Quizá de este modo se refunden los pilares sobre los que se asienta nuestra convivencia pues, como bien apunta Fredy Perlman, «la mayor parte de las horas vivas que los trabajadores antes pasaban produciendo para satisfacer sus necesidades estarían ahora disponibles para actividades no necesariamente dictadas por la necesidad sino proyectadas por la imaginación». Si Perlman pudiera viajar al siglo XXI se toparía de bruces con la solución a su principal inquietud, el problema de la libertad, ya que el estado actual de las cosas —grandes avances tecnológicos a los que se añadiría la implantación de una renta básica— podría permitir que la gente no tuviera que «optar por seguir participando pasivamente en su propia alineación y reproduciendo las condiciones de su propia misera». Paradójicamente, las para Perlman denostadas ciencia y economía se convertirían, gracias al ingrediente principal de la creatividad política, en aliados.

El Estado del Bienestar no es eliminable. Es la base sobre la que construir.

La renta básica, así concebida, nunca se convertiría en un sustituto del trabajo. Es cierto que los seres humanos dejarían de ofrecer el contenido creativo y «productivo» de sus vidas necesariamente a cambio de dinero para la supervivencia, pero en la definición de actividad productiva no aparece la necesidad de que dicha actividad sea una «actividad vendida». El hecho de «desalienar la creatividad» no implica que esta desaparezca. Con el estímulo adecuado las personas seguirían colaborando por el bien común. El verdadero reto por tanto es encontrar la fórmula para ofrecer estos estímulos y la receta para financiar esta ambiciosa posibilidad.

Nótese que en la ecuación sólo hemos restado el ingreso para la supervivencia que proporcionaría el trabajo alienado y no las prestaciones y servicios del Estado del Bienestar. Restar estos de la ecuación y convertir a la renta básica en su sustituto responde a motivaciones bien distintas a las de este artículo y desde luego en las antípodas del pensamiento de Perlman. La diferencia es importante. El sumando del Estado del Bienestar no es eliminable. Es la base sobre la que construir.

 

La renta básica como reconocimiento del trabajador

Como decíamos, son muchos los autores que se suman al debate de la renta básica y que se beneficiarían en gran medida del viaje en el tiempo de este autor tan alejado de nuestro  capitalismo y de nuestro tiempo.

Portada de la revista anarquista Fifth State, en la que Perlman colaboró asiduamente.

Por un lado, la prosa de Rutger Bregman, autor del desafiante libro Utopía para realistas, incide en algo fundamental: el desalienamiento de nuestra vida cotidiana no es una reivindicación que emane exclusivamente de la conciencia de clase. Como este joven pensador holandés indica, «según las encuestas el 37 % de los trabajadores creen que desempeñan un trabajo idiota, como consultor, banquero o abogado. La mayoría de ellos quisieran una renta para abandonar su empleo y dedicarse a algo que ellos mismos consideran útil. La renta básica no sólo libera a los pobres, sino también a los ricos».

Por su parte, los derroteros del argumentario de David Wood desembocan en lo que Perlman denominaba «actividad práctica creativa del ser humano», esa potencia que se disipa al convertirse únicamente en un conjunto de actividades intercambiadas por un salario. Para Wood, las instituciones de los tiempos modernos tienen la posibilidad de crear un mercado laboral en el que los trabajadores, sin distinción de clase, encuentren un «propósito profundo de vida fuera del empleo remunerado».

La reivindicación de un trabajo digno pasa hoy no solo por la conciencia de clase, sino por el reconocimiento de una identidad.

Adicionalmente, la constelación de estos tiempos modernos refleja que el foco de la lucha política se ha desplazado. El gran problema de la redistribución, que centraba las proclamas reivindicativas y los quehaceres de la clase política de los siglos XIX y XX,  ha dado paso a la batalla por el reconocimiento. Como bien expone Daniel Innerarity en su magnífica obra La política en tiempos de indignación, «la lucha por el reconocimiento se ha convertido en la forma paradigmática del conflicto político y social desde finales del siglo XX. Las reivindicaciones que buscan el reconocimiento de una diferencia están hoy en el origen de muchos conflictos en el mundo. (…) Algunos han hablado de «conflictos postsocialistas» en los que una identidad colectiva reemplaza a los intereses de clase como lugares de movilización política».

La reivindicación de un trabajo digno, por tanto, pasa hoy no solo por la conciencia de clase, sino por el reconocimiento de una identidad. La identidad del trabajador de cualquier clase, como sujeto con libertad para enfocar su «actividad práctica creativa» hacia aquello que considera importante y enriquecedor para su persona y para la ciudadanía. Parece por tanto que la receta para combatir el alienamiento no puede contar únicamente con la redistribución como ingrediente, sino que necesita el reconocimiento como aliño fundamental.

Quién sabe si la travesía temporal de este viajante tan difícil de etiquetar es capaz de ofrecernos un catalejo atípico, construido en el pasado, forjado con el deseo de evitar nuestro presente, pero con un cristal más lúcido con el que mirar nuestro futuro.